Francisco Rosell-El Debate
  • Ahora, al caérsele el paso de San ZP, bueno y mártir portándolo en procesión, la feligresía socialista está en shock y su dirigencia principia a hablar del «Zapatero que conocimos» para marcar cierta distancia imposible con quien compromete a su pana Sánchez

Mientras el diablo Sánchez peregrina este miércoles al Vaticano engalanado de Prada para ultimar el viaje de León XIV a España, en la que romperá su inveterada costumbre de no asistir a oficios católicos acudiendo a la Santa Misa que celebrará el Pontífice en la Sagrada Familia para ver si el manto papal le ayuda a capear las tormentas que amenazan con hacerle naufragar, los indicios incriminatorios apresan a Zapatero como primer expresidente de la democracia imputado como cabecilla de una organización criminal que no podría haber perpetrado sus delitos sin la avenencia suya.

A pachas con la satrapía chavista y con la «democratura» española, amén de no quitar ojo a la dictadura china al constituir su particular triángulo del negocio de la política, Zapatero ha hecho caja con la hambruna y la libertad venezolana mercadeando inclusive con sus presos políticos. En este sentido, ZP ya refulgía en el río Orinoco de la podredumbre antes de que la Policía incautara en la caja fuerte de su despacho un joyero de la reina. No es la ‘jojoya’ del ‘robobo’ Zapatero parafraseando la dizque película del dúo humorístico ‘Martes y Trece’.

En efecto, las fotografías que figuran en el sumario plasman la impudicia de una corrupción que sólo cambió de manos con la moción de censura Frankenstein contra Rajoy de la que esta semana se cumplen ocho años. Aunque muchos de los grandes agios sean la historia de una instantánea al retratar la calaña del bandolerismo político de una época, no cabe por ello menguar el pormenorizado relato judicial del «caso Zapatero» que carcome esta España parasitada por quienes vegetan con ella.

Erigida en guarida de los ladrones de un chavismo machihembrado con quienes hacen igual aquí, hay que volver a subrayar lo lista que anduvo María Corina Machado, ganadora junto a Edmundo González de las elecciones cuya derrota no admitió Maduro con la transigencia de Sánchez y la observancia de Zapatero, para rehuir la foto-trampa que le tendió el inquilino de la Moncloa. Al coincidir la visita a Madrid de la premio Nobel de la Paz con la cumbre del Grupo de Pueblo montada en Barcelona, Sánchez quiso utilizarla para transmitir una equidistancia que era complicidad con la autocracia caraqueña.

No en vano, el gobierno mercenario de Sánchez ha supeditado los intereses nacionales a los de Caracas bajo la égida china tras arrellanarse en la Moncloa mediante la simonía de comprar los votos para revalidar su Presidencia al prófugo Puigdemont tras ser vencido en las urnas en julio de 2023. Al convertir la corrupción en modo de gobierno y servirse de las funciones públicas como si fueran propiedad privada para colonizar los órganos de fiscalización democrática, los abusos son tan cotidianos que, en vez de provocar vergüenza, suscitan exhibicionismo.

No obstante, pese a su acción corruptora del poder, sobreviven abnegados servidores del Estado de Derecho que descubren como, tras una fachada honorable, se oculta un crimen organizado que se mueve como Pedro por la Moncloa al poseer asiento –como en las narcodictaduras– en el Consejo de Ministros. Es lo que ha acaecido con Zapatero después de que, tras su ostracismo en el trienio 2018-2021, Sánchez tirara del expresidente para reemplazar a Ábalos y trasbordar de «la banda del Mercedes» a «la banda de los Rodríguez» (los hermanos chavistas Delcy y Jorge, junto a José Luis, el de la guitarra). Gozando de esa merced, Zapatero se ha creído con aldabas luego de coadyuvar a que Maduro sufragara la factura gracias a la cual Sánchez preside la Internacional Socialista, amén de ser su introductor en la China de Xi Jinping, y amarrar su estabilidad parlamentaria con filoetarras y separatistas. Pero el poder como negocio empuja al exceso, a la avaricia e incluso al crimen a farsantes con túnica de filántropo. Como aquel impostor que, según el escritor Ralph Waldo Emerson, «cuanto más hablaba de honestidad más nos apresurábamos a contar las cucharas de plata de la cubertería».

Ahora, al caérsele el paso de San ZP, bueno y mártir, portándolo en procesión, la feligresía socialista está en shock y su dirigencia principia a hablar del «Zapatero que conocimos» para marcar cierta distancia imposible con quien compromete a su pana Sánchez. Al correr serio riesgo de caer dos al precio de uno, dada su connivencia mutua en el último quinquenio, esencialmente desde los comicios de 2023, se recobra la idea de que «Bambi» habría sido sorprendido en su buena fe por su «lacayo» Martínez al cuadrado, «Julito» en los círculos del hampa, o absorto como «príncipe» de la «femme fatale» Delcy Rodríguez. A juicio de estas almas bellas, difícilmente podía urdir una trama de esa enjundia con puertos de atraque en paraísos fiscales europeos, asiáticos y americanos, siendo un perfecto inútil. A ojos de estos bienpensantes, el ‘Maquiavelo de León’ sería el jardinero Mr. Chance que pasa la vida trabajando para una familia millonaria con la televisión como único contacto con el exterior hasta que, al fallecer su protector, ha de salir a la calle y acaba de presidente de EE.UU. al confundir la realidad con su simulacro televisivo.

Pero eso sería tanto como cargar toda la responsabilidad en el contable de Al Capone por dar apariencia de legalidad al negocio del crimen del capo al que sólo pudieron echar en guante por evasión fiscal. O cavilar que un piernas como Julio doble M puede poner a su disposición a los gobiernos español y venezolano por cómo corre con mocasines por el monte del Pardo junto al expresidente del que sería su testaferro. Pero ojo con contadores y hombres de paja que, como O’Hare con Capone, Van Schouwen con el PSOE, o Bárcenas con el PP, se revuelven y derrumban castillos de naipes enterrando al más pintado.

Al cabo de este ochenio en el que busca bula pontifical fingiendo ser más papista que el papa, Sánchez evoca al emperador Vitelio que, tras infundir esperanza entre los suyos al proclamarse césar, pronto transparentaría su falta de escrúpulos y su dependencia del extremismo. Especial impacto originó al ponderar ante los cuerpos insepultos de adversarios en el campo de batalla: «El cadáver de un enemigo siempre huele bien, pero mejor si es un conciudadano». Cuando las legiones de Oriente sublevadas auparon a Vespasiano, Vitelio ejecutó a los nigromantes que vaticinaron su fatalidad. Luego, tras amagar con su ida, los adictos a Vespasiano lo hallaron escondido en una caseta del palacio, arrastrándolo a una penosa muerte. Como escribió Tácito, deplorando tal crueldad, «no era ya el Emperador, sino la causa de la guerra» al perder su autoridad moral para mandar y de prohibir.