Una agresión que evidencia la cultura del cainismo

EL MUNDO – 17/12/15 – EDITORIAL

· Un joven militante de extrema izquierda agredió ayer por la tarde a Mariano Rajoy cuando se encontraba en el centro de Pontevedra. La acción resulta absolutamente repudiable por cuanto no se puede justificar el recurso a la violencia, sea cual sea su naturaleza, para obtener fines políticos o propagandísticos.

Pero la violencia no surge de la nada. Siempre tiene unas causas y un caldo de cultivo. Y en nuestro país existe una larga tradición de uso de la fuerza para dirimir contiendas políticas. Sin caer en la tentación de mirar al pasado, no es exagerado afirmar que hay todavía una cultura cainita que induce a algunas minorías a emprender acciones violentas para protestar contra el sistema o resolver imaginarios agravios.

Lo hemos visto a lo largo de los últimos años con manifestaciones que han terminado en saqueos de comercios, con lanzamientos de piedras y objetos contra las Fuerzas de Seguridad, con escraches ante domicilios de líderes políticos, con insultos y persecuciones en la Universidad, con amenazas en la calle a diputados y cargos públicos e incluso con intimidaciones a sus familiares.

Hay movimientos independentistas radicales, grupos de extrema izquierda y colectivos anti-sistema que no sólo han apoyado este tipo de actuaciones sino que además las han incitado y glorificado. De aquellos polvos vienen estos lodos.

Y también nuestros políticos son dados a algunos excesos verbales que luego se vuelven contra ellos porque no se debe demonizar a nadie ni arrogarse el patrimonio de la verdad. La política se basa en una confrontación de ideas y ahí es donde hay que dirimir las diferencias.

Los líderes de todas las formaciones que concurren a las elecciones del próximo domingo reaccionaron ayer con celeridad al condenar de forma tajante la agresión y mostraron su solidaridad con el líder del PP, demostrando que la violencia no va a condicionar la campaña. Esta es una buena forma de intentar evitar que estas agresiones se repitan. Rajoy, por su parte, reaccionó de la mejor forma posible: evitando cualquier tentación de aprovechar lo sucedido electoralmente y demostrando temple y moderación en su respuesta.

Todos los partidos tienen la obligación de expulsar de la militancia a cualquier persona proclive a recurrir a la violencia o a justificarla. En este punto debe existir una política de tolerancia cero contra actitudes como las del agresor, que, en lugar de mostrarse arrepentido, se jactó de su cobarde acción.

Igualmente lamentable y repudiable es la reacción de un pequeño grupo de personas que le vitoreó tras ser detenido e inmovilizado por los escoltas del presidente. Ello indica el clima de regresión moral de una minoría que no sabe distinguir entre el bien y el mal.

El peso de la ley debe recaer sobre el agresor, que, al no haber cumplido los 18 años, va a eludir el delito de atentado contra la autoridad que establece el Código Penal, castigado con pena de cárcel. Tendrá que pasar a disposición de un juez de menores que dictará las medidas cautelares que considere oportunas en proporción a esta deleznable conducta.

La agresión de este chico merece también una reflexión sobre el sistema educativo y los valores de una sociedad en la que se generan estos comportamientos que siempre encuentran la comprensión en una minoría para la que el fin justifica los medios y que proliferan en jóvenes como el agresor de Pontevedra.

Cuando tras la muerte del general Franco, España se convirtió en una democracia, se legalizaron los partidos y se culminó la Transición, fueron frecuentes escenas de reconciliación y tolerancia que posibilitaron un borrón y cuenta nueva con el pasado.

Este país, que tanto ha progresado en las últimas décadas, tiene todavía la asignatura pendiente de la tolerancia. Tenemos que acostumbrarnos a respetar a los demás y a defender sus derechos, sobre todo, cuando no piensan como nosotros. La violencia es repugnante, saca lo peor de cada ser humano y debe ser desterrada para siempre en la política. Si no entendemos esto, estamos condenados a revivir un pasado que creíamos superado para siempre.

EL MUNDO – 17/12/15 – EDITORIAL