Tulipán lo hace todo más apetitoso

SANTIAGO GONZÁLEZ – 11/05/14

· Icíar Ochoa de Olano es una periodista de El Correo que ayer nos regalaba esta muestra extraordinaria de la obsesión cromática que tiene prisioneros a nuestros nacionalistas, de la que ayer daba cuenta el remero Capitán Alatriste y que es uno de esos portentosos casos en los que se comprueba la veracidad estricta de la definición de Chabrol: “La estupidez humana es infinitamente más fascinante que la inteligencia. Mientras ésta tiene límites, aquella no”.

Conviene aclarar que ‘La cabra suelta’ es una etiqueta genérica queque la periodista coloca en todos y cada uno de los escritos que forman esta serie, no se refiere al protagonista de los hechos, aunque bien pudiera. El consejero Darpón Sierra observó que en el jardincillo del hospital de Santiago, en Vitoria, crecían en obsceno contubernio tulipanes rojos y amarillos, combinación de colores ‘ofensiva’ para las convicciones cromáticas del consejero y dio las órdenes pertinentes para que un jardinero arrancara los bulbos amarillos y los sustituyera por otros blancos, para firmar una combinación correcta: el rojo y blanco de los tulipanes! con el verde de la hierba, ¿qué nos da? Exacto, los colores de la ikurriña.

Esto no es nuevo. Si pasea por Bilbao, observarán que en los jardincillo a municipales se combinan con mucha más frecuencia que otros los colores rojo y blanco e las flores que colocan los servicios municipales de jardinería, sobre el fondo verde. En Bilbao tiene un pasar al fin y al cabo, son los colores de la Villa y de la camiseta del Athletic. Es una lástima que los colores no combinen sobre un prado negro que recuerde el pantalón de los leones y el último libro del querido José Luis Alvite, que pelea contra esa jodida enfermedad que se acaba de llevar en Bilbao a un tipo a quien apreciaba mucho: Paulino Luesma.

Observen la insistencia con que los caseríos vascos repiten colores: el blanco de la fachada y el rojo del tejado van inevitablemente acompañados de las contraventanas pintadas de verde.

La noticia del consejero Darpón sugiere conclusiones o, al menos, sensaciones contradictorias. Por una parte habla muy bien de un Gobierno y de una sociedad con un sentido de la promoción social tan estupendo: nombrar consejero de Sanidad al paciente, qué hallazgo. Urkullu debería insistir en esa lógica: nombrar consejero de Trabajo a un parado (o a una parada, por supuesto), de educación a un analfabeto y así sucesivamente.

Para empezar, el consejero Darpón Sierra es la comprobación empírica del reparo que oponía el remero Benjamíngrullo a la verosimilitud de ocho apellidos vascos. El apaño cuando se compromete, se compromete de verdad. Aunque no llegue a completar los dos primeros. O precisamente por eso. Por otra parte, es de lamentar, la falta de sentido común que ha mostrado el consejero del bulbo amarillo, la encarnación del mal, el peligro amarillo se ha dicho siempre, es el color de fumanchú; el amarillo da mal fario a las gentes del teatro desde que Molière murió vestido de ese color, el periodismo amarillo, no les digo más. Podría haber colocado un cartel con el texto ‘Homenaje a Cataluña’ y habría resuelto el problema sin dar tanto el cante. Para más inri, según cuenta  Icíar Ochoa, las hojas del tulipán apenas duran dos semanas. Cuando el jardinero fue a cumplir la orden ya no había bulbos. Tuvo qué identificar los tallos, las raíces del mal y arrancarlos para sustituirlos.

Ya he advertido que la etiqueta ‘La cabra suelta no se difiere a él. El consejero Darpón es en sí mismo todo un rebaño.

SANTIAGO GONZÁLEZ – 11/05/14