- ¿Hay alguien que se crea que el rector de la Complutense va a visitar a su casa a un ciudadano, que éste le pide que le cree una cátedra sin tener méritos académicos y que el rector lo haga? Por supuesto que no. Salvo que seas la mujer del presidente del Gobierno
Ya no se trata sólo del grado de corrupción indisimulada que se está comprobando en el juicio del Supremo por el caso mascarillas. O de lo que se viene sobre la familia del presidente: el mes próximo empieza el juicio contra David Sánchez. Que por cierto nunca hubiera tenido lugar si no llega a ser por la investigación realizada en El Debate por Alejandro Entrambasaguas. Porque la mayoría de los medios ignoraron las sucesivas informaciones de una enorme relevancia. Pero aquí hay una pátina de cómo entiende Sánchez el ejercicio del poder: creyéndose con derecho a abusar de él.
Porque si no, David Sánchez no hubiera estado viviendo en La Moncloa mientras era residente en Portugal para beneficiarse de su fiscalidad, ni hubiera tenido aparcada durante meses una caravana en el complejo presidencial. Esa misma pátina de abuso es la que se demostró con la cátedra de Begoña Gómez. ¿Hay alguien que se crea que el rector de la Complutense va a visitar a su casa a un ciudadano, que éste le pide que le cree una cátedra sin tener méritos académicos y que el rector lo haga? Por supuesto que no. Salvo que seas la mujer del presidente del Gobierno. Y ante ese abuso de poder, el rector magnífico se pliega. Él sabrá por qué. Yo no sé si esto va a acabar en condena o no en los tribunales. En todo caso es un abuso de poder incuestionable.
Pero estos ejemplos de corrupción son casos relativamente menores. La comisión de investigación del Senado dictaminó el miércoles que Red Eléctrica y su matriz, Redeia, el Gobierno a través del Ministerio de Transición Ecológica y la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia fueron los responsables del apagón masivo del pasado 28 de abril. El apagón que nos equiparó con el tercer mundo «no fue un accidente imprevisible, sino el desenlace de una fragilidad estructural conocida con antelación» porque el sistema llegó a aquella fecha «con márgenes insuficientes», a pesar de los avisos de inestabilidad registrados en las semanas y meses previos. Todo ello sin que las instituciones que debían supervisar el riesgo y corregirlo «actuaran con la diligencia exigible». ¿Creen que va a dimitir alguien? Apuesto a que no. La presidente de Red Eléctrica se limita a descalificar los audios de los operadores que advierten que el sistema está fallando.
Pero lo peor de todo es Adamuz. Con todo lo que le gusta a Óscar Puente las redes sociales, qué poquito ha hablado cuando hemos contado en El Debate –Entrambasaguas una vez más– que, según un informe de la Guardia Civil, el jefe de base de ADIF en Hornachuelos, encargado de ejecutar los trabajos sobre la vía tras el accidente, reconoció a los agentes que retiró material de madrugada y sin respaldo legal. ¿Qué consecuencias tendrá esto para el peritaje del accidente? Ninguna buena.
España es hoy un cenagal como nunca hemos conocido. Y esto va a peor. Y lo malo es que una deriva así acaba desencantando al ciudadano de a pie con la democracia. Y no hace falta ser muy sabio para comprender a dónde lleva eso.