Daniel Reboredo-El Correo
Y no nos referimos a España, aunque podríamos hacerlo por su pusilanimidad y falta de decisión en la cuestión marroquí y su eterna tomadura de pelo, la que nuestros políticos parecen aceptar con la cabeza gacha y palabras huecas y vacías. La llegada masiva y provocada de miles de personas desde el pasado jueves a la ciudad de Ceuta define, una vez más, la falsedad y el chantaje que el sátrapa marroquí y su Gobierno utilizan, una vez sí y otra también, para presionar a España y dejar clarito que en las relaciones bilaterales entre ambos países ellos manejan la batuta. La presión migratoria y la apertura de fronteras como ariete son una realidad que genera emergencias humanitarias, a la par que reta y desafía continuamente a España. Acoger a los recién llegados, reforzar la capacidad de los lugares donde se produce (Ceuta y Melilla fundamentalmente), cooperación entre administraciones, etc. no es algo que vaya directo al origen del problema: las buenas palabras y las malas acciones de la monarquía alauita.
Cuando se habla de que dicha monarquía favorece y potencia la salida irregular de sus ciudadanos cuando le interesa, de que reclaman sin cesar la ‘marroquineidad’ de ambas ciudades autónomas como antes hicieron con el Sahara Occidental, de que cualquier acercamiento de España a Argelia es una afrenta para Mohamed VI, de que la supuesta solución del litigio por Gibraltar entre nuestro país y Reino Unido la identifican interesadamente con la situación de Ceuta y Melilla, de que el Sahara no se toca, y cualquier tema que caprichosamente les dé sensación de poder (véase el interés por que la final del Mundial de fútbol de 2030 se celebre en Marruecos), constatamos la mala fe en el uso de la inmigración por parte del reino alauita.
La realidad es que España se pliega, desde 1975, a cualquier ocurrencia marroquí y quizás ha llegado el momento de decirlo y actuar en consecuencia. La diplomacia por delante, pero la firmeza y la contundencia en cualquier decisión que proteja al país. Y fuera frasecitas de tazas de té y posturas demagógicas totalmente alejadas de lo que es la política real y la complejidad de las relaciones internacionales. La declaración permanente de emergencia nacional en ambas ciudades debería estar consensuada hace mucho tiempo; el despliegue, discreto, del Ejército tendría que ser también una constante y, por supuesto, una dotación de Guardia Civil y Policía Nacional acorde a la tensión en que viven ambos emplazamientos es imprescindible, todo ello acompañado de firmeza política y diplomática. Parece algo obvio, pero también lo parecía la defensa de los saharauis y ya vimos cómo fueron traicionados. Siempre aparecen las excusas; que si la normativa estatal de Protección Civil no contempla los flujos migratorios como un riesgo dentro del Sistema Nacional de Protección Civil, por lo que no cabe activar el mecanismo de emergencia nacional ni los planes especiales asociados a él; que si vamos a analizar el problema y crear alguna comisión de pacotilla; que si existen redes de tráfico de personas que están aprovechando la última regularización, algo que Marruecos alega mientras sus gendarmes observan plácidamente el paso de la masa ciudadana sin moverse; etc.
Lo único evidente, y de ahí la vergüenza de país, es que, a pesar del innegable desarrollo económico del país vecino, la pobreza y la falta de expectativas de los jóvenes marroquíes contrastan con dicho desarrollo. Las manifestaciones del pasado 27 de septiembre, las de la precariedad económica y social, las de los jóvenes sin empleo, las que anhelan más servicios públicos básicos educativos y sanitarios, las de quienes miran con rabia hacia las élites corruptas, así lo manifiesta. Y, por otra parte, no olvidemos que Mohamed VI no da puntada sin hilo y que todo lo que hace, además de para desviar el malestar interno desde 2011, es una acción más para ver la respuesta de España y actuar en consecuencia, aunque sea a futuro.