Gabriel Albiac-El Debate
  • Apenas la crisis médica se ha iniciado, apenas el riesgo incontrolado de contagio se apunta, y ya los políticos se lanzan al banquete necrófago que es el único arte retórico en el cual son virtuosos: el de trocar muertos por votos

En el año 1554, Fray Luis de Granada sienta las bases de la que va a ser meditación mayor del pensar moderno: la indecible precariedad de los humanos. El Tratado de la Oración y la Meditación parte de esta constancia desasosegante, que veremos reaparecer a todo lo largo de la edad barroca: «Piensa que no eres más que una cañavera que se muda a todos los vientos, sin peso, sin virtud, sin firmeza, sin estabilidad y sin ninguna manera de ser. Piensa que eres un Lázaro de cuatro días muerto, y un cuerpo hediondo y abominable, lleno de gusanos, que todos cuantos pasan se tapan las narices y los ojos por no verlo. Parézcate que de esta manera hiedes delante de Dios y de sus ángeles, y tente por indigno de alzar los ojos al cielo, y de que te sustente la tierra, y de que te sirvan las criaturas, y del mismo pan que comes, y del aire que recibes».

La enfermedad es paradigma de ese ser precario. En ella se asoma un hombre a sus límites. Y es que, hasta que la certeza de esa amenaza irrumpe, nadie percibe lo vulnerable de su ser más que como lejana hipótesis. La enfermedad pone ante nuestros ojos aquello que estuvo siempre ahí. Y que nos negamos siempre a mirar sin decorados. Que lo asombroso no es morir. Que lo asombroso es ir sacando adelante esta vida nuestra de sujetos infinitamente vulnerables. En los hombres, solo la enfermedad no miente. La enfermedad, como tan bellamente lo supiera Pascal, es la verdad del hombre.

Hace seis años ya, cuando la pandemia dejó el horizonte de cada uno reducido a las cuatro paredes de su domicilio, tal verdad vino a poblar en nosotros un silencio como de pascaliana celda. Y supimos que nada de los cotidianos afanes merecía la entrega que de nuestro tiempo veníamos haciéndoles a diario. Comparado con el silencio de la ciudad vacía, al que atónitos se abrían nuestros ojos tras los vidrios de ventanas herméticamente cerradas, el frenesí cotidiano, al que antes otorgábamos tan desmedido peso, nos aparecía en su verdad fútil: apenas un bobalicón juego de niños. Pero pasó el confinamiento, volvieron las convenidas trivialidades. Y aquella íntima epopeya de supervivencia fue enseguida ensuciada por los burdos intereses políticos de siempre. Y los miles de muertos fueron materia prima de sórdidas rentabilidades electorales.

La irrupción en altamar del hantavirus trae ahora, de nuevo, hasta nosotros los peores recuerdos y las peores sospechas de aquella universal tragedia de hace seis años. Apenas la crisis médica se ha iniciado, apenas el riesgo incontrolado de contagio se apunta, y ya los políticos se lanzan al banquete necrófago que es el único arte retórico en el cual son virtuosos: el de trocar muertos por votos.

Ministra de Sanidad contra ministra del Ejército desmintiéndose mutuamente acerca de los confinamientos, palabrerías hueras y contradictorias en torno al riesgo, contagioso o no, de un virus del cual todos se agotan en cotorrear trivialidades, sin que nadie se ocupe en exponer un solo atisbo serio de verdad científica; resurrección del inefable no-doctor Simón… Ya nadie, desde luego, cree una sola palabra que venga de los gobernantes: habría que ser, para ello, un perfecto imbécil o un suicida. Menos aún, en asuntos en torno a los cuales se juega la vida de todos. O la muerte. En asuntos tan serios como contagio, vida, muerte o epidemia, ¿quién sería tan pánfilo como para dar fe a políticos que hicieron ya su fortuna –electoral unos, económica otros– con el apocalíptico terror del coronavirus?

No, no es el miedo a la enfermedad o al contagio lo más grave. Eso viene en el lote de nuestra endeble condición de hombres. Lo más grave, lo obsceno, es la burla a la que, una y otra vez, somos sometidos por la mala gente que dice velar por nuestras vidas. Morir es condición de vivir. Soportar a estos políticos, no.