Pedro Chacón-El Correo

Tras constatar que el PNV está muy nervioso de cara a las próximas convocatorias electorales, imponiendo, como era previsible, su nueva candidata a diputada general de Bizkaia, cuando la que ocupa el cargo actualmente fue colocada ahí como símbolo de renovación e impulso, lo siguiente ha venido como consecuencia de la polémica de Intxaurrondo, por la que policías de ayuntamientos gobernados por EH Bildu hacen prácticas en el mismo cuartel desde el que se organizó el GAL. Esta vez lo que podía haber quedado en reivindicar el modelo policial vasco ha dado pie a cometer un error que, como mínimo, le puede haber dado hechas las próximas campañas electorales a EH Bildu.

Resulta de dominio público que EH Bildu, desde unos años a esta parte, con su posicionamiento en el Congreso y colocándose a favor de todas las políticas gubernamentales (la última, su apoyo incondicional a la continuidad de Óscar Puente, hasta quedar en evidencia por la propia dimisión del ministro), busca homologarse como partido de Estado, que es lo que el PNV ha hecho desde siempre.

Y ha sido el meme de EGI, con los dos dirigentes más conocidos de EH Bildu –Mertxe Aizpurua y Arnaldo Otegi– vestidos de guardias civiles y sobre todo con el tricornio en la cabeza, el que le ha otorgado a la coalición, de parte de su partido némesis, el regalo más inesperado. Porque el tricornio simboliza, como antítesis perfecta, la cultura política que la izquierda abertzale ha construido desde su mismo origen: su antifranquismo, su antiespañolismo y su anticentralismo. Y la paradoja consiste en que, al colocarles en la cabeza semejante adminículo, se les está integrando como parte de un Estado español al que han atacado acerbamente toda su vida, pero del que están dispuestos a beneficiarse por el poder que les da en su propio territorio, que es justo lo que el PNV ha hecho desde que existe.

Lo que ese meme no advierte es que, en política, recurrir a la antítesis puede servir, en lugar de para denigrar al adversario, para ensanchar su base de votantes. Y más en estos tiempos, donde ni la militancia conoce el origen de su ideología. La prueba está en la catarsis vivida por el PNV con la elección de sus máximos dirigentes, en la que no solo nadie repara en que representan justo la antítesis del origen del partido con Sabino Arana –basta fijarse en sus apellidos–, sino que además se les aplaude como integradores e inclusivos.

Lo único digerible a favor de EH Bildu, y resulta sangrante, por la época aciaga del terrorismo que nos hicieron malvivir y que la cargarán de por vida en su mochila, es que representan –quién nos lo iba a decir, a eso hemos llegado– el único modo de que el PNV pase a la oposición, también en las diputaciones, por un tiempo al menos. Con lo que por fin viviríamos aquí, por una vez, lo que en otros lares es lo normal: se llama alternancia democrática.