Vendrán elecciones y nos harán más ciegos

JORGE BUSTOS – EL MUNDO – 03/03/16

Jorge Bustos
Jorge Bustos

· El documental rodado en las Cortes ofreció muchas de esas hermosas escenas de supervivencia y acecho en las que el diputado hispánico se revela en toda su crudeza zoológica. Mariano Rajoy, en una virtuosa maniobra de bilocación política que le permitía ejercer de orgulloso presidente del Gobierno y de cruel líder de la oposición, disolvió al aspirante Sánchez bajo el vertido de su ironía más ácida.

Fue acaso el canto del cisne de la retórica marianista: esa combinación letal de tautología y sarcasmo que volvió a enmudecer a un Hemiciclo predispuesto a la pataleta. Cuando hubo terminado de hablar, todos dimos por hecho que los servicios sanitarios entrarían a recoger a Sánchez. Pero este hombre ha salido más correoso de lo que Susana y otros enemigos esperaban: sólo por aguantar en pie la paliza por la derecha y por la izquierda que le propinaron Rajoy e Iglesias ayer, ya merecería ser investido.

La diatriba marianista sirvió para que su bancada pudiera al fin sacudirse la vergüenza del acordonado. Aplaudieron al suyo con la rabia que sólo da la autoestima perdida y hallada en el templo del parlamentarismo, allí donde Rajoy despacha todavía algún milagro dialéctico. Sánchez se defendía recordándole su renuncia ante el Rey, pero prefirió encajar porque comprendía que su rol más airoso en ese drama le aconsejaba componer un Zurbarán con rictus de mártir de la obscena pinza.

En un ecosistema tetrapartidista no hay caza para todos, y cuando eso pasa lo más urgente es expulsar de tu territorio a los depredadores que se alimentan de la misma especie que tú. PP y Ciudadanos se nutren del votante de centroderecha, y eso explica los murmullos de rencor que recorrían la bancada pepera cada vez que Rivera tomaba la palabra. Simétricamente, el fuego que incendia la retórica bolchevique de Iglesias –este hombre lamenta tanto haber llegado tarde a la Transición que, en vez de adaptarse él al siglo XXI, trata de que todos los demás volvamos a los 60– no lo prende el PP sino el PSOE, partido traidor y aburguesado al que reserva la cal viva de sus odios más puros. Los dos grandes predadores del actual ecosistema, uno viejo y otro nuevo, uno con barba y traje y otro coletudo y en camisa, salieron ayer de cacería en nombre de una sola ley: la de la selva.

Pero en política los cazadores pueden morir matando y las víctimas pueden matar muriendo. Tiene razón Rajoy en que las últimas semanas hemos asistido a un rigodón con cambio de parejas; que Sánchez le plantó una negativa sectaria y cerril; que el socialista y el centrista han acordado un documento pero no un modo unívoco de defenderlo. Y sin embargo la baza de los perdedores sigue siendo poderosa: la demoscopia empieza a señalar que el hartazgo ciudadano premia más a los que fracasan construyendo que a los que triunfan destruyendo. Ese es un capital que Sánchez debe administrar con cuidado a partir del lunes: un crédito moderado que ganó ayer negándose ante Iglesias y los separatistas a trocear con referéndums la soberanía nacional y acatando la advertencia bruselense sobre el control del gasto. Por cierto que el «genocidio lingüístico» parido por un clown llamado Tardà ha de interpretarse como el habitual tributo que la oligofrenia rinde a la diosa parlamentaria de la soplapollez.

En mitad de uno de sus desahogos molotov, Iglesias pronosticó que Rivera sería el ganador de la jornada. Lo dijo por humillar más a Sánchez, pero en los pasillos crecía la impresión de que el centrista había defendido el programa de investidura mejor que el socialista: con la fe que sólo otorga la paternidad biológica de la criatura. Porque el candidato Sánchez en realidad ha sido un invento del progenitor Rivera. El portavoz naranja no es un gran mitinero, no es un orador cálido, sus citas churchillianas suenan a máxima de máster pijo más que a lectura masticada; pero es un político genéticamente acondicionado para la negociación, como lo era su ídolo Suárez.

Y ese va a ser el primer requisito de nuestro tiempo político. No es que diferencie como Churchill entre utilidad e importancia: es que a un partido de centro la medida de la importancia se la da justamente el pragmatismo. Siendo el líder del cuarto partido ya ha conseguido desbloquear la Mesa del Congreso y poner en marcha el calendario institucional con una investidura sólo fallida si olvidamos que son sus propuestas las que han centrado el debate. Los Oscar premiaron a La chica danesa y el Parlamento ha bailado esta semana al son de Albert Rivera, el chico danés.

Iglesias lo sabe, y envidia esa agilidad que su propio radicalismo le niega, del mismo modo que Rivera quisiera para sí la llama verbal del jefe populista. Iglesias aspira a adelantar a Sánchez o canibalizarle en una coalición de poder, pero nunca podrá arrancar de él estas palabras que el candidato musitó al final de una réplica, bajo el abucheo de costumbre: «Hay más diputados pendientes de la confrontación que del acuerdo, señor Rivera. Pero estos son los tiempos que vivimos. Muchas gracias». No sé si las dijo con sinceridad, pero definen de un melancólico trazo este momento paradójico de la política española en que cuanta más novedad se predica, más hondo se cavan las viejas trincheras.

En la lógica del ecosistema selvático, Iglesias nunca podrá cabrear a Rajoy tanto como Rivera. Que el bufón del beso en comú rapee que el PP está fundado por fascistas despierta ternura en Génova y engrasa el lucrativo juego de los antagonismos; pero que el político que le rebaña presas elección tras elección y que le sostiene en ayuntamientos y autonomías sugiera la necesidad de descabezar el marianismo como premisa de la gran coalición, eso es algo que enciende a don Mariano, que solivianta al aparato y que tienta demasiado a las bases. No fue un buen día ayer para decirlo, porque la grey se había reagrupado en torno a su renacido, pero el efecto oratorio se esfumará segundos después de que trascienda el próximo trámite procesal de la Púnica.

Vendrán otras elecciones, sí. Y nos harán más ciegos.

JORGE BUSTOS – EL MUNDO – 03/03/16