ABC-GABRIEL Albiac

Trapero apostó: mejor juguete roto que cadáver. Va a ser dura la vida lejos del mito

DESPUÉS de la derrota, quedan sólo cadáveres y juguetes rotos. Y uno debe elegir en cuál de las dos pilas de despojos ser arrumbado. El mayor Trapero ha elegido: cachivache tronchado. Y puede que los suyos acaben por hacer de él un muerto en vida. Están en ello. No hay piedad para el vencido. No la hay, sobre todo, que venga de aquellos mismos que fueron sus camaradas en la batalla mal dada. Porque una batalla que se libró mal sólo puede ser rescatada con sacrificios humanos: la plebe descuartiza a los caudillos que no supieron llevarla a la victoria.

El 1 de octubre de 2017 tuvo lugar en Cataluña un golpe de Estado. Con todos sus atributos: el primero, la proclamación de una nación nueva, bajo el código de un Estado nuevo que cerraba su proceso constituyente. De manual. Pero no hay golpe de Estado si no hay armas. Y profesionales cualificados en el uso eficaz de ellas.

El golpe de Estado estaba milimetrado en Cataluña. Tiempo, lo había habido más que suficiente: en rigor, la independencia viene preparándose desde Pujol, al abrigo de ciertas ambigüedades léxicas de la Constitución del 78 que han permitido a la Generalidad funcionar como un Estado paralelo. Lo de los años que vinieron tras el apaño entre Maragall y Zapatero, fue el remate de las últimas condiciones institucionales para que esa región española pudiera proclamar su independencia sin más que pulsar el interruptor de desconexión.

Se requería sólo la garantía del después. Que era lo que falló en 1934, cuando el Ejército de la República apisonó el golpe de Estado de Companys en menos de veinticuatro horas. Se requería, esta vez, la puesta a punto de un ejército catalán lo bastante eficiente para garantizar algo elementalísimo: la protección plena del gobierno, el control de los medios de comunicación, la defensa hermética de las fronteras. No es necesaria para eso una tropa enorme. Ni aviación, ni armada, ni apenas artillería. Basta con una disciplinadísima unidad de élite. Pequeña, pero bien preparada y de fidelidad inquebrantable. Sin necesidad de armamento pesado, pero sí de lo más sofisticado en armas ligeras. Una fuerza ágil de intervención rápida. Asentada sobre territorio amigo y población reclutable. Y, por supuesto, dispuesta a dar la vida por patria y dirigentes. Tal era la mitología que el ajedrez del golpe asignaba a los Mozos.

Trapero era la clave de ese envite. Como todo en un golpe, la jerarquía de los hombres en armas debía ser inexorable. Y su cabeza suprema, revestida de la solemnidad legendaria sin la cual los padres de la patria son calderilla. Fue inventado el «héroe Trapero». Tal vez él mismo creyó serlo. Luego vino la derrota. Y el horizonte verosímil de largos años de cárcel: la muerte en vida. Y Trapero apostó: mejor juguete roto que cadáver. Y cantó: «Teníamos un dispositivo para detener al presidente Puigdemont y a sus consejeros». O sea: «Soy de fiar. Trabajaré para quien me pague. Perdonadme». Sólo escombros: va a ser dura la vida lejos del mito.