Rebeca Argudo-ABC
- El vender humo de toda la vida pero con los morritos rojos y sin atisbo de pudor
Sira Rego, la ministra más prescindible de la historia por a su tendencia a la inactividad normativa, ha tenido un epifanía que justifique el sueldo: prohibir el «falso» síndrome de alienación parental. Esta formulación sitúa a la ministra por encima del bien y del mal (legislar nivel Dios) pues prohibir un síndrome, el que sea y aunque se califique de falso en la declamación, es como prohibir la gripe o las paperas. O morirse de viejo. A lo que la ministra se refiere, aunque lo haga reguleras, en nombre de la igualdad y la bonhomía intrínseca a la extrema izquierda, es a impedir que en un litigio por la custodia de los hijos se pueda alegar que uno de los dos ha influido de manera perniciosa en los menores para perjudicar al otro. Lo que pretende es negar el reconocimiento legal de que eso, en ocasiones, desgraciadamente y con lamentables consecuencias, ocurre. No niega, sin embargo, que exista la violencia vicaria, otro término acientífico pero que cuenta con el beneplácito del ultramoradismo radical. Así, que un hombre de manera premeditada persuada a sus retoños para desfavorecer a la madre, ocurre y podría ser interpretado como violencia vicaria. Sin embargo, que una mujer lo haga es imposible si este anteproyecto de ley prospera. El sintagma «violencia vicaria» tiene la particularidad de detectar si el actuante es hombre o mujer y, de ser mujer, no opera. Lo que nos está diciendo la ministra es que, por ley, la mujer jamás utiliza a los hijos para hacer daño al hombre mientras que el hombre sí lo hace. Capaz de eso y de más. Por eso cuando un hombre asesina a sus hijos estos se ven convertidos en algo impreciso, que ni siente ni padece, meramente instrumental para hacer daño a la mujer. Una navaja, un revólver, un chiquillo de 5 años. Solo un utensilio que hiere. Si lo hace la mujer, sin embargo, a saber bajo qué tipo de presión, sufrimiento o desequilibrio, de qué fuerzas malignas, se habrá visto empujada (ojo a lo impersonal de la fórmula, al desplazamiento de la responsabilidad) para llegar a ese extremo que, al final, a quien más daña es a ella misma. Una suerte de exoneración por genitalidad (siempre víctima, nunca victimaria). Con todo, es llamativa la tremenda alharaca ministerial, la autopalmadita en la espalda por ser la impulsora de una ley que, en realidad, ya es tendencia judicial y doctrinal en España. Lo que la Rego ha hecho no es más que recoger lo que ya opera (con más o menos acierto, más o menos fundamento), lo ha arrullado en la bandera de la igualdad y el feminismo, lo ha acunado en sus brazos un ratito para hacerlo explícito y nos lo enseña, orgullosa, como si lo hubiera parido con esfuerzo. El vender humo de toda la vida pero con los morritos rojos y sin atisbo de pudor. Ojalá lo prohibido fuera el síndrome de inoperancia ministerial.