José María Ruiz Soroa-El Correo

  • El socialismo y el progresismo españoles se han convertido en una fábrica de excusas para el régimen dictatorial chino

La política internacional está de moda en la opinión pública y ello provoca que se vuelva material útil para la política interna, como está sucediendo en España. El presidente del Gobierno se construye una imagen de líder progresista simplemente oponiéndose a Trump y destacando que los valores globales del Derecho Internacional están por encima de los crudos intereses nacionalistas de las potencias mundiales. Cierto.

Pero quizás conviene recordar que, para una potencia mediana como España, la prueba de su aprecio por el Derecho Internacional se demuestra no tanto en los grandes eventos mundiales como en los pequeños y concretos que le afectan particularmente en sus intereses vitales. España tiene en sus relaciones con Marruecos el escenario en que mostrar si se inclina por una política pragmática a ras de suelo o por otra de valores exigentes a la altura del Derecho. La trayectoria personal (esta sí que personal y solipsista) del presidente Sánchez en relación a los saharauis es un botón de tal magnitud que hace dudar de su impostado progresismo frente a Trump. Los valores ‘valen’ cuando cuestan algo.

En conexión con la preferencia de la opinión popular y gubernativa españolas por la paz mundial como valor internacional supremo (‘no a la guerra’) está proliferando un nuevo aprecio por la República Popular China como potencia mundial respetuosa con un globalismo gobernado por reglas. De repente, se nos hace simpática China, se sitúa en ‘nuestro mismo lado de la historia’, y posee un Gobierno virtuoso y eficaz.

Planteado desde el Derecho Internacional, hay en este aprecio por China un grosero dislate. Porque utiliza una concepción del Derecho Internacional como Derecho entre Estados y sujeto al principio de soberanía interna absoluta de estos que desapareció ya en 1945 al término de la II Guerra Mundial. El Derecho Internacional actual que emana de la Carta de Naciones Unidas y la Declaración de Derechos Humanos es personalista, el ser humano está en el centro de su atención. Por eso, un país que viola sistemáticamente los derechos humanos de su población no puede ser visto ni por equivocación como respetuoso del Derecho Internacional. Claro que por puro interés pragmático no le conviene a Europa meterle a China el dedo todos los días con ese asunto, obvio, pero en nuestro relato interno no conviene engañarse: China viola flagrantemente los derechos humanos de mil millones de personas por lo menos, y cuando ha tenido recientemente ocasión para demostrarlo (la excolonia Hong Kong) ha acabado eficaz y rápidamente con las libertades humanas preexistentes. Como lo haría con Taiwán si se apoderara de la isla. Por cierto, aunque nadie se atreva a decirlo desde el Gobierno, Taiwán constituye el más depurado caso de existencia y aplicación del derecho de autodeterminación de los pueblos que pueda imaginarse.

Visto desde la cultura política, sucede que en España crece un curioso ‘progresismo’ deslumbrado por el éxito desarrollista chino desde la caída del gran timonel Mao, cuando Felipe González estuvo por allí y descubrió que el color de los gatos no es tan relevante como su capacidad para cazar ratones (¡profunda idea, vive Dios!). Desde entonces, el socialismo y el progresismo españoles se han convertido en una fábrica de excusas para el régimen político dictatorial chino y para su propensión a reprimir con brutalidad cualquier disidencia o pensamiento crítico.

¿Excusas? Por ejemplo, la comunitarista que sugiere que cada cultura es un paradigma intraducible de valores y que los derechos humanos de las personas son una idea muy occidental e individualista, pero escasamente compatible con la forma de ser oriental que prefiere la tradición, la autoridad y la sujeción confuciana a las costumbres. O bien la excusa pseudosocialista de que, en realidad, Occidente está capturado por un individualismo destructivo, mientras que el Gobierno en China atiende sobre todo al bien del colectivo.

¡Curiosas ideas estas! Pues, ¿cómo sería que la individualista Europa, y no la colectivista China, hubiera inventado y normalizado el Estado de bienestar, el gran reductor de las diferencias? ¿Y cómo que el índice Gini de desigualdad sería mucho más alto en China que en Europa u otros países asiáticos desarrollados? ¿Y qué decir de esa especie de ‘votantes con los pies’ que son los emigrantes, a dónde van a desarrollar su vida, a Occidente o a China?

Sucede en el fondo, y aunque lo disimulen, que hay entre nosotros demasiados agnósticos de la libertad personal y de su universalidad, demasiados relativistas que piensan aquello que le espetó Lenin a Fernando de los Ríos: ¿«libertad, para qué»? Si el Partido Comunista chino consigue duplicar o triplicar la riqueza colectiva del país, ¿qué más da que les prive de la libertad a las personas? Si a ellos ‘no parece’ importarles mucho… pues a nosotros tampoco.

Tocqueville escribió que quienes buscaban en la libertad algo más que ella misma «tenían alma de esclavo». Sigue siendo válido.