Ignacio Camacho-ABC
- Harán falta muchos años para subsanar el colapso funcional del Estado. Es un desafío sistémico, una tarea de varios mandatos
Además de los 90 años de la guerra (in)civil, el pasado sábado se cumplieron seis meses del accidente de Adamuz sin que nadie haya asumido una responsabilidad directa o indirecta, abstracta o explícita. Lo único que sabemos al respecto es que Óscar Puente no se dedica a soldar vías, como les dijo a las víctimas con esa delicadeza infinita que constituye su cualidad más reconocida. Lo que sí puede constatar cualquier usuario es que si antes de la tragedia el AVE era ya un suplicio de percances y averías, desde entonces se ha convertido en un albur, una contingencia continua que dilata las horas de llegada o de salida cuando no deja a los viajeros tirados en medio del campo bajo la canícula. Y la única medida adoptada al respecto ha consistido en pedir a los maquinistas que circulen a baja velocidad en los trayectos donde la seguridad está más comprometida. Que deben ser casi todos a la vista de las demoras acumuladas día tras día sin que Renfe y Adif hagan otra cosa que pedir disculpas preventivas.
El escándalo del deterioro ferroviario es la metáfora cotidiana del colapso funcional de un Estado incapaz no ya de resolver los problemas reales de los ciudadanos sino de presentar al Parlamento un simple proyecto presupuestario. España ha vuelto a ser el viejo país ineficiente cuyo fracaso lamentaba Gil de Biedma en vida de Franco. Sólo en infraestructuras hay un déficit de inversión de 50.000 millones, y de vivienda, sanidad, educación o energía mejor ni hablamos. La mala noticia es que el retraso acumulado es de tal magnitud que tardará en solucionarse muchos años, y ello en el optimista supuesto de que los futuros gobiernos –en plural porque hará falta más de un mandato– pongan todo su empeño y diligencia en remediarlo. Será necesario un plan de modernización a largo plazo que difícilmente volverá Europa a financiar a cargo de fondos comunitarios como los que permitieron construir la joya tecnológica que la ineptitud, la corrupción y el desentendimiento del sanchismo han malversado.
La legislación más arbitraria de la coalición social-separatista podrá derogarse o modificarse con relativamente poco esfuerzo. Sin embargo, actualizar las redes de servicio público hasta alcanzar los estándares básicos del desarrollo contemporáneo es una tarea de calibre gigantesco en términos de voluntad política, capacidad de gestión y disponibilidad de dinero. El impulso reformista de las etapas de González y Aznar ha caducado y su renovación representa un desafío sistémico que exigirá, además de tiempo, agilidad administrativa, constancia y talento. Estamos muy lejos de eso; en una escena institucional desprovista de consensos y donde el horizonte más estable apenas alcanza un cuatrienio, la clase dirigente al completo –incluida la de la sociedad civil– carece de pensamiento estratégico. Sánchez no lo necesita porque es un aventurero que vive de atizar el enfrentamiento. Pero quien aspire a sucederlo tiene que convencer a la nación de que este paisaje devastado tiene arreglo.