Iván Igartua-El Correo

Catedrático de Filología Eslava (UPV/EHU)

  • Rusia comenzó a torcerse cuando Yeltsin ofreció a Putin sucederle en la presidencia

Los hay sin duda muchos, y de lo más variado, aunque siempre con algún denominador común: el odio, la crueldad sin tasa y un afán salvaje de destrucción (y, con frecuencia, también de rapiña). El siglo pasado conoció dos guerras mundiales e innumerables conflictos regionales y atentados terroristas, saldados con miles, cuando no millones, de víctimas. Una vez prendida la mecha, nunca se sabe cuándo -ni cómo- se detendrán los encontronazos bélicos. La experiencia podría haber servido de algo, pero salta a la vista que el aprendizaje, en términos generales, ha sido más bien nulo. Lo que llevamos del nuevo siglo, más de un cuarto ya, no ha escatimado en muestras del horror que el ser humano es capaz de desatar una y otra vez.

La invasión rusa de Ucrania, con su arranque feroz y su posterior estancamiento no menos cruel, es uno de los ejemplos recientes más representativos. En pocos años, de pueblo hermano Ucrania ha pasado a ser para Moscú un enemigo perfectamente aniquilable. Desde el instante en que los ucranianos decidieron no permanecer sometidos a los designios de Rusia, algo que han intentado reiteradamente a lo largo de la historia (al menos desde el siglo XVII), su destino ha vuelto a convertirse en el de víctima del vecino expansionista y acaparador.

Pero por más que los acontecimientos, desde 2014 e incluso antes, fueran apuntando a una agresión del calibre de esta guerra, la invasión a gran escala de Ucrania y la tentativa -rotundamente fallida- de descabezar el Gobierno legítimo de Kiev, no eran una consecuencia necesaria del revanchismo autocrático y neocolonial de Rusia. Siempre caben opciones, decisiones que se toman en un sentido o en otro y que marcan el devenir de la historia y, con él, la vida de infinidad de personas que a duras penas sortean en general los embates cotidianos de la intrahistoria (que me perdone don Miguel). En el caso ucraniano, a partir de una decisión tomada en un momento dado, gran parte de la población empezó a sufrir, de golpe y porrazo, los efectos de un ataque presuntamente destinado a liberarla de sus propios males.

No tiene demasiado sentido preguntarse aquí, un poco a lo Zavalita, cuándo se torció Rusia, pues eso nos llevaría, sospecho, muy lejos en el tiempo. Pero sí lo tiene tal vez indagar en las circunstancias que auparon al poder a quien ha decidido hacer tambalear los cimientos en que se asentaba hasta hace relativamente poco el precario orden internacional.

Porque el origen de todo lo que ha venido después y que el mundo lamenta puede estar en algo tan mundano como la visita que Borís Berezovski, entonces magnate de la comunicación en Rusia, le hizo a Vladímir Putin en Biarritz durante el verano de 1999, mientras este se encontraba allí de vacaciones. Por orden de Borís Yeltsin, Berezovski tenía el encargo de ofrecer a Putin la sucesión presidencial a cambio de protección para el entorno familiar de Yeltsin. Su respuesta inicial, bastante sintomática, fue que prefería, ya puestos, la dirección de Gazprom, la mayor empresa de gas de Rusia (y del planeta). Al poco debió de pensárselo mejor, considerando quizá que la presidencia no sería peor vía para la prosperidad económica -la suya- y terminó aceptando la oferta. Putin había regresado hacía un tiempo de sus labores de espía en Alemania y tenía ya consolidada una red de estrechos colaboradores en San Petersburgo, ciudad a cuya administración municipal se había incorporado a comienzos de los años 90 de la mano del alcalde Anatoli Sobchák, llegando a ser incluso teniente de alcalde. Sus conexiones con la llamada mafia de Tambóv, una de las organizaciones criminales más poderosas de Rusia, empezaban a ser conocidas, pero nada de eso impidió (alguien podría pensar que más bien contribuyó) a que siguiera escalando posiciones en su carrera política.

Al igual que su admirado Stalin, Putin se ha caracterizado por su habilidad para deshacerse sin mucho disimulo (y en el sentido más puramente físico) de quienes han sido sus ayudantes o mentores y, por alguna razón, han acabado distanciándose de él, aunque sea levemente. Sobchák falleció en febrero de 2000 durante un viaje a Kaliningrado que le había pedido el propio Putin. La causa oficial fue un infarto, pero, casualmente, dos de los asistentes del alcalde de San Petersburgo también murieron infartados esos días. Borís Berezovski, convertido al cabo en opositor, apareció ahorcado en su casa de Londres en marzo de 2013, después de haber sobrevivido a varios intentos de asesinato. Entre la disidencia, las muertes violentas nunca del todo esclarecidas han sido legión: las de la periodista Anna Politkóvskaya o los políticos Borís Nemtsóv y Alekséi Navalni son solo algunas de las que más eco tuvieron.

Ninguno de esos actos predetermina, desde luego, la deriva posterior de Rusia y su invasión del país vecino, que es motivo de una decisión aparte (otra muesca en la historia universal de la infamia), pero es difícil sustraerse a la idea de que algo hacía presagiar que las cosas iban a ir torciéndose cada vez más.