Editorial-El Correo

  • La visita de los Reyes reafirma la normalidad constitucional en la ciudad autónoma tras el ataque a su integridad territorial, escenifica el respaldo del Estado a una población que se siente vulnerable y aporta la empatía que a menudo falta en política

Los Reyes de España aprovecharon la visita iniciada ayer a Ceuta y Melilla para trasladar un oportuno mensaje de confianza y cercanía a una población que se ha sentido desamparada en demasiadas ocasiones. El viaje de Felipe VI y de doña Letizia reafirma desde la jefatura del Estado la normalidad constitucional de la ciudad autónoma, tras el ataque a la integridad de su territorio que supuso la entrada masiva de 80.000 migrantes a finales de julio. Dos meses y medio después de aquel asalto, cuyas consecuencias derivaron en una crisis humanitaria, diplomática y social pendiente aún de resolución, la presencia del Rey en las calles ceutíes y hoy en las melillenses insufla una serenidad muy necesaria en estos momentos de incertidumbre y gestión inacabada. Un sosiego indispensable para sofocar cualquier riesgo de estallido vecinal, alimentado por la saturación de los servicios públicos y una frágil convivencia con los miles de inmigrantes que todavía deambulan por Ceuta.

La prudencia también constituye una obligación de las autoridades españolas para afrontar la presión latente del régimen marroquí, retratada en las recientes declaraciones de Mohamed VI en las que advirtió de que no consentirá «chantajes ni amenazas». En este complejo escenario, que exige combinar firmeza y colaboración con Marruecos para garantizar una relación de buena vecindad, el gesto de respeto de la Corona recuerda que Ceuta no está sola y que debe beneficiarse de las garantías que ofrecen la Administración española y la Unión Europea como territorio Schengen que es, aunque sea en el norte de África. La visita de Felipe VI adquiere toda su dimensión en su calidad de jefe de Estado al proclamar que Ceuta y Melilla «son una parte irrenunciable» de la realidad nacional y que su integridad resulta «indiscutible». Pero interpretarla solo en clave de soberanía española acentuaría el pulso con el país vecino y restaría importancia a otras connotaciones del viaje, el primero del Rey a la ciudad autónoma en los últimos 19 años.

La sociedad ceutí precisa de una empatía que a menudo falta en política. Mantenerla en el tiempo es clave para recuperar la normalidad y la colaboración entre instituciones gobernadas por diferentes partidos. El panorama que han visto Felipe VI y la reina Letizia en calles, colegios y costas dista mucho del paisaje dejado por la avalancha del verano, con campamentos en las playas -desalojados en vísperas- y un colapso de los recursos sociales salvado por la solidaridad de las ONG y los propios ceutíes. Pero también es cierto que el Rey no ha eludido la realidad, con muestras de proximidad a una población entregada y a sus gobernantes, sin olvidar un homenaje que reconoce la pluralidad de culturas en Ceuta: la visita al cementerio musulmán de Sidi Embarek, donde están enterradas las víctimas de la entrada masiva. Esas personas que perdieron la vida en el intento de pasar de forma irregular a España -muchas de ellas jóvenes entre los 140 fallecidos- son la parte más injustamente olvidada del drama, sobre todo en la parte marroquí.

Los Reyes han afrontado otras tragedias extraordinariamente duras como la catástrofe por la dana de Valencia y el accidente ferroviario de Adamuz. En esta ocasión, trasladan un mensaje claro en favor de la defensa de la ciudad autónoma frente a cierta inacción y falta de transparencia del Gobierno en la crisis. El Ejecutivo de Pedro Sánchez ha tardado más de dos meses en reconocer un incidente entre buques de la Armada española y la Marina marroquí en aguas de Ceuta, en paralelo a la presión migratoria en el Tarajal. Desclasificar los documentos a su conveniencia revela un calculado interés por no incomodar a Rabat ni destapar la eventual debilidad de la frontera. Sin embargo, la visita real consolida a Ceuta en la arquitectura institucional del Estado y, a la vez, tiende la mano a Marruecos para preservar una cooperación que debe ser leal. Se trata de una estrategia de equilibrio: cuanto más inestable sea el país vecino, mayor será la tensión en el lado español.