Miquel Escudero-Catalunya Press

Antes de hablar para criticar cualquier cosa deberíamos asumir la realidad (‘aquello que encuentro tal como lo encuentro’, la definió Julián Marías). No se trata de dar todo por bueno, de forma sistemática, ni de renunciar al sentido crítico. En absoluto. Se trata, en primer lugar, de enterarse de lo que se ve (lo que no es siempre fácil), luego pensar con ecuanimidad y tolerancia, y, si ha lugar, expresar una opinión; no siempre es oportuna ni conveniente.

Entre 1900 y 1962 vivió un hombre que abandonó el mundo de los negocios, se hizo periodista y fue un inquieto aventurero. Recorrió, entre otros países, Tahití, Nueva Caledonia, China, Vietnam y el Ártico canadiense, por donde anduvo entre 1938 y 1939. Este hombre era vizconde, se llamaba Jean-Pierre Gontran de Montaigne (descendía de Michel de Montaigne, célebre autor de los Ensayos) y era conocido simplemente como Gontran de Poncins. Escribió un libro estimable sobre su vida entre los inuit: Kabluna (Capitán Swing).

Nos situamos en el mundo de los esquimales y de los iglús. Gontran convivió con los inuit durante quince meses, en los que recorrió miles de kilómetros; en especial, por la enorme Isla del Rey Guillermo, que corresponde a Nunavut, territorio autónomo del Canadá (en el Ártico; con dos millones de kilómetros cuadrados y, hoy día, unos 32.000 habitantes). Entremos un momento en etimologías: ‘inuit’ es el plural de ‘inuk’, que significa ‘hombre’ en aquella lengua vernácula; así se denominan a sí mismos. Y ‘kabluna’ son los forasteros, especialmente los blancos, con una mentalidad diferente a la suya y que les desconcierta. ¿Qué opinaba de ellos nuestro aventurero escritor? Quizá mejor: ¿cómo se veía a sí mismo desde aquel nuevo paisaje?

Al cabo de pocas semanas, Gontran de Poncins se interpretaba como un ser civilizado que «¡había vuelto a la Edad de Piedra! O mejor aún, ¡a la Edad de Hielo!»; pensemos que tuvo que experimentar temperaturas en torno a 50º bajo cero. Y se preguntaba si estaba «ante un país donde la vida ha llegado a su fin o bien aún no ha comenzado». Llega a hablar de momentos vividos en que el tiempo ya no existía y donde «no había diferencia alguna entre un minuto y un siglo».

¿Y los habitantes, los inuit? Él opina que le separa de ellos veinte mil años o más. Es una experiencia nueva para él que le deja perplejo: a diferencia de tahitanos, indios de san Blas, caníbales de las Nuevas Hébridas, chinos o hindúes, en cuyas miradas veía destellos y chispas que ‘le demostraban que eran hombres’, en los inuit no ve las cosas claras y dice que no emiten nada.

Sin embargo, no se cierra en el etnocentrismo. Ve complicado, dice, llegar a entenderlos mediante un intercambio de ideas, dado que no razonan como nosotros: sus procesos mentales no son los mismos, no los ve capaces de comparar ni generalizar y señala que «les cuesta mucho dar explicaciones al blanco». Los encuentra ensimismados, rudimentarios pero complejos y fascinantes. Con ideas muy rígidas y escasa imaginación en un mundo sin dimensiones y sin color. «No sé si el inuk engaña al blanco o éste se engaña a sí mismo, pero en cuanto uno comienza a negociar, aquel despliega una tranquilidad orgullosa y una seguridad magnífica».

Hay un detalle que embelesa a Gontran y es que tienen la curiosa habilidad de parecer un centenar cuando apenas se juntan veinte. De nuevo aparecen juntos el asombro, el respeto, la admiración y el encuentro de semejanzas: «Los niños inuit poseen una vitalidad prodigiosa, jamás muestran el menor signo de fatiga y, al igual que la prole de los arrabales, sólo se acuestan a la hora de los adultos». De uno de ellos, en particular, dirá que le recuerda a un mendigo de Murillo (¿cuántos jóvenes españoles tienen hoy referencias artísticas parecidas?).

Pasado un cierto tiempo, el noble aventurero incrementa su aprecio hacia aquella insólita realidad que le rodea: valora la ‘condensación’ que presenta la lengua de los inuit. Y afirma que cuanto más convive con esas gentes, «más siento que me transformo y adapto a su modo de vida». Una lenta y paulatina evolución que le llevará a decir de forma categórica: «Ya no soy del todo blanco». La asunción de las identidades solapadas.

Un último apunte. Al acabar su estancia, Gontran de Poncins se despide del padre Henry, un cura sin residuos de orgullo que vive otra vida y combate con otras armas:

«En el momento de la partida, me toma de las manos y me dice: -Su visita me ha hecho mucho bien. Creo que su paso por aquí me convertirá en mejor persona.

Aunque he viajado por todo el mundo a lo largo de mi vida, es una de las cosas más bellas que nadie me ha dicho nunca».