IGNACIO MARCO-GARDOQUI-EL CORREO

Al final, tras meses de ofrecer en la cartelera pública un espectáculo esperpéntico, Pedro Sánchez tiene lo que siempre quiso: unas nuevas elecciones. ¿Es el único culpable de que se nos convoque a las urnas por cuarta vez en cuatro años? No, qué va, este fracaso es tan lamentable como colectivo. Pero él se hartó de proclamar una verdad: había ganado las elecciones, aunque nunca aceptó las consecuencias de otra verdad: lo hizo con escaños insuficientes para gobernar. Así que debía sumar votos a su candidatura. Y aquí ha fracasado con estrépito, entre otras razones porque ni siquiera lo ha intentado con seriedad.

Primero optó por Podemos como socio preferente, pero aprovechó el tremendo error de cálculo inicial de Pablo Iglesias y se dedicó -más que con crueldad, con auténtica saña-, a negar una y otra vez lo que le ofrecía un Iglesias entregado hasta la humillación. Luego pidió, con la boca pequeña y el bolsillo cerrado, la abstención de Cs y PP. A última hora, Albert Rivera se bajó de su torre de marfil y le ofreció una posibilidad de acuerdo que fue rechazada en un segundo por Sánchez y criticada por la mayoría de los analistas. A mí sin embargo que pareció una buena base de partida para una negociación que evitase in extremis el desastre. Pero no se quiso ni sentar a discutir y aseguró que ya cumplía lo solicitado, algo que es más que una falacia, aunque quizás menos que una mentira absoluta.

Total que los electos no se han ganado el sueldo que les pagamos y nos obligarán otra vez a acudir a las urnas pidiéndonos que los volvamos a elegir. Y, lo que es mucho peor, a soportar antes una nueva campaña electoral que Sánchez se encargó de iniciar ayer mismo en su comparecencia antes los medios. Les prometo que la seguiré ausente, con los ojos cerrados y los oídos taponados. Ellos se merecen más padecer nuestro desinterés que nosotros sufrir sus egos desmesurados, sus inabarcables demagogias y sus incontables trucos baratos.

Es muy posible que usted, como yo, pensara que habíamos elegido a nuestros representantes para que se ocuparan de arreglar nuestros problemas y no para crearnos otros nuevos. Repasemos cuales son éstos, en el terreno económico: El Banco de España ha rebajado el aumento del PIB para el primer trimestre al 0,5%, con lo que el objetivo del año se convierte en inalcanzable. El aumento del salario mínimo, sumado al de las cotizaciones sociales, han producido la mayor subida de salarios de toda la década, aunque nadie hable de la evolución mortecina de la productividad. Las pensiones agrandan su déficit hasta convertirlo en, poco menos que, incontrolable. El déficit del Estado está cercano a 1,2 billones de euros, es decir, cercano también a 98% del PIB.

Vale, pues ahora repasemos cuál es el programa que nos ofrecen para atacar tan graves problemas, en medio de un panorama internacional plagado de incertidumbres y amenazas. Pues nada, más gasto en Educación; más gasto en Sanidad; mejora de las pensiones; nuevas subidas del salario mínimo; eliminación de los capítulos más «lesivos» de la reforma laboral implantada por Rajoy; subidas de impuestos; ninguna medida de apoyo a las empresas, ninguna a la creación de empleo y ningún ajuste en los gastos, ni en los duplicados, ni en los inútiles, ni en los estériles. Sus sueldos por ejemplo. Pues nada. ¡The show must go on! Que decepción, y qué aburrimiento.