La eclosión de los Pegida

EL CONFIDENCIAL 11/01/15 · JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS

· Todo terrorismo perpetra sus atentados con dos objetivos. El inmediato, consiste en cobrarse la víctima, y el mediato, en socializar el miedo. El yihadismo maneja con criminal maestría esa combinación de objetivos y golpea con una espectacularidad –lo hemos visto con las degollaciones de rehenes por militantes de ISIS- que hace viral el temor en las sociedades propias y en las occidentales.

Como, además, sus activistas son, en muchos casos, nacionales de países europeos, inmigrantes de segunda y hasta tercera generación, existe una muy generalizada sensación de que los enemigos de la civilización occidental se han infiltrado en nuestro mundo de un modo intrusivo y quintacolumnista. Los culpables de la matanza en Charlie Hebdo, franceses de nacionalidad, ofrecerían razonabilidad y altísima verosimilitud a los muchos miedos que expresan en distintas formas las sociedades de nuestro entorno.

En Francia –con cinco de los veinticinco millones de musulmanes europeos- el Frente Nacional de Marine Le Pen ha adquirido una dimensión que hasta hace tres días no tenía. Si el 25% de los franceses votó en las europeas al FN, seguramente, hoy por hoy, volvería a ser el primer partido del país vecino. El hecho de que los asesinos del atentado a Charlie Hebdo sean franceses de derecho confirmaría el fracaso de las llamadas políticas de integración a las que las comunidades islámicas -en Francia y en otros países- se muestran resistentes. No son mejores los modelos pluriculturales, al estilo británico que cuentan, allí donde se aplican, con un historial macabro de terrorismo yihadista.

Sin embargo, el gran movimiento europeo anti islamista, sin poder catalogarse como de extrema derecha, o xenófobo, o racista o neonazi, ha nacido hace relativamente poco tiempo en Alemania. Se trata de los conocidos como los Pegida, acrónimo en alemán de Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente. Este pasado mes de diciembre han protagonizado nutridas concentraciones y manifestaciones, primero en la ciudad de Dresde y luego en otras. Y aunque la canciller Merkel les ha recriminado en su mensaje de fin de año, los social cristianos bávaros de la CSU se muestran comprensivos con este movimiento que, seguramente penetrado por elementos de Alternativa para Alemania (AfD), euroescépticos y xenófobos, está engrosado por gente de la clase media, jubilados, jóvenes sin trabajo y que se sienten traicionados por la gestión de la inmigración por la clase política.

Los Pegida no son otra cosa que gente corriente que quiere modelos de admisión de la inmigración más exigentes -como los de Suiza, Canadá o Australia, por cupos-, propugna la tolerancia cero hacia los inmigrantes islámicos delincuentes y reclama medidas para mantener el modo de vida occidental. Según encuestas solventes (YouGov y Zenit On Line) más de un 35% de los alemanes contempla con buenos ojos este movimiento popular que, al menos exteriormente, rechaza los símbolos de ISIS, del comunismo y del nazismo. La última encuesta –publicada hace cuarenta y ocho horas- elaborada por la Fundación Bertelsmann ofrece datos aún más contundentes: el 57% de los consultados ve en la religión musulmana una amenaza y un 24% vetaría cualquier tipo de inmigración islamista.

Los Pegida no son otra cosa que gente corriente que quiere modelos de admisión de la inmigración más exigentes, propugna la tolerancia cero hacia los inmigrantes islámicos delincuentes y reclama medidas para mantener el modo de vida occidental

Viajar hoy por Francia y Alemania es comprobar cómo las comunidades musulmanas viven replegadas sobre sí mismas; tienden a crear sus ámbitos cerrados y a hacerlos impenetrables; son reactivas a asumir cualquier tipo de concesión hacía la igualdad de la mujer que, ostensiblemente además, es tratada de manera subordinada; no comprenden el alcance de la libertad de expresión y prensa en nuestras sociedades -en las que se ha instalado un lamentable pero no delictivo derecho a la blasfemia-, absolutizan la religión y sus rituales y, lo que es peor, han pasado a la ofensiva con dos comportamientos inéditos: por una parte, envían efectivos (Siria, Iraq) a los grupos terroristas como ISIS y hacen proselitismo en las calles de las ciudades europeas con las llamadas “patrullas de la Sharía” que en alguna urbes se han llegado a intitular “policía de la Sharía” ejerciendo sus facultades intimidatorias ante establecimientos nocturnos.

Resultaría demasiado elemental, esteticista y cómodo despachar este movimiento ciudadano -no exento desde luego de adhesiones indeseables- con las descalificaciones habituales. Pero ese es ya un camino cegado. Los procesos electorales están encumbrando a estos grupos sociales que se articulan en partidos políticos a los que se adhieren personalidades de la política convencional e intelectuales de distintas procedencias.

Según encuestas solventes (YouGov y Zenit On Line) más de un 35% de los alemanes contempla con buenos ojos este movimiento popular que, al menos exteriormente, rechaza los símbolos de ISIS, del comunismo y del nazismo

Los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (PEGIDA) no incorporan a la denominación el toponímico alemán porque surgen de la malversación del concepto de la ciudadanía en general. Pararlo primero y reducirlo después requiere cambiar políticas educativas, fortalecer el sistema de valores cívicos de las sociedades occidentales, poner en valor los principios democráticos, no permitir que determinadas prácticas de raíz religiosa malbaraten los logros occidentales (el ejemplo más terminante es el de la situación postrada de la mujer) e imponer factores de auténtica integración cuyo rechazo conlleve la exclusión de la comunidad social y política del país receptor.

Los políticos -y, desde luego, los medios de comunicación- no pueden seguir empleando la langue de bois, esa lengua de madera, llena de eufemismos, circunloquios, buenismo y medias verdades. Los que padecen la inmigración que se resiste a unos mínimos niveles de integración son los estratos sociales más desfavorecidos por la recesión económica, el desempleo, la infravivienda y el recorte de los servicios públicos básicos.

Son, en definitiva, los potenciales militantes del movimiento Pegida que tiende a internacionalizarse desde una Alemania con una comunidad turca de tres millones y medio -la mitad con nacionalidad alemana- a la que en febrero pasado, en el mismísimo Berlín, el presidente Recep Tayyip Erdogan alentó a que se resistiera a ser demasiado alemana. Los Pegida, definitivamente, puede eclosionar en la segunda década del siglo XXI.