Gabriel Arrúe-El Correo
- Los radicales pretenden tutelar a los ciudadanos vascos en algo tan básico y personal como nuestro sentimiento de pertenencia
El domingo 19 de julio dejó dos imágenes en Euskadi. Una fue la victoria de la selección española, seguida y celebrada por miles y miles de vascos en plazas, calles, casas y bares de ciudades y pueblos de todo el territorio. La otra fueron las espeluznantes escenas en las que una minoría de fanáticos y radicales abertzales apalearon, persiguieron, intimidaron e insultaron a numerosos vascos seguidores de La Roja que portaban la camiseta de la selección o la bandera de España. Agresiones físicas e intimidaciones gravísimas, sacadas de otro tiempo, que jóvenes como yo mismo contemplamos en primera persona con una mezcla de desconcierto e incomprensión.
La final estuvo precedida esa misma mañana por un acto conjunto del PNV y EH Bildu en Bergara que reivindicó los fueros como fuente de soberanía (una falsedad sobradamente desmentida) y llamó a no dejarse sujetar por ningún «límite jurídico» en el camino para conseguir la nación vasca. Ese acto y la dinámica de entendimientos que cosechan últimamente las dos fuerzas traen al recuerdo el Pacto de Lizarra, firmado por los partidos nacionalistas en 1998 y que en la práctica supuso un intento de ‘apartheid’ político contra los partidos no nacionalistas. Una sensación intensificada tras el acuerdo alcanzado por PNV y Bildu hace apenas un mes en torno a la reforma de la Ley de Empleo Público para excluir a quienes no saben euskera del acceso a los puestos de la Administración.
Ahora, Bildu y PNV, de nuevo de la mano, han vuelto a enredarse en el rechazo a las agresiones sufridas por los seguidores vascos de la selección. Los primeros, negándose a condenar las agresiones y desmarcándose del acuerdo alcanzado por todas las demás fuerzas políticas en Vitoria. Los segundos, ligando inexplicablemente y en el mismo texto la condena a esos actos con la reivindicación de la oficialidad de la selección vasca, y no precisamente en este orden, como si necesitaran compensar lo uno con lo otro. Primero reivindicación, y luego condena. Como si una cosa -las agresiones- fuese una consecuencia de la otra -la falta de oficialidad-.
El nacionalismo moderado debe sumarse a los que trabajamos por una convivencia real
Tras el Lizarra político de 1998 y el Lizarra lingüístico de 2026, me pregunto si una minoría radical está tratando de empujar al nacionalismo moderado hacia una suerte de nuevo Lizarra deportivo, cuyo objetivo ya no serían los partidos políticos sino simple y llanamente los ciudadanos vascos que deciden mostrar su apoyo a la selección española, y que deben ser amedrentados para que no vuelvan a optar por sentirse españoles en público.
Un Lizarra deportivo sustentado sobre la excusa de que los comportamientos de ese domingo responden a la falta de oficialidad de la selección vasca de fútbol. Algo que no deja de ser eso, una excusa. En primer lugar, porque el caso de la pelota vasca, donde Euskadi sí cuenta con selección propia, ha demostrado ya que la oficialidad no impide que continúen el señalamiento, las amenazas y las presiones, como las que sufrieron las y los pelotaris vascos que optaron por representar a España en los torneos internacionales de esta modalidad deportiva, tachados de traidores por ello.
Y en segundo lugar, porque lo que molesta a los radicales no es que Euskadi no tenga selección, sino que haya ciudadanos vascos que apoyen y sientan los colores de España. Un ejercicio de libertad que ellos tachan de «asimilación», ignorando deliberadamente que la sociedad vasca siente y practica mayoritariamente una identidad dual y compartida -vasca y española- en la que abrazar una vertiente no implica de ninguna manera renunciar a la otra. Por eso, como vascos y españoles, tantas personas en Euskadi apoyamos a La Roja. La conclusión, en cualquier caso, es la misma: negarle a la ciudadanía vasca el derecho a sentirse lo que cada uno quiera y tutelarnos en algo tan básico y personal como nuestro sentimiento de pertenencia.
Quienes practicaron estas actitudes totalitarias contra tantos aficionados vascos no se diferencian en nada de otros ultras a los que dicen combatir
En definitiva, quienes pusieron en práctica esas actitudes totalitarias contra tantos aficionados vascos no se diferencian en nada de otros ultras a los que dicen combatir. No soportan la pluralidad de Euskadi, como otros no soportan la de España. No soportan que los vascos seamos libres y queramos ejercer esa libertad. Pero ya no hay marcha atrás. Han perdido, porque la ciudadanía vasca no está dispuesta a renunciar a una convivencia en libertad que costó tanto conseguir.
La cuestión ahora es cuánto tardarán en asimilarlo, y qué querrán llevarse por delante en ese camino. Por eso, la pelota está, nunca mejor dicho, en el tejado del nacionalismo vasco moderado. En sus manos está arrinconar democráticamente a los fanáticos y sumarse a quienes trabajamos por una convivencia real para que, en esta Euskadi nuestra, a nadie le cueste una agresión algo tan personal y libre como la adhesión a un equipo deportivo.