JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA-El CORREO

  • Cuanto más arrecia y distrae la vorágine de la actualidad, más preciso se hace recordar la amenaza que se cierne sobre nuestro planeta y la entera humanidad
Con lo que nos costó ponernos en pie y transformar los gruñidos en palabras. Con el esfuerzo que debimos hacer para domeñar la naturaleza y extraerle sus frutos. Tras el largo camino que recorrimos de Atapuerca a Nueva York, de Altamira a la Capilla Sixtina, de la Venus de Willendorf a la de Botticelli, del poema de Gilgamesh a La Divina Comedia, del tam-tam a la sinfonía, del ábaco a la computadora, de la tribu, en fin, a la ciudad y de la barbarie a esta precaria y amenazada civilidad. Todo lo creíamos posible. Hasta los errores y desmanes cometidos los dábamos por corregidos y enmendados. El progreso era imparable e infinito. No había obstáculo que pudiera detenernos.

Confiados estábamos. Tanto era así que, pese a estar avisados de los riesgos que corríamos, la última advertencia que acaba de hacernos el ICCP de la ONU sobre el delicado estado en que se halla el planeta y la amenaza que se cierne sobre la humanidad nos ha cogido de nuevas y aterrado por su contundencia y claridad. No estaban, por lo visto, del todo reparados los desmanes ni enmendados los errores, sino que acechaban, silenciosos, a la espera de que la naturaleza ejecutara su venganza por la desconsideración que, de nuestra parte, ha soportado. El desdén para quien ha sido nuestro maternal cobijo y generoso sustento recibe ahora el castigo merecido. La sufrida madre ha llegado al límite de la paciencia y amenaza, como un nuevo Sansón, con dejar que se derrumben sobre sus hijos los escombros de una catástrofe por ellos mismos causada. El orgullo y la arrogancia (la hybris) han encontrado la némesis que persigue y no perdona. Hemos echado a perder todos los logros del pasado y enlodado el manantial en que abrevaba nuestra subsistencia.

«Todo lo creíamos posible. El progreso era imparable. No había obstáculo que pudiera detenernos»

La amenaza es real y aterradora. No cabe tomarla a broma en la vana creencia, alimentada por un exitoso pasado, de que también de ésta saldremos victoriosos. Envía, en efecto, inquietantes signos de irreversibilidad y exigirá ingentes esfuerzos y dolorosos sacrificios para conjurarla. Convendría, para decidirnos a hacerlo, que imagináramos por un momento un futuro de amenaza cumplida, tomándolo como realidad y no mera distopía. Y, por difícil que sea imaginar lo que aún no existe, sólo pensarnos a nosotros mismos, tan seguros de la inmortalidad de nuestra especie, extintos al modo en que, según dicen, se extinguieron los dinosaurios por el fatal choque de un meteorito resulta estremecedor. Efímero habría sido nuestro paso por la Historia, sepultados, con todos nuestros logros, bajo un polvo que delatará sus secretos como delatan los suyos esos tells que guardan ocultas en su seno las ciudades derruidas de extintas civilizaciones. Un fugaz instante habríamos sido que nadie podrá ya recordar ni contar, constancia, por tanto, inútil, a falta de quien la registre, de nuestro fútil paso por el devenir del Universo.

Y viniendo a éste, el Universo, qué será de él sin nosotros, sin nadie que lo mire y admire, que ponga nombre y recuente cada noche a sus astros, como el hombre ha hecho desde que se puso en pie y alzó los ojos al cielo. Para quién, en tal ausencia, ese formidable despliegue -dispendio ya- de armoniosos circuitos orbitales, de guiños estelares, de eclipses y fases bien reglados, de mensajes que ya a nadie se dirigen y nadie recibe ni interpreta. «El todo no está en ningún lugar», dijo Aristóteles -to de pan ou pou-, y ahora, sin alguien siquiera que crea poder situarlo con su mirada, quedará condenado a vagar -frío, triste y solitario- sin destino ni sentido. O ¿es que no había sido el Universo creado para el hombre, de acuerdo con esa visión antropocéntrica de la que, sea cual fuere su creencia, nunca nadie ha podido desprenderse? Se apagará, como el planeta, falto de quien de él pueda dar cuenta. Sin ruido ni escándalo. Al fin y al cabo, aún cuelga la eterna e inquietante pregunta de por qué hay «algo» y no «nada», si es que la nada puede siquiera pensarse en absoluto. Sólo cabe esperar que surja de su actual silencio alguien que llene nuestro vacío con mayor acierto y fortuna. ¡Tanta grandeza no puede estar al albur de tan grande estupidez como la humana!

Que por nosotros no sea. Pese a estar advertidos, el aterrador informe del IPCC de la ONU nos ha cogido por sorpresa. Y, tras la primera conmoción, la vorágine de la actualidad -Afganistán, Ceuta, Haití- lo ha condenado al olvido. Dos días duró. Ojalá la próxima alarma, que pronto llegará, no vuelva a pillarnos de nuevas. Sería ya tarde. La amenaza se habría hecho irreversible y la desidia humana, demostrado incorregible. Merecido lo tendríamos.