- Trump se comporta como un agente ruso convertido en presidente de la mayor democracia del mundo.
¿Es Donald Trump lo bastante necio como para creer que unos cientos de miles de toneladas de diésel, el equivalente a un día de consumo estadounidense, bastarán para hacer bajar los precios mundiales del petróleo?
¿Desprecia tanto a sus votantes como para imaginar que este regalo hecho a Vladímir Putin, disfrazado de medida para proteger el poder adquisitivo, inclinará su voto en las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre?
¿Es tan sordo como para no sentir los vientos de rebelión que se alzan entre aquellos de los suyos que guardan el recuerdo de Ronald Reagan y no han olvidado que unos Estados Unidos grandes son unos Estados Unidos que plantan cara al Kremlin?
¿No ve que es apuñalando así a Ucrania, traicionando a sus aliados europeos, renegando del propio credo de Estados Unidos, como podría perder, en el Senado, la minúscula mayoría que ha bloqueado, hasta ahora, las veleidades de destitución de sus adversarios?
La verdad es que no es estúpido ni ingenuo, y que persigue, con una constancia que sus extravagancias a veces impiden ver, un designio que algunos venimos denunciando desde hace años: hace lo que hizo en febrero de 2025, en Miami, cuando tachó a Volodímir Zelenski de «dictador sin elección».
Luego, unos días más tarde, en el tercer aniversario de la invasión, cuando Estados Unidos votó, junto a Bielorrusia y Corea del Norte, contra una resolución que condenaba la agresión rusa.
Después, en marzo, cuando interrumpió el intercambio de inteligencia entre servicios.
En julio, cuando suspendió la entrega de los Patriot de los que depende la protección de las ciudades ucranianas.
El 15 de agosto, en Anchorage, al hacer que soldados estadounidenses arrodillados desplegaran la alfombra roja a Putin.
En noviembre, cuando intentó obligar a Ucrania a aceptar un plan de veintiocho puntos que se descubrió había salido de los ordenadores del Kremlin.
Sigue comportándose, en una palabra, como un agente ruso convertido en presidente de la mayor democracia del mundo.
Familiarizado con el terreno ucraniano, tengo una idea, por desgracia, bastante clara de lo que puede significar en la práctica este levantamiento parcial de las sanciones contra Rusia seguido, unas horas más tarde, de un llamamiento apenas disimulado a la destitución del presidente Zelenski.
El Churchill ucraniano que, en los primeros días de la invasión, había respondido a un Joe Biden que le proponía una exfiltración: «he pedido munición, no un viaje», no cederá, evidentemente, a esta miserable imposición.
Su Estado Mayor no renunciará a los ataques en profundidad que, por sí solos, retrasan la fabricación, el almacenamiento y el transporte de los artefactos de muerte que asolan el país.
Pero esta financiación estadounidense del esfuerzo bélico ruso pagará los componentes de un misil, el ensamblaje de un dron, la prima de un recluta.
Ayudará a arrasar lo que queda de la heroica ciudad de Pokrovsk, donde los operadores de drones ucranianos que he filmado mantienen, hasta el día de hoy, el control de ciertos barrios.
Expondrá a Kramatorsk a otras masacres similares a la de la pizzería donde fue herida de muerte, el 27 de junio de 2023, la escritora Victoria Amelina.
Járkov, con sus puentes, sus monumentos y sus bibliotecas, quedará a merced de la destrucción si, como ha amenazado Marco Rubio, llegara a faltar la inteligencia estadounidense.
Habrá, en Kiev, más misiles que interceptar y, para los defensores del cielo, más decisiones imposibles: ¿proteger la central eléctrica o las viviendas circundantes? ¿Un nudo ferroviario o los edificios colindantes? ¿Ahorrar un interceptor o impedir, a toda costa, una carnicería?
Habrá, con la llegada del invierno, más viviendas sin calefacción, bombas de agua paradas, noches sin luz, edificios privados de ascensor donde habrá que bajar a los ancianos a cuestas.
Habrá miles, quizás cientos de miles de personas que engrosarán las filas de los diez millones de ucranianos ya desplazados dentro de su propio país o refugiados en el extranjero.
Esto es lo que producirá la infamia de Trump: una Rusia envalentonada para golpear, golpear de nuevo y apostar por el agotamiento de los supervivientes. Y, en lugar de la paz que se finge desear, una guerra que se eternizará con su consiguiente aumento de muertes y sufrimiento.
¿Tendrán los aliados europeos la fuerza y el valor de oponerse a esta indignidad? Es lo que ha hecho Kaja Kallas, jefa de la diplomacia europea, al anunciar, este lunes por la mañana, 1.600 nuevas inclusiones en la lista de sanciones.
Y es lo que han hecho los dirigentes del Viejo Continente al reafirmar, con el presidente francés Macron a la cabeza, su solidaridad de principio con el presidente Zelenski.
Pero las palabras comprometen. Habrá que traducirlas muy pronto en armas, en defensa aérea, en inteligencia, en medidas de represalia aplicadas de manera efectiva.
Habrá que acabar con la lógica perversa que he denunciado en todas mis películas y que supedita nuestro esfuerzo bélico a lo que los ucranianos puedan soportar física y moralmente.
Europa está sola ahora. Lo estará mientras Ubú reine en Washington. Y es únicamente sobre sus hombros donde recae la defensa de Ucrania y, por consiguiente, la seguridad del continente.
Ojalá estemos, esta vez, a la altura de aquellos de quienes depende nuestra propia supervivencia.