TEODORO LEÓN GROSS-EL PAÍS

  • Más allá del márketing de la operación, el pacto PSOE-PP es un brindis a la nostalgia de los grandes consensos de Estado, pero enojoso para los actores secundarios del multipartidismo
Tras desatascar algunas instituciones bloqueadas durante años, es lógico que algunos titulares incurran, sin llegar a los clarines, en un cierto tachintachán. El voceado pacto Gobierno-PP es un pacto PSOE-PP, excitante para la melancolía del bipartidismo. El PSOE, eso sí, se ha parapetado en la marca Gobierno para no irritar a su socio —toda una paradoja, tratándose de un pacto de naturaleza parlamentaria— y la propia Ione Belarra ha corrido a reclamar la maternidad compartida antes de quedar en un offside incómodo. Más allá del márketing de la operación, este pacto es un brindis a la nostalgia de los grandes consensos de Estado pero enojoso para los actores secundarios del multipartidismo. ¡Se reparten el Estado!, clama Edmundo Bal poniendo el grito en el cielo con el argumento del intercambio de cromos. También Vox reaccionaba al acuerdo Casado-Sánchez: “Revela lo que llevamos tiempo diciendo: el PP comparte la agenda progre y está más cerca del PSOE que de sus propios votantes”. Este es, parafraseando aquella historia de la Guerra Civil, un pacto que no va a gustar a nadie… salvo a algunos millones de españoles no tanto hastiados de que no se renovaran esas instituciones como de la ausencia de consensos.

Claro que confiar en que este pacto de PSOE y PP anticipe el fin del ciclo noesnoísta, formulado por Sánchez en 2016 pero cuajado a fuego lento desde el aznarismo, requiere un candor imposible. A Casado, con viento demoscópico de cola, le convenía un gesto conciliador porque, como advertía el politólogo turinés Gianfranco Pasquino en La oposición, esta no puede limitarse a la intransigencia y la barricada crítica. Y además a Casado le interesaba renovar a magistrados del TC poco casadistas como Rivas y Ollero. Para el PSOE, en víspera de su congreso, también era un modo de salir del escenario de bloqueo desde la foto fija con ERC y Bildu. El acuerdo, en fin, no da para creer ni remotamente en una grossen koalition a la alemana, pero quizá tenga algún efecto balsámico en quienes añoran el bipartidismo desde el hartazgo del bibloquismo polarizado.