- Cuanto más se desvincula la sucursal de su matriz nacional, más capaz es de resistir al nacionalismo. Cuanto más integrada está en la estructura central, más fácil es su caída, como se vio con el PP vasco y ahora con el PSE.
No es nada nuevo lo que estamos viendo estas últimas semanas en el País Vasco.
Ya le pasó al PP vasco en su día. Experimentó en sus propias carnes el fuego cruzado entre un Estado que quería acabar con el terrorismo y un nacionalismo que buscaba sobrevivir a ese periodo para salir reforzado.
Esto último lo consiguió gracias a ese fenómeno político que defino como puenteo. Según esta práctica, el partido del Gobierno y el nacionalismo se lo guisan y se lo comen: pactan apoyos mutuos mientras la formación que representa al Gobierno en el País Vasco queda como un convidado de piedra, convertida casi en un estorbo.
Todo gira en torno a lo que ocurre en Madrid, pero las consecuencias se pagan en Euskadi. En la capital de España, los protagonistas del poder son sólo dos: Pedro Sánchez y sus socios de legislatura, que en clave vasca se reducen a PNV y Bildu. Todo lo demás sobra.
En las últimas décadas hemos asistido a dos fenómenos paralelos: la reducción a su mínima expresión de los partidos de ámbito nacional (PP y PSE), y la metástasis política de PNV y Bildu.
Nada altera esta afirmación, ni siquiera si comparamos el ámbito vasco con el catalán o el gallego.
En Galicia, el nacionalismo es minoritario porque no hubo inmigración de otras partes de España. Al contrario, fueron los gallegos quienes emigraron. De ese modo, faltó el alimento para desarrollar el supremacismo basado en la exclusión del «sobrevenido», como sí ocurrió en el País Vasco y Cataluña.
En esta última, a pesar del nacionalismo predominante, el PSC se ha mantenido fuerte porque es la única federación del PSOE que siempre ha ido por libre.
Esto demuestra que, cuanto más se desvincula la sucursal de su matriz nacional, más capaz es de resistir al nacionalismo. Por el contrario, cuanto más integrada está en la estructura central, más fácil es su caída, como se vio con el PP vasco y ahora con el PSE.
Lo que ha ocurrido recientemente en la Universidad del País Vasco (UPV-EHU) es un ejemplo claro.
Un grupo de profesores del campus de Álava se pronunció contra el rector, quien había optado por anular las clases presenciales ante un mitin de Vox con la excusa de «evitar males mayores».
Tras esta crítica, los docentes se han convertido en objetivo de los sindicatos estudiantiles abertzales, que han iniciado una infame campaña de acoso y denuncia contra ellos, con visitas a sus despachos incluidas.
La mayoría de estos profesores señalados pertenecen al progresismo vasco y pretenden mantener la coherencia entre su no nacionalismo y su rechazo al sectarismo contra la derecha. Sin embargo, mientras tanto, el progresismo en Madrid, encabezado por Pedro Sánchez, practica la política del muro.
«A Pedro Sánchez no le interesa un PSE transversal y beligerante contra el nacionalismo: lo prefiere como muleta y facilitador»
El otro conflicto ha surgido con la Korrika, la carrera organizada por la entidad AEK —controlada tradicionalmente por la izquierda abertzale—.
En vísperas de su inicio, el sindicato Comisiones Obreras (CCOO) fue excluido de la carrera a pesar de haber financiado un tramo de la misma. La organización considera que el sindicato ha actuado contra el euskera al recurrir judicialmente ciertos concursos de la administración pública.
En dichos procesos, se exigía a los aspirantes un nivel de lengua muy superior al uso social real de la zona; un hecho habitual en las administraciones controladas por el PNV y Bildu. Muchos de esos recursos han sido ganados por los reclamantes con el apoyo sindical, algo que resulta inaceptable para el nacionalismo.
En ambas situaciones nos encontramos con una izquierda vasca no nacionalista que pretende posicionarse en terrenos transversales e inclusivos.
Pero no se quieren dar cuenta de que, para su jefe en Madrid, eso es en realidad un estorbo: él necesita al PNV y a Bildu para mantenerse en el poder.
Por eso, Bildu se puede permitir no llamar al orden a quienes atacan a profesores o sindicalistas, que en su inmensa mayoría son votantes progresistas. No vale argumentar que hay un sector del estudiantado que «va por libre».
Es la vieja teoría de los «elementos incontrolados» que, no obstante, cuando cometen desmanes y son reprimidos, cuentan con el apoyo y la defensa de la izquierda abertzale.
«La izquierda vasca no nacionalista que pretende posicionarse en terrenos transversales no se da cuenta de que es un estorbo para su jefe en Madrid: él necesita al PNV y a Bildu»
Episodios como estos abocan al progresismo vasco no nacionalista a una pérdida de legitimidad y efectividad ante su propio electorado. Ya no resultan útiles para reivindicar nada en Madrid.
La cúspide de esta deriva la representa el actual lehendakari, Imanol Pradales Gil, nacido y criado en la Margen Izquierda, zona históricamente dominada por el socialismo.
Mientras el PNV ocupa ese espacio, los referentes históricos del PSE están en Madrid, como Patxi López o Alfonso Gil, actuando como asistentes abnegados de Pedro Sánchez y sus políticas de confrontación.
Hoy es más contradictorio que nunca que el PSE y sus apoyos universitarios o sindicales pretendan ser referentes sociales en el País Vasco mientras contribuyen a sostener el muro en Madrid. A Pedro Sánchez no le interesa un PSE transversal y beligerante contra el nacionalismo: lo prefiere como muleta y facilitador.
Esto está llevando al PSE a convertirse en un «tonto útil» para el PNV y Bildu, de lo cual la política de semilibertad y excarcelación de etarras constituye un ejemplo lamentable. Y de ahí que sus posibilidades de ser una alternativa real tiendan a cero.
Le está pasando, con otra dinámica y de forma retardada, exactamente lo mismo que al PP vasco.
*** Pedro Chacón es profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPV-EHU.