Mikel Buesa-La Razón
- Ese aroma lo invade todo, pues evoca el veneno que arruina las instituciones, polariza las relaciones políticas, enaltece a los oportunistas de toda ralea y debilita a la sociedad civil
Los políticos enamorados encierran en sus actuaciones un cierto riesgo para los países en los que ejercen su poder. El amor conduce muchas veces a sinsabores y malentendidos, principalmente porque no se ve, o no se quiere ver, la realidad que todos los demás observan, en ocasiones con inquietud, aun cuando su prudencia les lleva a guardar silencio o también a excusar imprudencias y delitos. Ello es especialmente sangrante cuando el enamorado se muestra ciego a las ambiciones de su amada y las alienta poniendo a su disposición los recursos e influencias, siempre enérgicas, que se movilizan bajo los resortes de su autoridad. Y así, se puede llegar muy lejos en la acumulación de honores y reconocimientos, incluso académicos, que nunca se hubiesen alcanzado desde la mediocridad imperante en palacios y alcázares. También se agolpan capitales y relaciones discretas que agrandan la apariencia de lo que no se es y obran en la ocultación de pasados inconfesables y hechos remotos de dudosa moralidad. No obstante, en las sociedades democráticas resulta muy difícil mantener un velo sobre tales acontecimientos y circunstancias, sobre todo cuando un periodismo libre de ataduras y compromisos ciegos va tirando, poco a poco, de un hilo que acaba convirtiéndose en madeja de chanchullos y corrupciones que llaman a escándalo y alertan a muchos de sus ciudadanos. Es entonces cuando las decepciones se acumulan y la ceguera amorosa de aquellos políticos se pone a prueba al comprobar cómo se socava su potestad. En tales momentos hay quien les recuerda el viejo principio de que, como indicó Michel Foucault, el poder no se posee, sino que sólo se otorga. Pero algunos hacen oídos sordos, incapaces como son de librarse del síndrome palaciego del mando, y se empecinan en ignorar el destino que espera a su amor contrariado. Gabriel García Márquez identificó éste con el olor de las almendras amargas en una novela grandiosa, ambientada en los tiempos del cólera. Ese aroma lo invade todo, pues evoca el veneno que arruina las instituciones, polariza las relaciones políticas, enaltece a los oportunistas de toda ralea y debilita a la sociedad civil. Tal es el resultado que se deriva de aquella depravación. Llega, por ello, la hora de ponerle freno.