- Un ministro que ruge, no es un ciudadano. Es un bárbaro. En el significado literal del término. Aquel que el uso común de la lengua griega forja: el exótico o ajeno. Esto es, aquel que se muestra incapaz de hacer suya la red de convenciones verbales que truecan a una bestia en hombre
Con un despliegue de erudición y gran estilo que aún hoy nos deslumbra, Edward Gibbon dibujaba, hace dos siglos y medio, la clave universal de la decadencia. Sobre el mayor cataclismo en la historia de Occidente: el derrumbe del Imperio Romano. Y los siglos de barbarie que de él se siguieron. El hilo rojo que guía las más de tres mil páginas de esa obra magna tiene la limpieza de un axioma matemático: antes de que los bárbaros tomaran Roma, Roma era ya bárbara.
Con metódica minucia, va el investigador británico acotando esa barbarización de los usos y costumbres de la que antaño había sido patria del más competente ejército y del monumento fundacional del derecho: lo que aún hoy seguimos estudiando en nuestras universidades como, tal vez, la única continuidad institucional de la civilización europea, el derecho romano. Los bárbaros acabaron con todo, sencillamente porque Roma no era ya menos bárbara que aquellas tribus caóticas que avanzaban desde el limes. De un modo que mueve al estupor histórico más grave, los romanos apostaron por suicidarse. Por ser bárbaros. Término éste, «bárbaro», por cierto, al cual el Aristóteles de la Política daba como sinónimo de «esclavo», hecho a «soportar el mando despótico sin ninguna irritación».
He tomado de la biblioteca los ocho volúmenes de la vieja edición española de Gibbon, a modo de consuelo tras escuchar rugir a la barbarie en el Parlamento español. Óscar Puente avergüenza a cualquiera que sencillamente se respete a sí mismo como hablante: esto es, como animal que razona. E infunde un malestar horrendo a todo ciudadano que posea el patrimonio de lecturas básico para sospechar la genealogía de sus ruidos orales. Un ministro que ruge, no es un ciudadano. Es un bárbaro. En el significado literal del término. Aquel que el uso común de la lengua griega forja: el exótico o ajeno. Esto es, aquel que se muestra incapaz de hacer suya la red de convenciones verbales que truecan a una bestia en hombre.
No, no hay criterio político para dar razón del señor Puente. Moral, tampoco. No hay más criterio que el señorial dedo del dudoso doctor Pedro Sánchez. Los inquilinos de Moncloa querían un cancerbero y lo encontraron. E hicieron de él el uso que de un Can Cerbero se aguarda: sustituir la palabra por el mordisco. Hesíodo da, el primero, imagen a esa sierva figura. Y fija las coordenadas del mito. Teogonía, 311-312: «el extraordinario, inenarrable, / el brutal Cerbero, el perro del Hades de metálica voz, / de cincuenta cabezas, despiadado y cruel». También retrata sus caninas funciones de guardián de los infiernos. 770-773: «Y, con malas artes, a los que entran adula, / moviendo a un tiempo la cola y las orejas, / pero salir de nuevo ya no los deja, sino que, acechante, / devora al que coge saliendo de las puertas».
La versión monclovita de ese animal de presa es bastante menos grandiosa. Y, más que miedo, el cancerbero de Sánchez inspira honda repugnancia. Bien está que un político no sepa hablar. Es bastante común. Que ruja, empieza a ser muchísimo más desagradable. Que amenace con hacer pasto de sus dentelladas a todo aquel que intente razonar o que, sin más, publique en páginas de prensa informaciones que él juzga deben quedar para siempre ocultas, eso, exactamente eso, es la forma presente de aquella ausencia de lengua razonadora a la cual los griegos llamaron barbarie. Y, sí, ¿a qué ocultárnoslo?, antes de que los bárbaros tomaran la Moncloa, España era ya bárbara.