Un puñetazo en la mesa

ISABEL SAN SEBASTIÁN, ABC 04/04/13

· Empieza a cundir la sensación de que la actitud de Mariano Rajoy no es prudente, sino temerosa.

Ya sé que no está en su naturaleza, pero cada día que pasa sin que Mariano Rajoy dé un puñetazo en la mesa constituye una ofensa para el conjunto de los españoles. Bien está tener la sangre fría, por más que su temperatura se homologue en ocasiones a la de las criaturas acuáticas. Suyos son los célebres «tiempos» tanto como la potestad de decidir, aunque cabría recordarle que estamos en una era en la que el mundo se transforma muy deprisa. Porque empieza a cundir la sensación de que su actitud no es prudente, sino temerosa. Y la diferencia entre la cautela y la cobardía, un abismo, es de principios, no de matiz.

La «herencia recibida» puede constituir aún una coartada endeble en lo concerniente a la economía; nada más. Los balbuceos del Gobierno en respuesta al desafío secesionista catalán resultan sencillamente intolerables e incompatibles con el mandato que recibió de la ciudadanía española en forma de holgada mayoría absoluta. La amenaza de implantar un nuevo sistema de financiación autonómica, diseñado a la medida de los chantajistas y perjudicial para quienes han cumplido con lealtad la orden de apretarse el cinturón, a costa de enormes sacrificios y desgaste político, provoca estupor. ¿Qué es eso de marcar un límite de déficit distinto para cada comunidad, con el fin de otorgar a Cataluña el privilegiado pacto fiscal que exigen Mas y sus socios recurriendo a la coacción? ¿Qué argumento puede sustentar semejante iniquidad, si no es la mera cesión a la extorsión?

Claro que en esta España blanda y de pensamiento débil, en esta España anoréxica en lo que atañe a las convicciones, el poder de la extorsión se agiganta. Solamente así se explica el alarde continuado de chulería impune al que nos tiene sometidos ETA a través de comunicados y declaraciones de sus portavoces, como esa última de Pernando Barrena, reconocido batasuno y pese a ello dirigente de la legalizada Sortu, refiriéndose a los asesinos encarcelados como «prisioneros de guerra». ¿Hasta dónde llegarán? ¿Hasta cuándo abusarán los terroristas de nuestra paciencia ante el silencio cómplice de un presidente paralizado de miedo por la posibilidad de un atentado? ¿En virtud de qué perverso mecanismo hemos llegado (o mejor dicho regresado) al punto en el que la humillación de las víctimas pesa menos en el ánimo del poder que el temor a provocar a sus verdugos?

Otro tanto cabe decir de la falta de explicaciones ante la corrupción generalizada. ¿Qué tienen que esconder? ¿A quién han de cerrar la boca? ¿A costa de qué? El contribuyente se desayuna cada mañana con un nuevo escándalo, a cuál más estomagante, como testigo inerme de una siniestra partida de pocker que lleva a los principales partidos y sindicatos a subir una apuesta que pagaremos todos a escote: «Tu Bárcenas por mis ERES; no vamos a hacernos daño ¿verdad?».

Como no podía ser de otro modo, el «escrache», ese acoso violento que algunos justifican como parte de la «libertad de expresión», se abre paso velozmente en este escenario propicio a la claudicación. Y se extenderá y agravará a menos que quien ostenta la representación democrática de este pueblo ponga pie en pared con la determinación de cumplir y hacer cumplir la Ley, empezando por dar ejemplo.

La Nación se descompone sin que se perciba un gesto enérgico por parte de la persona llamada a mantenerla unida y en formación de combate contra las lacras que la corroen. Sin que se escuchen de sus labios palabras susceptibles de convencernos, motivarnos, animarnos a la confianza. Falta coraje, falta impulso y falta firmeza. La forma empieza a confundirse con el fondo, el tiempo con la decisión, la sangre fría con la ausencia de sangre.

ISABEL SAN SEBASTIÁN, ABC 04/04/13