Antonio R. Naranjo-El Debate
  • Tras culminar el asalto a la fiscalía y lanzar desde TVE el enésimo montaje, hay que preguntarse si seguimos siendo una democracia y pelear por ella

Que la respuesta de Pedro Sánchez al tsunami de corrupción y al bloqueo del Gobierno sea grabarse otro vídeo dando paseítos por el monte, utilizar a sus obedientes altavoces mediáticos para desviar la atención con otro montaje contra Vito Quiles por otra falsa agresión a la pobre Begoña Gómez, boicotear de nuevo el tradicional desfile militar del 2 de mayo madrileño para fastidiar a Ayuso y movilizar a Peramato (que suena a veneno y lo es) para asaltar todos los rincones al alcance de la fiscalía con clones del condenado García Ortiz da cuenta del gravísimo momento que vive la democracia española.

No solo carecemos de un presidente inconsciente de cuáles son los efectos razonables que en política deben de tener causas objetivas, como por ejemplo ser incapaz de aprobar Presupuestos en toda una legislatura y por tanto no poder ofrecer una mayoría parlamentaria estable que compense la derrota en las urnas; sino que además convierte cada uno de esos episodios mortales de necesidad en una excusa para justificar medidas excepcionales que, en la práctica, degradan la democracia e imponen tacita a tacita una especie de régimen autocrático a la europea.

Toda esa ignominia se resume en el aparatoso despliegue que RTVE le ha dado al chusco episodio entre un joven activista y la mujer de Sánchez, pretendiendo convertir lo que a lo sumo sería un debate interesante sobre cuáles deben ser los límites del periodismo incluso cuando el poder político incumple su obligación de rendir cuentas en, nada menos, un episodio violento de agresión física de un matón a sueldo del PP a Begoña Gómez, que ya ha sufrido bastante con el proceso fascista que perpetran los ultras con toga en los juzgados.

Lo impresionante del caso, como ya ocurriera con el célebre preámbulo del cabestrillo, cuya protagonista ha sido recompensada con una presencia masiva en las producciones de «la tele de todos»; es que ese discurso se ha mantenido incluso después de que todo el mundo pudiera comprobar con sus propios ojos que Quiles fue molesto, sí, que le va la marcha, también; que hace preguntas necesarias en contextos incómodos y con formatos desagradables, desde luego, pero que si alguien fue agredido fue él por las amigas de la susodicha, encolerizadas por la intromisión de un reportero cuyos modales desaparecerían si Sánchez y los suyos tuvieran a bien comparecer alguna vez para someterse a las preguntas razonables que hace años deberían haber respondido, formuladas con el respeto que merecen ellos, pero también innegociables por el que merece la democracia: por ejemplo, si el presidente tiene manera de justificar que, según un auto de la Audiencia Provincial de Madrid de hace un año, su esposa se dedicara a intercambiar intereses con terceros gracias a su posición en La Moncloa.

Que en lugar de intentar aclarar eso, de dar una opinión cabal sobre cómo es posible aferrarse al poder pese a estar en minoría en el Congreso y no poder aprobar la primera de las leyes exigibles a un Gobierno o de ofrecer algún tipo de reacción a las acusaciones directas vertidas en el Supremo sobre la condición de Sánchez como «número 1» de la trama y sobre la posible financiación irregular del PSOE; se monte un circo con un chaval y se movilice a sus programas estrella para acusar en falso a Ayuso de financiar al «escuadrista», destroza todos los límites democráticos y coloca a España en un dilema.

O se aprende a pelear, sin desdibujar el Estado de Derecho, contra alguien sin líneas rojas; o su caradura ampliada en TVE con maratones del bulo y su galopante ausencia de pudor para atrincherarse en el poder y perseguir a los contrapoderes acabará imponiéndose.

Esto ya no es, si acaso con Sánchez hubo alguna vez lo fue, una confrontación legítima entre derechas e izquierdas, con unas reglas del juego definidas, previsibles y respetadas por todos: es un combate entre una mafia desatada y la democracia, por mucho que el capo al frente se ponga la placa de sheriff. O la democracia española rompe con Sánchez, y lo que queda de ella encuentra la manera de que se visualice con rotundidad ese divorcio irreversible, o Sánchez romperá definitivamente la democracia española.