Teodoro León Gross-ABC
- Sánchez ha acreditado, muy lejos de Ramón Rubial, que su máxima es «Primero Yo y Begoña, luego el PSOE y ya después España»
En la Transición, el histórico socialista Ramón Rubial, con años de cárcel, solía expresar una máxima moral de cabecera a los jóvenes turcos del PSOE: «Primero España, luego el partido y ya después nosotros». A lo largo de los años, siempre hubo vestales en el PSOE que mantuvieron encendida la memoria de esa frase. Con el tiempo se apagó. Hoy, en el PSOE sanchista, rige la idea invertida: «Primero Yo, luego el PSOE y ya después España». Y donde dice «primero Yo» es «primero Yo y Begoña». La gestión del escándalo de su mujer ha bordeado el delirio. Desde el minuto uno, cuando Sánchez suspendió su presidencia durante cinco días sin empleo pero con sueldo, todo ha sido un disparate. Probablemente fueron días para decidir que la defendería mejor desde el poder. Y arrastró a todo el partido al barro, con escenas de enajenación sectaria en las puertas de Ferraz. Y ahí siguen, ya por veneración, ya por temor a Su Sanchidad: «¡Yo con Begoña! ¡Yo con Begoña!».
Más allá de las polémicas durante la instrucción, corregidas por un sistema garantista, ¿ha sido objeto ella de un «escarnio insoportable»? Es lo que sostienen desde el Consejo de Ministros, convertido en bufete impúdico de la ‘primera dama’ a tiempo completo. Y tal vez algo así no merecía la vía penal, pero éste es otro agujero negro del sanchismo: al negarse a asumir responsabilidades políticas, sólo se pueden perseguir sus responsabilidades en los tribunales. De ahí la judicialización de todo. Quizá Begoña Gómez no sea condenada nunca, o sí, pero con seguridad hay un escarnio merecido: un Rector acudió a la Moncloa a otorgarle una cátedra ‘ad hoc’, sin méritos académicos, con la que obtuvo un ‘software’ gratis de grandes multinacionales que ella puso a su nombre… Sánchez optó por no asumir errores y le declaró públicamente su amor, como un caballero andante en una cruzada irracional, hipotecando su presidencia.
Y el precio ha sido muy alto. Altísimo. Ante todo, con una campaña indesmayable para desacreditar al Poder Judicial, dañando seriamente esa clave de bóveda de toda democracia. Para exculparla, han impuesto la tesis de la guerra sucia judicial o ‘lawfare’. «Juicio político» repiten sus ministros, algunos con apariencia de seriedad, otros sin disimular la estulticia como Diana Morant o los nuevos Lópeces, Óscar y Patxi. Sánchez ha llegado a perder el oremus, y este mes de agosto tocaba fondo al irse con Begoña al palacete de Lanzarote tras denunciar que España había sido «atacada» con una grave «violación territorial de sus fronteras». No iba a perderse el último verano de amor allí. Regresó para unir la suerte de PSOE, asomado a la doble imputación por las cloacas y la financiación, a Zapatero y a su mujer. Todo es de locos. Sánchez ha acreditado, muy lejos de Ramón Rubial, que su máxima es «Primero Yo y Begoña, luego el PSOE y ya después España».