Agustín Valladolid-Vozpópuli
- La imputación del expresidente ha despojado al PSOE de legitimidad para utilizar el debate sobre Monarquía o República como (dudosa) baza electoral
Andan estos días ilustres colegas alertando de una posible maniobra final que diluya, o al menos minimice, el impacto social de los casos de corrupción y permita a Pedro Sánchez “jugarse la supervivencia en una crisis del sistema”, según la sintética descripción de Ignacio Camacho. Abundaba el pasado domingo en ello José Antonio Zarzalejos, aludiendo a un supuesto referéndum Monarquía-República como el sueño húmedo de una izquierda agrupada en torno al liderazgo de Sánchez.
Ambos detectaban un repunte de las señales que contra la Corona aparecen cíclicamente en el horizonte, y que suelen hacerse más visibles cuando arrecian los problemas. Por ejemplo, el reciente acto en el que Pablo Iglesias defendió que las próximas elecciones debían ser un plebiscito sobre la legitimidad del orden constitucional. Óscar Puente escuchaba y aplaudía. Por ejemplo, esa encuesta sin venir a cuento de la Universidad de Murcia, pagada por el Ministerio de Ciencia, en la que un 51,5% de los españoles dice preferir la república, y cuyo trabajo de campo probablemente se hizo en el último Animal Sound.
Yo mismo, en un reciente artículo que titulé ‘Desclasificando al Rey’, apuntaba que el debate sobre el modelo de Estado “encaja en la concepción de la izquierda largocaballerista que Sánchez dice defender. Y sobre todo se inserta en su desesperada estrategia de supervivencia”. Sigo pensando lo mismo; y a la vez he cambiado de opinión. La tentación puede seguir estando ahí, pero los tiempos no. El martes 19 de mayo, a primera hora de la mañana, cualquier plan, cualquier proyecto, descabellado o no, dejó de tener valor.
‘Tener muy poco y dar mucho’ (sic)
Hasta ese día, por más insensata que pudiera parecer, la hipótesis de un frente republicano-confederal que, impulsado por el PSOE, aglutinara a la izquierda radical y los partidos independentistas no era descartable. Un Sánchez en situación límite, más la extrema izquierda colaboracionista, durante los últimos años instalada cómodamente en los salones del sistema y en las tablas salariales de los congresistas europeos, y sin apenas nada que vender, bien podían sucumbir a la tentación de desencadenar una nueva causa de confrontación social -sin duda la de más graves consecuencias- para ocultar sus pecados e incapacidades.
Pero ya no. Ya no hay tiempo. El impacto cualitativo, moral, de la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero es enorme. Infinitamente mayor que el causado tras las detenciones de José Luis Ábalos y Santos Cerdán, que aun siendo considerable se había logrado metabolizar en parte presentando a ambos como casos excepcionales, conductas muy alejadas de la sobria cultura del partido. Ellos no eran ejemplo de nada. El ejemplo era el Zapatero del “ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Y eso es, más allá de la mera retórica, lo que se ha derrumbado.
Con Sánchez nada es descartable. Pero ni Sánchez es capaz de levantar esto. Ni con la ayuda del Papa ni de María Santísima. La Justicia le ha achicado el terreno de juego, le ha dejado sin tiempo para activar cualquier maniobra de distracción con alguna perspectiva de éxito. Mucho menos, en mi opinión, la que insinúan Camacho y Zarzalejos. El titular del Juzgado Central de Instrucción número 4 de la Audiencia Nacional, José Luis Calama, no habrá pensado ni un minuto en ello, pero con su auto, su pulcritud garantista y su perfil inatacable, ha convertido cualquier maniobra irresponsable en un desiderátum imposible.
Calama, sin pretenderlo, ha hecho que cualquier iniciativa que suponga abrir un debate sobre cuestiones nucleares sea vista a partir de ahora como una oportunista maquinación de autodefensa; y ha despojado al PSOE de la mínima legitimidad para iniciar un proceso de debate sobre el actual modelo de Estado. Ahí está el impacto cualitativo. En que Sánchez ya no está en condiciones de reconducir el debate público. Y cuanto más arriba pretenda llegar, mayor y más sonora será la respuesta ciudadana.
La clave Begoña Gómez
El comodín de la Monarquía ya no sirve. Todavía sirve menos si nos atenemos al brutal contraste percibido entre las actividades de personajes que equivocadamente creíamos limpios y comedidos y el comportamiento de un Rey que sabemos prudente y austero. Usarlo sería el mayor error de los cometidos por Sánchez. No creo que lo haga. Me gustaría pensar que porque no quiere; que nunca se le ha pasado tal cosa por la cabeza. Pero da igual, porque lo esencial es que ya no puede.
Al presidente del Gobierno se le agota el tiempo. Le queda una bala en la recámara. Las urnas. Cuanto antes mejor; para limitar daños. No creo que pueda permitirse siquiera esperar al superdomingo de mayo de 2027. Le queda una sola bala, y en mi opinión la acabará utilizando. ¿Cuándo? No sé. Pero la decisión la tomará en el minuto siguiente de conocerse el calendario judicial de su mujer y sepa a qué atenerse.
La suerte ya estará echada y el juicio a Begoña Gómez, de celebrarse, no será antes del año que viene. Hasta entonces, cada día que pase, cada informe de la UDEF o de la UCO que conozcamos, cada procesamiento confirmado y cada sentencia dictada será una nueva palada de tierra excavada en la fosa del socialismo español. Ellos sabrán si están dispuestos a soportar el viacrucis.