- Empero, Sánchez desea españoles más pobres y más dependientes abonando el modelo que aúna a todos los supuestos progresistas que este fin de semana se dan cita en Barcelona en la cumbre de la ultraizquierda que orbita alrededor de la dictadura comunista china
Aunque fuera consciente de lo inútil que, a veces, resulta el conocimiento al que dedicó uno de sus mejores ensayos, un pensador tan lúcido y agudo como Jean François Revel no cejaba de hacerse reflexiones del siguiente jaez: «¿Cómo puede un Estado imponer a sus ciudadanos que respeten su orden legal si autoriza a que los inmigrantes lo violen? Nunca ha habido civilizaciones sin migraciones. Pero, si estas son anárquicas, configuran zonas sin ley que minan el país».
En la actual encrucijada española, la interrogante de Revel no puede ser más pertinente a tenor del real decreto por el que el Gobierno, saltándose al Parlamento reducido a puro ornamento y contraviniendo la política de la UE sustentada en un pacto suscrito durante la Presidencia de turno española, normaliza la inmigración ilegal en unas condiciones tan laxas y cuasi inverificables que habría que hablar de autorregulación dentro de la estrategia sanchista de fronteras abiertas y muros ideológicos que aviven la confrontación y la bipolarización política.
Certificando el fiasco de la política inmigratoria que principió en junio de 2018 con su recepción a tambor batiente y algarabía de telediario del buque Aquarius con emigrantes recogidos en aguas próximas a Italia y Malta tras negarse estos países a desembarcarlos, esta dizque regulación sólo significará un paréntesis porque, amén de facultarle a permanecer en territorio nacional quienes no metan la cabeza por ese gran coladero, España seguirá siendo, sin pautas estables y requerimientos firmes, tierra de promisión de los mercaderes de seres humanos. Pero también puerto de atraque de quienes no reúnan los requisitos en otros lares europeos donde es obligatoria una residencia previa de varios años, no de unos meses, disponer de un ingreso mínimo, aprobar un examen básico de lengua y cultura, y carecer de antecedentes, no ya penales, como España, sino policiales.
Ante esa «autorregulación» en la Jauja española, no es extraño que el comisario de Interior y Migración, Magnus Brunner, haya dado un serio aviso sobre las consecuencias que puede generar en una Europa sin fronteras interiores y como puede restringir el área Schengen sobre libertad de movimiento de personas dentro de la UE. Ello supondría otro hito de un Sánchez que se aleja de Occidente a ojos vista como festeja la prensa oficial china tras ganarse el jubileo de Xi Jinping, así como la iraní de los ayatolás.
Caminando en dirección contraria al resto de Europa, esta regularización extraordinaria otorgará la residencia legal con sólo la declaración responsable del propio interesado en cuanto a su historial penal. De esta guisa, el Estado hace dejación de tal encomienda y delega esta fe pública en la palabra del propio beneficiado que podrá ocultar su pasado si éste es delictivo, so pretexto de que su país de origen no remite el pertinente certificado en 30 días.
Aunque el Gobierno juegue a la confusión –como la ministra-portavoz Elma Saiz para darle réplica al jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo– el antecedente penal requiere una sentencia firme (algo que se dilata años), mientras que el policial refleja cuasi al día las detenciones y reincidencias lo que posibilita averiguar la conducta real de quien, con clara desprotección de la ciudadanía, puede continuar delinquiendo. Por eso, citando al Nobel francés François Mauriac, hay que proclamar: «¡Qué poco cuesta construir castillos en el aire y qué cara es su destrucción!».
Como en tantos asuntos, Sánchez se mueve en círculo yendo del Aquarius a esta nueva reglamentación tras haber defendido una emigración acordada con los países de partida en sus visitas al África subsahariana coincidiendo con el arribo a mansalva de cayucos a las Islas Canarias. Algo habitual, por lo demás, en quien entiende la política como el arte de crear problemas y luego aportar falsas soluciones que le permitan proseguir viviendo de los males que agrava. A este propósito, se sirve de ciudadanos a los que les hace creer –como si fuera el papá Benetón de los emigrantes, al modo de la saga cómica española– que les sirve a ellos cuando persigue su provecho.
Siendo la inmigración una necesidad perentoria dada la baja natalidad siempre que ésta se haga de forma ordenada, cabe inquirir: ¿Por qué Sánchez dejó varada la tramitación de la Iniciativa Legal Popular consensuada con la mayoría de las Cortes en vez de tirar por la calle de en medio con este real decreto ley que horada el Estado de derecho, colapsará los servicios públicos y desencadenará un perenne «efecto llamada» que puede quebrar la cohesión social, la convivencia y la seguridad? ¿Por qué equipara a los extranjeros que eluden sus obligaciones con aquellos otros que han cumplido escrupulosamente con sus deberes desde que recalaron en España explorando las oportunidades que menguaban allí de dónde marcharon?
Si se busca el sostenimiento de las pensiones como esgrime el Gobierno, penosamente se logrará con una emigración constituida exclusivamente por mano de obra barata, mientras los jóvenes españoles mejor preparados vagabundean a otros países. Mejor optar por el modelo «sandia» frente al modelo «melocotón» secundando la útil distinción de Sergi Pardos-Prado, catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Glasgow y miembro del comité asesor de migraciones del Reino Unido. Así, éste contrapone el «melocotón» –fronteras blandas y modo de vida duro– a la «sandía» de una regulación firme y selectiva en la frontera (la corteza) combinada con la seguridad de un buen estatus dentro (la pulpa) mediante un contrato laboral o de formación que garantice, una vez dentro, la igualdad de derechos.
Empero, Sánchez desea españoles más pobres y más dependientes abonando el modelo que aúna a todos los supuestos progresistas que este fin de semana se dan cita en Barcelona en la cumbre de la ultraizquierda que orbita alrededor de la dictadura comunista china. Como Sánchez no actúa ni a tontas ni a locas, parece animarle el deseo de quitar la espoleta a una bomba de efectos retardados como la de la inmigración que pulverice el panorama político sin importarle sus efectos sobre la convivencia y el bienestar.
No en vano, engrosa esos demagogos canallas que, como refiere Aristófanes en Los caballeros, son como los pescadores de anguilas. En aguas quietas no atrapan nada, pero cuya pesca es buena si remueven el cieno; de igual forma que sólo se atiborran los bolsillos en tiempos turbulentos o se valen de momentos de excepción para arrogarse poderes ilimitados con los que arruinan a naciones a las que les encanta sentirse engañadas por estos embaucadores a los que ellas mismas engrandecen.