Ignacio Camacho-ABC

  • Sánchez pretende usar la Corona para impostar ante Marruecos la firmeza que ha eludido en mes y medio de servilismo lisonjero

Si Sánchez quería que el Rey fuese a Ceuta tuvo en los primeros días de agosto una estupenda oportunidad de pedírselo. Era el momento de invocar el artículo 62 de la Constitución para invitar al monarca a presidir en la ciudad ocupada una reunión del Consejo de Ministros. Claro que también lo había sido para convocar el Consejo de Seguridad Nacional, para pactar con el líder de la oposición una reforma exprés de la Ley de Extranjería, para crear sobre el terreno un mando único y un gabinete de crisis y ponerse él mismo al frente del operativo. Todo eso lo podía y debía haber hecho y no lo hizo; en su lugar organizó una visita fugaz, cuidándose de evitar el contacto con los vecinos, y se largó de vacaciones a Canarias como si nada hubiese ocurrido. Allí lo vieron los españoles, fotografiado practicando submarinismo mientras la población caballa se desesperaba ante la alarmante irrupción de diez mil extranjeros en medio de un caos social y político incrementado por la inoperancia del Ejecutivo.

Ahora, después de bloquear desde el principio la posibilidad de una visita real, pretende utilizar a Felipe VI para maquillar su negligencia. Se trata de que la Corona le sirva de parapeto tras el que fingir ante Marruecos la firmeza eludida en un mes y medio de pleitesía lisonjera. Esa sumisión ha provocado en la opinión pública una oleada de vergüenza ajena a la que el presidente intenta dar la vuelta escondiéndose tras el jefe del Estado para que el presumible cabreo del régimen alauita pase por encima de su cabeza. El propósito manipulador queda patente en la insistencia de Moncloa sobre la necesidad de un viaje que en condiciones normales se gestaría de forma discreta para anunciarlo cuando mejor convenga. El Gobierno está metiendo indisimulada presión al respecto con el objeto de situar al Rey en un problema: si accede a ir pronto, con la crisis abierta, compartirá la responsabilidad de las consecuencias, y si se niega el relato oficial lo acusará de desentenderse de Ceuta. El dilema constituye para la Zarzuela una trampa saducea, comprometedora cualquiera que sea el sentido de la respuesta.

El asunto demuestra la determinación con que Pedro, un ‘pato cojo’ con dificultades para levantar el vuelo, está dispuesto a involucrar a la monarquía en sus propios aprietos. En ciertos círculos políticos está creciendo la sospecha de que acaricie la idea de poner el futuro de la institución en juego planteando una consulta en su programa electoral si llega a verse –que se verá– con el agua al cuello. En cualquier caso resultan cada vez más evidentes los síntomas de distanciamiento, con Paiporta como parteaguas de un cambio de actitud donde el simulacro de respeto formal ha evolucionado hacia a un manifiesto recelo. El siguiente paso apunta a poner a Don Felipe frente a frente con Mohamed VI en un escenario incendiado por la mezcla de una emergencia migratoria, un problema de convivencia y un conflicto geoestratégico. Para ser más insensato haría falta mucho entrenamiento.