Marcial Martelo de la Maza-El Español

  • El autor compara algunas de las primeras manifestaciones del líder del PP, Pablo Casado, con otras recientes para criticar un giro que, en su opinión, le acerca a la etapa de Rajoy. 

Como en la vida, también en política pocos juegos hay tan cruelmente esclarecedores como el del “antes y ahora”. Difícil sobrevivir a él. Salvo, naturalmente, que el sentido de la vergüenza que a uno le adorne sea el habitual de un microondas. Pero si éste no es el caso, si no se es un zangolotino y alegre trasunto de Pablo Iglesias o Pedro Sánchez, tan felizmente mimetizados a tal efecto con el mundo electrodoméstico, el resultado del juego puede resultar devastador. Sobre todo si se pretende cultivar una imagen de partido coherente y creíble o, como diría Pablo Casado, la imagen adulta de un partido de Estado, fiel cumplidor de las “cinco ces”: “credibilidad, confianza, coherencia, certidumbre y centralidad”.

Desgraciadamente para este país de ciudadanos desamparados y presidente bronceado, tampoco el PP sale bien parado de este juego.

Antes, decía esto el Casado exultante ganador de las primarias del PP, cuando aún creía en sí mismo, en su partido y en España.

“Que no nos hablen como si fuéramos nosotros los que enfrentáramos o reprimiéramos. Es exactamente al contrario. Lo que pedimos y lo que haremos posible es más libertad para todos, especialmente para esa mayoría de Cataluña que ahora vive amenazada. Una vez más, nos llaman crispadores. Es un clásico, como muy bien sabéis. Cuando no estamos de acuerdo, crispamos” (18 de febrero de 2019, en el discurso pronunciado ante la Junta Directiva Nacional del PP, dos meses antes de la primera de sus dos derrotas electorales).

O sea, que desde el aviso de que ya es cosa del pasado el miedo a la caricatura socialista del dóberman y demás malas artes similares, Pablo Casado reivindicaba con firmeza una defensa radical de su ideario, sin complejos.

Ahora, dice esto el Casado líder de la oposición impaciente por dejar de serlo (opositor, no líder) que, tras dos derrotas electorales, ya ha perdido la fe en sí mismo, en su partido y en España:

“A nosotros nadie nos tiene que llevar a la moderación porque siempre hemos estado en ella… el camino es ensanchar [el partido] hacia el centro” (15 de julio de 2020, ante el Comité Ejecutivo Nacional del PP, tras la victoria de Feijóo).

Es decir, antes, firmeza desacomplejada; hoy, “moderación”.

Pero moderarse, ¿hacia dónde? ¿Cómo? ¿Para quedarse en qué? De esto, no se tienen noticias. En todo caso, una moderación, la de Casado, que suena fatalmente a automática equidistancia entre los extremos, de modo que la ideología del PP habría devenido en cambiante fiel de la balanza que va ajustando su posición en función de los dos pesos que tiene a los lados, Podemos y Vox.

¿Dónde queda entonces la orgullosa llamada del Pablo Casado pre-debacles electorales (tan poco pendiente de lo que hicieran o dijeran los demás) a la defensa de una nación de hombres y mujeres libres e iguales, que creen en la ley como única garantía posible de su dignidad, y que proclaman orgullosos su condición de ciudadanos frente a cualquier totalitarismo que pretenda disolverlos en una tribu, ya sea racial o ideológica?

Ahora, mimetismo con los consumidores/electores (o lo que modernamente se ha dado en llamar “transversalidad”)

Antes: “Este contrato con España es la base de nuestro proyecto político y de nuestra propuesta a los españoles, y por eso os propongo que lo primero que hagamos todos sea salir a la calle a entregárselo (…) a los españoles. ¿No nos dice siempre la gente que quiere ver al PP defendiendo sus principios? Vamos con ellos en la mano” (18 de febrero de 2019, en el mismo discurso).

O sea, Pablo Casado haciendo suyo el ABC elemental de quien ve la política como un instrumento para hacer realidad su proyecto de país y no como un mercado. Defendiendo que un partido es una oferta dirigida a los ciudadanos, en el convencimiento de que lo ofrecido mejorará sus vidas, y no una lista de la compra a rellenar por los propios electores, en el único afán de alcanzar el poder por el poder, sin más meta que gestionar la inercia.

Ahora: “Un partido no puede pretender que una sociedad se parezca a él por mucha razón que tenga. Lo que debe hacer es parecerse lo más posible a la sociedad” (20 de agosto de 2020, en el discurso pronunciado ante la Junta Directiva Nacional del PP, tras el cese de Cayetana Álvarez de Toledo). O, como dijo el 5 de septiembre de 2020, elogiando la “buena gestión” de Feijóo con ocasión de su cuarta toma de posesión como sucesor de Fraga, “el proyecto que ha presentado [Feijóo] es un proyecto abierto, transversal y útil para los ciudadanos”.

Es decir, antes: convicciones, personalidad propia e identidad ideológica; ahora: prospecciones sociológicas y mimetismo con los consumidores/electores (o lo que modernamente se ha dado en llamar “transversalidad”).

Son las banderas de siempre. Las de ese rancio casino de provincias que era el PP de Rajoy

Antes: “Un PP que no se esconde, que no disimula, que da todas las batallas, empezando por las batallas ideológicas, porque si dejamos que la izquierda imponga su agenda no solo nunca ganaremos, sino que tendremos menos libertad, hasta perderla del todo” (una vez más, Pablo Casado en el famoso discurso de la virginidad).

O sea, Pablo Casado reivindicando la pedagogía política como una tarea irrenunciable. Defendiendo que hay que explicarse a los ciudadanos. Que hay que esforzarse por desmontar el discurso totalitario de populistas e independentistas, dando la batalla, por ejemplo -y como también dirá en muchas ocasiones-, tanto contra el intento de los primeros de patrimonializar el movimiento feminista, travistiéndolo en un escaparate sectario de las obsesiones más recurrentes de la izquierda radical, absolutamente ajenas a la lucha por la igualdad; como contra el discurso fanatizado y supremacista de los segundos.

Ahora: “Actuar con agresividad marcando el perfil hasta convertirlo en arista es un error. Ni de perfil ni con aristas” (20 de agosto de 2020, en el mismo discurso post-Cayetana).

Es decir, antes, la batalla por las ideas; ahora, el camuflaje en la trinchera, a la espera de una victoria no ganada por la adhesión convencida de los ciudadanos a su proyecto, sino por su miedo y huida frente a la desastrosa gestión económica de los contrarios.

Éstas son las tres nuevas banderas del PP: cálculo, marxismo (por Groucho, no Karl) y deserción.

¿Nuevas? En realidad, no. Son las banderas de siempre. Las de ese rancio casino de provincias que era el PP de Rajoy que, lejos de morir a ritmo de trote dominguero, vuelve a resurgir a lomos de caras jóvenes, sonrisas de cine y falsas declaraciones de “he entendido el mensaje”, ya nacidas muertas.

Vuelve el PP de siempre, si es que alguna vez llegó a irse del todo.

*** Marcial Martelo de la Maza es abogado y doctor en Derecho.