MYKOLA RIABCHUK-EL CORREO

  • Putin ha reanudado una vieja guerra, que dura siglos, por la obsesión de que la independencia del país ahora invadido es una herida sangrante que requiere medios quirúrgicos

Mientras la onda expansiva de la invasión militar rusa de Ucrania sacude la política y la economía mundiales, los expertos siguen tratando de explicarse las motivaciones de un comportamiento tan imprudente y por completo irracional por parte del Kremlin. Algunos culpan a la OTAN y a la UE por haberse extendido demasiado hacia el Este, penetrando en la supuesta «esfera de influencia» rusa. Otros, por el contrario, lo hacen por no haberse movido con suficiente rapidez, coherencia y eficacia para acoger a Ucrania en el período 1998-2003, tras las primeras peticiones de esta para integrarse en la UE y en la OTAN, como sí acogieron a los rezagados postcomunistas en una similar situación en los Balcanes.

Hay también quienes se empeñan en culpar personalmente a Vladímir Putin, buscando las raíces de su actual enajenación en sus antecedentes en el KGB, sus conexiones con el mundo criminal de San Petersburgo en la década de los 90, su asimilación de una larga tradición de expansionismo e imperialismo ruso entrelazada en su mente con un trauma personal por el imperio perdido y con el deseo de restablecerlo. Esos mismos incluso se cuestionan su salud mental general de vez en cuando, rebajando así lo que constituye un grave problema a la categoría de algo casi anecdótico.

Se suele pasar por alto, sin embargo, el punto crucial, que se reduce esencialmente al problema de la identidad imperial rusa.

Por muy grande y rica que sea Ucrania, su principal valor para el imperio no consiste en su mera pertenencia al mismo, sino en ser una parte principal del imperio, su supuesta «cuna», su codiciado lugar de nacimiento, algo que la identidad imperial rusa necesita desesperadamente para ser plena, completa e históricamente legítima.

Las raíces del problema se remontan a finales del siglo XVII, cuando las primeras partes de la actual Ucrania se incorporaron al imperio ruso, que todavía no era tal, sino un zarato moscovita bastante marginal, una entidad oriental medieval que se extendía hasta el Pacífico, pero poco conocida entonces en Europa y no mucho en la misma Ucrania. A pesar de la creencia convencional actual, ucranianos y rusos -conocidos, respectivamente, como rusos y moscovitas- tenían poco en común en aquella época. La lengua ucraniana era -y sigue siendo- casi incomprensible para los rusos. La iglesia ortodoxa ucraniana era -y sigue siendo- considerada demasiado occidentalizada y herética. La cultura política ucraniana era -y sigue siendo- fundamentalmente diferente de la rusa en la medida en que la primera se desarrollaba dentro de la Mancomunidad republicana polaco-lituana, mientras que la segunda adquiría formas orientales despóticas bajo los auspicios de la Horda de Oro.

La raíz del problema se remonta a finales del siglo XVII, cuando ucranianos y rusos tenían poco en común

Irónicamente, fueron los ucranianos educados a los que Pedro el Grande contrató para su proyecto de ‘europeización’ quienes indujeron la idea de continuidad entre Kiev y Moscovia, y acuñaron el nombre de Rusia para el nuevo imperio, refiriéndose simbólicamente a la entidad medieval [Kyivan] Rus que, de hecho, había dejado de existir en el siglo XIII. La ‘tradición inventada’ es todo menos algo único para la formación de la mayoría de los Estados; baste mencionar la tradición gala de la que se apropió Francia o la invención en el siglo XVIII de ‘Rumanía’ como sucesora de la antigua Roma.

La invención de ‘Rusia’ como único sucesor de la Rus tuvo, sin embargo, consecuencias fatales para los otros dos sucesores mucho más directos y legítimos: los ucranianos y los bielorrusos. El mito de la continuidad no solo facilitó la transformación de Moscovia en el imperio ruso mediante la apropiación de la historia y el territorio de la Rus (que pertenecía, en ese momento, a la mancomunidad polaco-lituana), sino que también desestimó y deslegitimó la propia existencia de ucranianos y bielorrusos, que fueron degradados a la condición de subgrupo étnico regional de la ‘Gran Rusia’.

No es de extrañar, pues, que cualquier intento de los ucranianos de promover su cultura, lengua e identidad propias fuera duramente reprimido por el Imperio como brotes de peligroso «separatismo». En este sentido, podemos afirmar, con razón, que la guerra rusa contra Ucrania, que dura siglos, adopta múltiples formas que incluyen la prohibición de la lengua y de la imprenta, la represión de los activistas, la destrucción militar de la República Nacional Ucraniana entre 1918 y 1920, el genocidio por hambruna de 1932-33, las deportaciones masivas de nativos poco fiables y la afluencia masiva de colonos, las oleadas recurrentes de represión y, por supuesto, la política de rusificación a gran escala.

Vladímir Putin prefirió reanudar la vieja guerra en lugar de comenzar una nueva. Al principio se apoyó en el poder blando, en la corrupción y la manipulación; y luego, cuando el poder blando y la influencia de Occidente parecieron mucho más fuertes que el suyo, pasó a métodos cada vez más duros de lucha política y chantaje económico para, finalmente, llegar a la guerra total. Sus antecedentes personales y sus peculiaridades psicológicas probablemente desempeñaron un papel en los tiempos, los métodos y el marco retórico específicos de esta guerra, pero sus razones esenciales se derivan de la incompatibilidad fundamental y existencial de la identidad imperial rusa con la identidad nacional ucraniana enmarcada como distinta y ‘europea’. Desde la perspectiva de Putin y de sus seguidores, no puede haber una (Gran) Rusia sin Ucrania, mientras que los ucranianos están cada vez más convencidos de que no puede haber una Ucrania libre y democrática con la Rusia imperial de Putin.

La obsesión de Putin con la independencia de Ucrania no es su paranoia personal, sino una expresión por excelencia de la traumatizada conciencia imperial que percibe la ausencia de Ucrania en el proyecto imperial como un agujero enorme, una herida sangrante que debería curarse inmediatamente con medios quirúrgicos.

Incapaz de aceptar que los ucranianos tienen su propio albedrío y que, independientemente de sus opiniones políticas, no quieren formar «una nación» con los rusos, Putin emplea una falsa dicotomía maniquea: en su opinión, la mayoría de los ucranianos son rusos y, por lo tanto, deben ser reasimilados («reeducados») en la identidad rusa, mientras que los que la niegan e insisten en su propia identidad ucraniana son «fascistas» y pervertidos que deben ser exterminados.

Mykola Riabchuk es investigador principal en el Instituto de Estudios Políticos de Kiev e investigador visitante en el Instituto de Estudios Avanzados de París.