Tonia Etxarri-El Correo

Un día antes de la conmemoración del decimoquinto aniversario del anuncio de ETA del cese del terrorismo, Bildu presentaba a sus candidatos a las elecciones generales. Con alguna incorporación que lleva consigo la polémica justificada como la de Floren Aoiz, cuyo historial -responsable del brazo político de ETA en los años 80 y condenado por integración en organización terrorista- ha despertado la indignación de colectivos de víctimas del terrorismo.

La formación independentista, que ahora se presenta como la opción de la serenidad hablando del autoritarismo ajeno, sabe que puede permitirse cualquier provocación a las víctimas del terrorismo mientras no altere la estabilidad de Pedro Sánchez. Si su apoyo al candidato socialista permanece inquebrantable, Bildu seguirá desfilando por la alfombra institucional (si volviera a gobernar el PSOE) sin tener que dar explicaciones sobre el pasado de muchos de sus dirigentes. Bildu arrastra un lastre (el de no condenar la trayectoria de violencia de la banda) cada vez más liviano porque el Gobierno de La Moncloa se ha encargado de aligerarle la carga. A cambio del voto de sus seis diputados, los socialistas, y también el PNV, han blanqueado su trayectoria de complicidad con ETA desde que asesinó a más de 850 ciudadanos, secuestró a otros 86 y extorsionó a cerca de 10.000 empresarios.

Este pueblo «narcotizado» (la expresión es de Otegi) no le ha exigido a Bildu una muestra de rechazo a ETA. En el Parlamento vasco, allá por 2013, el PNV, PSE y PP llegaron a un acuerdo de mínimos para asentar las bases sobre la paz y la convivencia en Euskadi exigiendo la deslegitimación de la violencia del pasado y la condena expresa de ETA. Pero Bildu se desmarcó.

Y el tiempo ha jugado a favor de Bildu sin que haya tenido que ceder a los emplazamientos democráticos. Los votantes le han ido premiando porque ETA dejó de matar, pero desde que han encontrado la pieza necesaria para el olvido de sus orígenes se han convertido en aliados imprescindibles del poder en España. Esa pieza ha sido Sánchez, necesitado de apoyos. Y los dos (Sánchez y Otegi) han hecho de la necesidad, virtud; aparcando los principios éticos y morales en el archivo.

En este intercambio de favores (Presupuestos por presos) se ha traspasado la competencia de prisiones y aprobado excarcelaciones y terceros grados no exentos de polémica. Y la joya de la corona: el desalojo de UPN de la Alcaldía de Pamplona para asumirla Bildu, sin respetar la voluntad de las urnas. El delegado del Gobierno de Madrid considera que Bildu ha hecho más por España en los últimos cinco años que todos los patrioteros de pulsera juntos. Y el ministro Óscar Puente considera que Bildu tiene derecho a la vida política «como el que más». Mucho más de lo que imaginaba Otegi cuando celebraba que se habían vuelto a «colocar en el centro del tablero».

El PNV no ha ocultado su temor ante un posible ‘sorpasso’ de Bildu. Y es ahora, en las refriegas electorales, cuando recupera la memoria para recriminar a Bildu su ambigüedad sobre la violencia del pasado. Lo mismo les ocurre a los socialistas vascos, que ahora ponen en un lado de la balanza a PP y Vox y, en el otro, a ETA. Cuando termine la campaña, quienes necesiten a Bildu no le exigirán nada. Un chollo para Otegi.