Ignacio Camacho-ABC

  • La ‘prioridad nacional’ es hoy el principal riesgo de Juanma Moreno. Una zancadilla estratégica infligida desde dentro

La campaña electoral es en la práctica el tiempo que transcurre entre unas elecciones y otras, aunque sólo en los últimos quince días pueden los candidatos pedir el voto de forma explícita. Ése es el período que comenzó anoche en Andalucía con la única incógnita de si Juanma Moreno –al que sus adversarios añaden con absurdo retintín el apellido Bonilla– conseguirá mayoría absoluta o relativa y, en el plano secundario, la de si María Jesús Montero superará, mantendrá o perforará el suelo socialista, esos 30 escaños (de 109) a los que ha quedado reducida la antigua hegemonía del partido que gobernó la región durante tres décadas y media de autoridad omnímoda. Aquel latifundio de poder ha pasado a ser hoy un bastión de la derecha, que controla la autonomía, seis diputaciones y siete capitales de provincia: todo un logro del liderazgo sanchista, bajo cuya dirección se ha producido el desplome de una formidable maquinaria política capaz de imponer su dominio en diez legislaturas consecutivas.

El PP se puede permitir perder tres diputados, que en 2022 cayeron a su favor por unos cuantos cientos de sufragios. A partir del cuarto dependerá de Vox y Moreno tendrá que pasar el mal trago de negociar un Gobierno de coalición o, en el mejor de los casos, una alianza parlamentaria que le garantice acuerdos presupuestarios. Las horquillas demoscópicas presumen un escrutinio apretado; ganará con bastante holgura pero cualquier oscilación circunstancial lo puede dejar por debajo del listón que marca su investidura en solitario. Y lo que se juega en el trance no es sólo la incomodidad de depender de un socio dispuesto a marcarlo de cerca sino la vocación transversal y el talante moderado que ha convertido en rasgo principal de su mandato. Él lo llama estabilidad, pero se trata de algo más abstracto: un sello de marca, un estilo, un carácter, una impronta, un perfil, un trazo. Un capital intangible de tranquilidad y equilibrio en medio de un clima político y social extremadamente polarizado.

Consciente de su alta valoración en los sondeos, el presidente de la Junta ha diseñado una estrategia electoral centrada en un mensaje de sosiego. Votadme a mí si no queréis jaleo, viene a decir a un electorado de tradición institucionalista, mucho apego al proteccionismo y escaso aprecio por el estruendo. Hasta el momento le estaba funcionando bien pero la dirección popular ha zancadilleado sus planes con la ya famosa –y confusa– ‘prioridad nacional’ de los pactos aragonés y extremeño, que fortalece a Vox e introduce en el debate un elemento polémico. La izquierda ataca por la sanidad, un punto crítico cierto y de constatable descontento, pero con poco efecto de desgaste porque Montero fue consejera del ramo y su mala gestión le resta crédito. El verdadero riesgo para el objetivo de la mayoría viene del flanco derecho y del sabotaje autoinfligido desde dentro. Juanma pensaba concurrir a las urnas con una imagen de éxito y ahora debe enfrentarse a algo tan evanescente como un concepto.