ABC-LUIS VENTOSO

Comparen a Rubalcaba con Sánchez e Iglesias. Queda todo dicho

UNA de mis penas fue la muerte prematura y tonta de mi amigo Antoñito Blanco. Coincidimos en el cole y más tarde en la universidad, en Pamplona. Cuando tenía líos en su piso de estudiantes, Toñito acababa refugiado en el nuestro. Nos saqueaba nuestras reservas de galletas Chiquilín y su cepillo de dientes aparecía en la sartén de la cocina. Pero su buen humor y su radiante ingenio lo compensaban todo. Poco antes de morir, Antonio rodó una película de terror costeada por sus muchísimos amigos, una parodia de la «Matanza de Texas» ambientada en la Galicia profunda. Corrían los días del Gobierno de González y su portavoz era Rubalcaba. Menuda sorpresa cuando tras un consejo de ministros Rubalcaba hizo una broma citando «La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos», ¡la película de Toñito! ¿Cómo sabía de tan ignota peliculilla? Pues porque él lo sabía «todo», según le gustaba dar a entender (tal vez inflando su mito de señor de las tinieblas).

Poulidor fue un ciclista superclase. Mas tuvo la desgracia de ser coetáneo de Anquetil y Merckx. Aún así, se ganó al público como enorme segundón: tercero en cinco Tours y segundo en tres. Eso sí, nunca en lo alto. Tal es la historia de Rubalcaba: ministro de casi todo, vicepresidente, jefe del PSOE, candidato… Pero le tocó ver llegar a La Moncloa a compañeros menos dotados, como Zapatero y Sánchez, al que no tragaba (hecho del dominio público que piadosamente se soslaya en esta triste hora, pues fue él, por ejemplo, quien acuñó la metáfora «Gobierno Frankenstein» para condenar el compadreo de su sucesor con separatistas y comunistas).

Rubalcaba encarnó las virtudes de la burguesía, siempre motor de lo mejor. Hijo de piloto de Iberia y niño bien pilarista, brillante estudiante de Química, atleta velocista con un registro de 10,9 en los cien, madridista militante y marido para siempre de su novia de facultad. Rubalcaba era muy inteligente –aunque no tanto como logró proyectar–, amable, empático y educadísimo. Laborioso, detallista y de poco sueño. Frugal, las julandronadas materiales no le importaban, pero se perdía por una buena charla, a poder ser con dosis de intriga. Era uno de esos feos que de cerca resultan atractivos, tal vez por su voz grata y un humor que todo lo amortiguaba. No lo vamos a canonizar, pues en treinta años en la cima hubo rincones oscuros, como el Faisán o su torticero comportamiento en la campaña del atentado de 2004. Pero comparado con lo que hoy se estila, se eleva como un adulto en la sala, capaz de activar las luces largas en los asuntos medulares del Estado. Lo probó en la abdicación de Juan Carlos I, que resolvió con maestría junto a otro servidor público de vieja escuela, Rajoy.

Como todo español patriota y con dos dedos de frente, sabía que el problema de España se llama Cataluña. En 2013, pude entrevistarlo al día siguiente de que Mas y Junqueras anunciasen por vez primera un referéndum ilegal. «Estoy convencido de que esa consulta no se va a celebrar, porque el señor Mas ha manifestado su propósito de no hacer nada en contra de la ley», declaró. Por una vez, Rubalcaba pecaba de inocente.