Editorial-El correo

  • El acuerdo entre EE UU e Irán acredita que la guerra fue un error, la reapertura de Ormuz no es inmediata y preocupa la reacción de Israel

Si algo demuestra el accidentado proceso negociador que la madrugada del domingo terminó con el triunfal anuncio de Donald Trump es que la agresión lanzada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel, sin provocación previa, fue innecesaria. El entendimiento entre Washington y Teherán, que ganará peso con la firma prevista para el viernes en Suiza, no alcanza en realidad la categoría de acuerdo, pero solo puede ser bienvenido por su primer efecto de prolongar el alto el fuego vigente desde el 8 de abril. Asunto distinto es que represente realmente el cese de las hostilidades, sobre todo en lo que atañe a Líbano.

Si además de pactar el fin provisional de la guerra lo acordado contempla la reapertura de Ormuz, el mundo comenzaría a vislumbrar una salida a la grave incertidumbre energética provocada por el conflicto. No solo por el encarecimiento de los precios del crudo, el gas o los fertilizantes, sino por la afección del fuego cruzado a instalaciones de extracción y refinerías en todo el golfo Pérsico. Antes de la ofensiva de EE UU e Israel contra territorio iraní, el vital estrecho estaba abierto a la navegación, pero pronto Teherán reparó en la baza estratégica que le proporcionaban sus adversarios. Si ahora se levanta la prohibición –y también el posterior bloqueo estadounidense– la vuelta a la normalidad no será sencilla, se necesitarán garantías de un tráfico seguro, y tampoco inmediata.

En la nueva situación continúa la batalla por el relato. Es un esfuerzo baldío pretender que Trump reconozca su error en seguir a Israel al enfrentamiento militar, en el que no logró los objetivos que llegó a enunciar. El programa nuclear iraní, sus misiles balísticos o el apoyo al ‘eje de resistencia’ dependen de 60 días de negociación en los que deberá profesionalizar su diplomacia. Los ataques tampoco derribaron al régimen de Teherán, solo lo militarizaron y radicalizaron. Y la población civil sigue padeciendo la represión y una economía aún más deteriorada.

Tampoco Israel puede felicitarse por haber sumado a su estado de guerra permanente la desestabilización de Líbano, empeñado ahora Benjamin Netanyahu en impedir que su vecino del norte se beneficie de esta frágil paz. El primer ministro hebreo se ha situado en un lugar incómodo a meses de unas elecciones. Los reproches de Trump lo desnudan ante sus socios ultras. Y esta vuelta al punto de partida descoloca a su país frente a las naciones de Oriente Medio que apuestan por el entendimiento.