Gorka Maneiro-Vozpópuli
- Saben que Sánchez es lo peor para España pero siguen teniendo la sangre roja y el corazón a la izquierda
Tras la podemización del PSOE y la ausencia de un partido de centro que pusiera en un brete al PP e hiciera dudar a sus históricos votantes, quien ha votado históricamente a la derecha no tendrá ninguna duda porque no hay competencia más allá de la que se hacen entre sí las derechas; así, el próximo 29 de noviembre votará al PP o a Vox, su escisión por la derecha que, además, últimamente, recoge votos de las clases populares víctimas de las políticas de la izquierda o de la ausencia de ellas.
La cuestión o, al menos, lo que yo me cuestiono, es a quién votarán no sólo quienes han votado históricamente al PSOE y hoy aborrecen a Sánchez, que también, sino quienes, por las razones que sean, incluso sin haber votado a Sánchez nunca, siguen sintiendo su corazoncito de izquierdas y pensando que votar al PP les supondría una incomodidad inasumible y hasta una traición a sus ideas más enraizadas, razón por la cual han optado durante los últimos años por quedarse en casa, votar en blanco o apoyar a opciones minoritarias sin posibilidad de obtener representación porque no votar les parecía una opción inaceptable; al fin y al cabo, son quienes, en última instancia, aunque en el fondo quieren que gobierne el PP para pasar página y acabar con esta etapa negra, prefieren mantenerse impolutos y puros antes que mancharse insertando en la urna una papeleta de aquellos a quienes no votarían nunca, aunque puede que sea la única opción para que Sánchez pase definitivamente a la historia. No me refiero sólo a quienes son del PSOE por puro sectarismo y han dejado de serlo porque la realidad los ha despertado de un sopapo sino también a quienes, siendo de izquierdas, saben que Sánchez es lo peor para España pero siguen teniendo la sangre roja y el corazón a la izquierda, por lo que siguen teniendo remilgos para votar a Feijóo, que además pactará con Vox, lo que dificulta aún más el trance. Son aquellos que no están dispuestos a mancharse y votar a la derecha pero espera que sean otros menos puros quienes lo hagan. Que tire la primera piedra quien esté libre de culpa.
Corrupción y despilfarro
Son quienes defienden la unidad de España por puro convencimiento sentimental pero sobre todo práctico: sin Estado no hay ciudadanía compartida ni Estado del Bienestar que asegure unas condiciones de vida y unos servicios públicos mínimos sobre todo a quienes no han nacido con un pan debajo del brazo; son quienes consideran reaccionario que no se pueda estudiar en español en cualquier parte de España porque es de sentido común y porque además semejante despropósito perjudica más a quienes tienen menos o son más vulnerables, como inmigrantes recién llegados o familias con pocos recursos; son quienes exigen que el Estado invierta en Sanidad y Educación públicas unas cuantías que vayan acercándose a los umbrales de los países más avanzados de nuestro entorno, para lo cual es indispensable no pactar con quienes quieren romper España; son quienes exigen que el Estado no despilfarre en publicidad y propaganda ni organismos públicos innecesarios pero piden que exista un sistema fiscal lo suficientemente robusto que sostenga y mantenga un Estado del Bienestar digno de tal nombre, para lo cual los impuestos, que deben ser progresivos, son indispensables; son quienes aborrecen la corrupción política, el enchufismo de partido, las adjudicaciones a dedo, los asesores innecesarios que viven de la sopa boba y hasta las juventudes de los partidos políticos que maleducan en el odio al adversario y, sin embargo, a pesar de todo, siguen pensando que la política es una de las actividades más dignas a las que puede dedicarse un ciudadano; son quienes defienden el emprendimiento, la igualdad por arriba, el libre albedrío, las libertades individuales y la meritocracia pero que la ausencia de Estado y el individualismo salvaje empujan a un sálvese quien pueda tan perjudicial como el asistencialismo más paternalista; son quienes saben que en el mercado de la vivienda prevalece la ley de la oferta y la demanda y que, por lo tanto, nada se solucionará sin construir más pisos por parte de los gobiernos y por parte de la iniciativa privada pero que, además, el Estado puede legislar para tratar de poner ciertos límites al deseo de enriquecimiento infinito y a los desahucios injustos, sin por ello traspasar la responsabilidad a los propietarios; son quienes han comprobado que los sindicatos se han convertido en la correa de transmisión del gobierno pero que es necesario defender los derechos laborales y luchar por que los empleos que los trabajadores cobran sean dignos; son, en fin, quienes no quieren retrocesos en lo referente al aborto, a la igualdad entre hombres y mujeres, a la lucha contra el cambio climático y a la lucha contra la violencia machista, a pesar de que saben que la izquierda oficial habla mucho más de lo que hace y que en ella no es precisamente oro todo lo que reluce.
Son, como digo, esa gente que sigue teniendo la sangre roja y el corazoncito a la izquierda, con todas las incoherencias que uno se imagine, pero sin que tales ideas la hagan creer que sus creencias son absolutas y sus adversarios, enemigos a desterrar de la faz de la tierra.
Una izquierda autoritaria
Quizás, sin tener que renunciar a nada de lo que siguen siendo sus ideas y sus principios, hagan memoria de los hechos acaecidos durante ocho años de sanchismo y caigan en la cuenta de que estas no son unas elecciones más de esas que se celebran cada cuatro años sino que pueden suponer, según quién gane, el avance del autoritarismo hacia el que Sánchez ya ha comenzado a dar pasos o el mantenimiento de la Constitución Española y de la democracia frente a quienes quieren cargársela. Quizás lleguen a la conclusión de que es un momento clave de nuestra historia y que, antes de que tengan después que arrepentirse, no votarán a aquello que les gustaría porque todavía no existe pero deben votar antes de que sea demasiado tarde para que aquello que desean pueda existir más tarde; porque es preferible una derecha democrática que una izquierda autócrata o autoritaria. Y porque además votar no es entregar un cheque en blanco y porque en cuanto se forme el nuevo gobierno uno podrá seguir siendo crítico con los que mandan. Quizás caigan en la cuenta de que no es momento para quedarse en casa y, si lo piensan, no votar ahora sería traicionarse a sí mismos. Porque nos jugamos la democracia.