Ignacio Camacho-ABC

  • La idea de un estadio repleto de banderas españolas entusiasma poco a un Gobierno demasiado pendiente de que Marruecos tuerza el gesto

La Agrupación Deportiva Ceuta es un equipo de fútbol profesional que milita en la Segunda División de la Liga. Al comenzar la temporada en agosto hubo un lógico debate sobre la conveniencia de disputar partidos bajo el tenso clima social de la ciudad recién invadida, pero al final se han celebrado y transcurrido en condiciones de normalidad relativa; el público grita al principio «Ceuta se defiende» y consignas parecidas y luego se entrega a la pasión futbolística. Eso sí, el equipo local, obviamente lastrado por la conflictividad del ambiente, ocupa la posición clasificatoria de colista pero al menos la gente que va al estadio Alfonso Murube puede evadirse durante un rato de las cuitas políticas. Que no es poco para la crisis que tiene encima.

En un momento dado, la Federación quiso solidarizarse con el drama de la población caballa y pensó en animarla organizando allí un encuentro internacional de España. Como llevar a los campeones del mundo podía ser complicado se decidió enfrentar a la selección sub-20, donde figuran algunas promesas destacadas, con su homóloga mexicana. Pero a medida que se aproximaba la fecha el Ministerio del Interior alegó dificultades para garantizar «las condiciones de seguridad necesarias», pese a no haber apreciado peligro en las tres jornadas ligueras jugadas por la AD en su casa (más un trofeo de pretemporada apenas una semana después de la avalancha). Los ceutíes tienen motivos para sospechar que el verdadero problema viene del otro lado de la valla.

Y no sólo de la de la frontera con Marruecos. Porque cada vez que el vecino tuerce el gesto, tras la verja de la Moncloa cunden los nervios. La idea de un campo repleto de seis mil personas agitando banderas españolas y lanzando proclamas de soberanía nacional en directo no parece entusiasmar al Gobierno en este preciso contexto en que su prioridad consiste en apaciguar al régimen marroquí para ver si lo ayuda a salir del atolladero. Y en Rabat tampoco hace mucha gracia esa afirmación simbólica de territorialidad, estando además la incógnita de la final del próximo Mundial por medio. Un escenario antipático pero fácil de resolver desaconsejando el evento mediante un oportuno informe ‘técnico’.

Sí, es un asunto menor, muy secundario en comparación con la atmósfera de inestabilidad creada por la presencia de miles de extranjeros decididos a hacer lo posible para quedarse. Pero el diablo se esconde a menudo en los detalles. Y la comunidad ceutí percibe la cancelación del partido como un nuevo agravio, un desprecio más a los ciudadanos obligados a (mal) convivir con esa masa de ocupantes, una evidencia, marginal si se quiere, de la cronificación de sus penalidades. La ‘inseguridad subjetiva’ de Marlaska se ha vuelto de repente una circunstancia objetivamente constatable: mira por dónde resulta que en verdad había riesgo en las calles. Lástima que las autoridades lo hayan descubierto tan tarde, justo cuando existe una cierta posibilidad de que se enfade alguien en el temido país colindante.