Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- El votante sectario socialista tiene más miedo a la derecha que a nada en esta vida
Hegel tuvo la genialidad de llamar “almas bellas” a cierta categoría de gentes, normalmente académica o mediática, que se juzga demasiado elevada para rebajarse a trabajar con gente vulgar en la tarea incesante de conseguir un mundo mejor, o al menos razonablemente soportable (ellos, en particular, no ayudan a conseguirlo).
Las almas bellas prefieren disfrutar su presunta superioridad moral e intelectual. Rechazan la acción política, porque se mete en el barro, y sospechan de quien haga cosas, porque hacer les parece sospechoso. La plebe sólo les interesa, y mucho, para conseguir los aplausos y admiración de la que viven. Por lo demás, la desprecian y temen profundamente. Y por eso se las apañan para llevarse bien con el poder que critican.
En mi antigua facultad había muchas almas bellas de ese estilo, cosa inevitable tratándose de filosofía. Un catedrático con miedo al ascenso de la brutalidad terrorista se protegía de toda crítica diciendo “¡y lo peor es que no tienen educación!”. Era el héroe de todos los derrotistas ministeriales. Se las arregló para reducir toda oposición al terror a comentarios irónicos en círculos escogidos (“¡es que ni siquiera leen!”, denunciaba), y consiguió jubilarse sin sufrir el menor percance. A mí me saludaba con distante ironía.
El capitalismo de amiguetes
Las almas bellas desconfían de la acción política incluso si la situación es desesperada -como la nuestra bajo Sánchez, en efecto-, porque sospechan de todo cambio que altere el reparto del juego. Ya están acostumbrados al que hay ahora y, al fin y al cabo, tampoco les va tan mal con la oposición irónica y el centrismo moderado a lo Don Tancredo. Coincide con los intereses del capitalismo de amiguetes, que odia la competencia, y tiene un público numeroso que agradece los efectos analgésicos de la tibieza calmante.
Por alguna razón interesante pero que desconozco, hay más almas bellas en la derecha moderada mediática que en el mundo de la izquierda, más proclive al activismo (aunque sea fingido). La izquierda es feliz con tipos capaces de firmar un manifiesto como aquel infame “No al golpismo judicial y mediático”, mientras que la mitad de la derecha mediática se desmaya sólo de pensar en algo la mitad de directo y claro contra la corrupción del sistema, pese a que tendría la ventaja de ser verdad.
Algunos ya están escribiendo columnas más preocupadas por la horrorosa perspectiva de un gobierno de coalición entre Partido Popular y Vox, algo feísimo para toda alma bella, que por la dificultad de echar primero a Sánchez y luego reconstruir una democracia en ruinas. Prefieren las ruinas conocidas al trabajo de edificar algo nuevo desconocido. Las almas bellas que denunciaba Hegel también eran plumíferos románticos, muy dados a disfrutar suspirando de los castillos ruinosos a la luz de la luna.
Más vale mal conocido…
La opinión inmovilista y retrógrada, que suele cubrir su vacuidad con citas de autoridad o evocando los buenos tiempos del pasado (¡ay, la Transición, que se fue para no volver!), tiene buena prensa en el mundo de la llamada derecha sociológica. Mucho mejor que la información realista con lenguaje claro. Supongo que es la preferencia efecto de un rasgo psicológico común en la gente de orden: el pesimismo frente al cambio y la desconfianza en la innovación, la verdadera brecha mental entre liberales y conservadores. Si un político es nuevo, malo por desconocido; si habla claro es peligroso, mejor que sea ambiguo. Y así todo.
La mentalidad conservadora teme, en el fondo, que todo cambio será a peor, y en el mejor de los casos será peligroso. El refranero español tiene muchas expresiones en esa línea: “Más vale mal conocido que bien por conocer” es la que resume todas. Por tanto, cualquier creador de opinión que cultive la desconfianza en el cambio de las reglas y en la acción política para lograrlo, tiene asegurada buena acogida entre quienes confunden prudencia con pasividad, y periodismo de calidad con el arte menor de propinar sonrientes pellizcos de monja a los poderosos (¡ay, esas entrevistas tan alabadas de ciertas estrellas de la radio!)
Es algo que los estrategas de izquierda conocen muy bien y cultivan a fondo, el sesgo doble que se complementa y suma contra la oposición: el votante sectario socialista tiene más miedo a la derecha que a nada en esta vida, y el mucha derecha tiene más miedo a arriesgar cambios que a seguir como está (¡Virgencita, Virgencita!, etcétera). Como juntar en animada tertulia a Iván Redondo con Pedro Jota (o cualquier epígono). Si consiguen activar ambos miedos a la vez habrá otro “verano azul” en noviembre de 2026. Y para eso cuentan con la colaboración, incluso inconsciente, de las almas bellas del centro moderado, generosas en llamar a Vox “extrema derecha”, “estudiantes” a los saqueadores y “movimiento social” a los okupas guarros de Sol.
Pagados por el Ibex
¡Oh, qué bonita sería la alternativa política si gentes como ellos tutelara al nuevo Gobierno, y si la política se limitara a brillantes discursos de las parlamentarias más briosas, a presentar libros de actualidad de colegas que devolverán el favor, a copitas y croquetas deconstruidas en locales de riguroso derecho de admisión, a reducir el pensamiento a seminarios y cursos de verano en grata compañía de amigos prudentes, pagados por el Ibex!
Nadie cultiva la evasión de la realidad y la explotación del sueño reparador como las almas bellas y su cortejo de gente guapa, o que se tiene por tal. Ahora ese ecosistema también coloniza internet, especialmente en canales de YouTube donde influencers de alma bella y cuidada imagen casual predican a los asustados contra el deseo de cambios que puedan afectarles. Es como sentarse el tresillo de la sala familiar o en la tertulia del bar amigo, pero con tecnología punta y sin derecho de réplica.
La verdad es muy diferente. Las elecciones generales del 29 de noviembre pueden ser la última oportunidad de expulsar con las urnas al Gobierno más corrupto y peligroso para España desde 1978. ¿Alguien cree que habría una segunda oportunidad si, contra todo pronóstico, consiguieran remontar y volviera alguna variedad del Frankenstein? Y eso es lo que pasaría si la oposición hiciera el tipo de campaña que plañen las almas bellas, y si Feijóo considerara, como ellos, que el peligro se llama Abascal y no Sánchez. Es votar para botarlos, todo lo demás son ahora juegos florales.