Gabriel Albiac-El Debate
  • «¡Que le corten la cabeza!» Testuz gacha, la que recuerda haber sido mujer con el mayor poder de España avanza hacia su paredón del sur. Desbarra por el camino: se comprende. «¡Lastre al mar!» El doctor Sánchez vive de devorar a sus muertos. ¿Cuál va ser el siguiente?

Que alguien con la altura discursiva de la señora Montero pueda proclamar haber sido «la mujer con más poder de la democracia» española, dice todo de nosotros: ¡pobres!

Y uno no sabe si reír a carcajadas o si echarse a llorar como una Magdalena. Porque lo verdaderamente horrible es que no es falso. Ni un solo razonamiento articulado, ni una sola frase sintácticamente correcta, ni una mínima intervención pública que no estuviera trenzada en zafiedades… La hipérbole de un partido en el que, desde Felipe González, la vulgaridad es norma. Y, sin embargo, es cierto. Sin mérito intelectual ni personal alguno que le pueda ser reprochado, sin nada en favor suyo que no fuera su perfecta carencia de pudor en el halago al Jefe (¡aquel sudoroso baile comanche, axila en ristre, celebrando al Gran Timonel en la paradójica noche electoral de 2023…!), todos en el partido han perdido memoria de cuándo fue la última vez en que la mujer más poderosa vivió de un sueldo que no fuera el de alfombra política.

Lo divertido, lo de verdad hilarante, es que el Jefe para el cual danzó la bayadera en el verano del veintitrés y a cuyos pies alfombró las asperezas del sucesivo camino, es el mismo desalmado que la envía ahora a morir en la tierra de sus primeras fechorías. Lo divertido es que, lejos de tomar cautelas frente al anunciado paredón que se perfila en el amanecer sevillano del lunes próximo, la consagrada sierva haya apurado su oblación hasta el último extremo. Ignoro si dichosa.

Nadie en esta campaña andaluza ha desplegado tanto empecinamiento en aniquilar a Montero cuanto lo ha hecho Montero. Y sus sucesivas intervenciones públicas no han sido errores: no se cometen errores en el texto de un mitin largamente preparado. Llamar imbéciles a los electores, como lo ha hecho la «mujer más poderosa» que se avino generosamente a rebajarse a algo tan humillante como unos vulgares comicios provincianos, no es el tipo de discurso que más suele agradecer la clientela. La bayadera de Sánchez se rebanaba a sí misma el gañote. Ante el altar de su Resiliente Caudillo. Con el éxtasis estólido que es en ella rasgo de identidad política.

El beneficio de ese degüello litúrgico de la Número Dos tiene una lógica. O, si se prefiere, una rentabilidad. Muy clara. Para el Número Uno. Acosada la amorosa familia que todo lo rige desde la Moncloa; juzgado y a la espera de condena su primer brazo derecho; con un pie a pocos milímetros de ser procesado el Zapatero que ha sido su consejero áulico en política y negocios; en el umbral de juicio ante jurado la hija del saunático empresario Sabiniano Gómez; vertiginosamente al borde del abismo los ministros y conmilitones que ejecutaron con fidelidad sus órdenes…, Pedro Sánchez ve cada día más cerca el riesgo de un procesamiento judicial que, en su caso, arrastraría consecuencias catastróficas. Para él y para su partido. No creo que lo del partido le importe al resiliente un comino. Pero su persona es sagrada. Pocas veces un político ha estado tan enamorado de su espejo.

Cuando un navío con exceso de carga amenaza hundirse, el capitán suelta lastre. Se empieza por los trastos prescindibles: los Ábalos, por ejemplo. Pero hay un momento crítico, tras haber ya tirado por la borda todo. Y queda sólo a mano la fiel grumete. Montero. El jefe la contempla un instante, dolorido. Puede que hasta en su aire de tristeza no todo sea cinismo: al cabo, uno termina por cogerle cariño a cualquier cosa. «¡Que le corten la cabeza!» Testuz gacha, la que recuerda haber sido mujer con el mayor poder de España avanza hacia su paredón del Sur. Desbarra por el camino: se comprende. «¡Lastre al mar!» El Doctor Sánchez vive de devorar a sus muertos. ¿Cuál va ser el siguiente?

Y Lucio Anneo Séneca escribe a Lucilio: «Como una comedia, así es la vida». Tragicomedia, a veces. En política, siempre.