Luis López-El Correo
- La apatía institucional,la pervivencia de grupos violentos y la ausencia de operativo policial en zonas de riesgo evidente penalizan a la ciudad
No ha quedado bien parada la imagen de Bilbao, ciudad aspirante a ser sede del Mundial de 2030, después de todo lo ocurrido alrededor de la final del Mundial de 2026. Primero fue la inapetencia institucional a la hora de afrontar la cita. Luego, durante el día del partido, la reaparición de oscuros vestigios sociales en forma de grupos violentos. Y, por último, estuvo la incapacidad policial para evitar incidentes en los espacios más potencialmente explosivos, donde era más que previsible que alguien la liase.
En la semifinal con Francia ya se percibió en la ciudad, y en Euskadi en general, un interés por la selección española más intenso y desinhibido al históricamente demostrado por la sociedad vasca. Se veían más camisetas. Los ayuntamientos de Donostia y Vitoria decidieron instalar pantallas gigantes en el espacio público para dar cauce a ese entusiasmo inédito, no se sabe si por sobrevenido o por aflorado. Incluso Pamplona, capital de una comunidad autónoma con parecidas pulsiones identitarias entre parte de la población, hizo lo propio.
Bilbao, por su parte, fue la única capital vasca que rechazó instalar pantallas. Su alcalde, Juan Mari Aburto, esgrimió como argumento que no se había hecho nunca lo de promover estos montajes y, además, aseguró que no había demanda social para ello. Sí percibió el Gobierno municipal que podría haber demanda social para celebrar el título y por eso valló la fuente de la plaza Elíptica; así se quiso evitar que fuese tomada por los aficionados como había ocurrido antes para festejar victorias del Athletic y de la propia selección española.
Lo que también hizo el Ayuntamiento de Bilbao fue autorizar al PP para que instalase una pantalla gigante en la pérgola del parque de los Patos, lo que tuvo como consecuencia indirecta favorecer la identificación de una hinchada deportiva con una opción política. Con lo que tiene eso de estigma y, de paso, de irresistible señuelo para ciertos grupos menguantes pero estridentes que siguen acudiendo a la amenaza y a la violencia como pretendida vía de imposición ideológica.
De manera paralela, tanto en Bilbao como en el resto de Euskadi el Gobierno vasco y Partido Nacionalista Vasco dejaron clara su apatía y falta de interés por la selección en la que jugaban la práctica totalidad de los futbolistas vascos que estaban en el Mundial. Algo nada inédito, es cierto, pero que para quienes no están al corriente de las complejidades locales es tan contradictorio como querer ser ciudad anfitriona de un Mundial de fútbol en el que no te identificas ni con el país anfitrión ni con la selección anfitriona.
Un borrón
Con ese panorama llegó el día de la final, el domingo. El colectivo ‘Iñigo Cabacas Herri Harmaila’ protagonizó una manifestación en la que tomaron parte alrededor de 300 personas tras la pancarta ‘Euskal Herriak Ofizialtasuna. Espainolismoari EZ’. Además de reclamar la oficialidad de la Euskal Selekzioa, varios grupos atacaron a hinchas de La Roja (desde niños hasta ancianas) con un nivel de agresividad que hacía mucho tiempo que no se veía. Varios de ellos se desplazaron hasta el parque de los Patos para tratar de sabotear la pantalla instalada por el PP y dejaron imágenes asombrosas de la portavoz popular en el Ayuntamiento de Bilbao enfrentándose físicamente con los alborotadores para evitar que destrozasen la instalación.
Semejantes dosis de violencia penalizan la imagen de Bilbao. Pero también lo hace el hecho de que el dispositivo policial no fuese capaz de evitarlas. Si bien en el conjunto de la ciudad es difícil atajar comportamientos violentos que se pueden producir en cada esquina, sí era previsible que un foco de tensión importante fuese la pantalla gigante del PP en Doña Casilda. Por eso sorprendió que los alborotadores pudiesen llegar con esa facilidad al lugar, causar algún destrozo, y fuesen los propios cargos políticos quienes tuviesen que defender el fuerte.
Todo ello emborrona la imagen de la gran ciudad vasca de cara al Mundial de 2030. Aunque también es cierto que la FIFA, a la hora de elegir sedes, suele atender a otros criterios de naturaleza más cuantitativa y menos cualitativa.