La crispación como bandera

ABC 26/09/15
EDITORIAL

· La imposición del independentismo como un dogma de fe inoculado desde la cuna ha alimentado generaciones enseñadas en la intransigencia y el odio a España

DE poco sirve la impostura de pedir disculpas cuando ya se ha cumplido el objetivo premeditado de acentuar la crispación como argumento espurio de campaña. Alfred Bosch, dirigente del bloque más extremista de ERC, provocó una insidiosa guerra de banderas en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona en las fiestas de la Merced que solo fue respondida, desde la dignidad institucional, por el portavoz del PP, Alberto Fernández. Este se limitó a intentar oponer con una bandera nacional la bochornosa decisión de los independentistas de colgar una estelada del balcón oficial, entre las sonrisas cómplices de la alcaldesa, Ada Colau –secesionista camuflada–, y del propio presidente de la Generalitat, Artur Mas. No fue un error. Fue la plasmación de una calculada estrategia de final de campaña orientada a amplificar el conflicto social y la fractura entre los catalanes, en los que el secesionismo vive haciendo negocio de la manipulación sentimental e histórica.

Los catalanes son libres de votar en conciencia, incluso a favor de las tesis independentistas si las consideran legítimas. Pero no son libres de atribuir a sus dirigentes la prerrogativa de una vulneración flagrante de la ley, que es lo que se pretende. Los catalanes van a ser víctimas de una promesa irrealizable. Y si mayoritariamente conceden a sus representantes el aval para que impongan una declaración unilateral de independencia, lo harán en la conciencia de que a una ilegalidad sucederá, porque no cabe otra opción, la réplica de la legalidad con una prohibición taxativa de la ruptura. Son las reglas del Estado de Derecho.

Lo ocurrido con la nueva guerra de banderas es la consecuencia de dos décadas de sometimiento a los catalanes a una adulteración sectaria de la educación, la información y las instituciones, contra la que nunca hubo una oposición real. La imposición de un independentismo combativo como un dogma de fe inoculado desde la cuna ha alimentado generaciones enseñadas en la intransigencia y el odio a España.

Por eso, recomponer los añicos del destrozo afectivo tiene ahora mala solución. Solo una movilización masiva de esa mayoría a menudo silente que se siente catalana y española puede desbaratar el falso «plebiscito» organizado por los soberanistas, y demostrar que la independencia no es realizable. Ni conveniente para nadie. La paradójica trampa de estas elecciones es cómo alcanzar soluciones constructivas frente a quienes oponen sinrazones destructivas exigiendo a España que renuncie a su historia, a sus leyes, y a la lógica de que sean todos los ciudadanos, y no una parte de ellos, quienes deciden el futuro de su nación. Desde la crispación nunca se ha construido nada.