Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • Las elecciones del domingo en Andalucía van a ser probablemente las de mayor impacto en la política nacional, aunque algunos (Sánchez) miren para otro lado

Ningún partido, salvo el más improbable, ha cumplido con sus expectativas en Andalucía, ya fueran estas elevadas o más modestas. El PP se quedó en la orilla, aunque, en una situación política menos polarizada, la opinión general coincidiría en que se ha ganado el derecho a gobernar en solitario. Vox confirma una tendencia que apunta al estancamiento y la única sorpresa la da Adelante Andalucía, porque el PSOE recoge lo que había sembrado y el tándem Pedro SánchezMaría Jesús Montero hunde a su partido sin que nadie, salvo alguna excepción, como la de Socialdemocracia 21, parezca tener el coraje suficiente para alzar la voz (añádase ahora el corrosivo ingrediente de Rodríguez Zapatero, imputado por presuntos delitos de tráfico de influencias y blanqueo de capitales vinculados al rescate de Plus Ultra, que fue aprobado sin fundamento suficiente por el Gobierno). Empecemos por los socialistas.

PSOE, impasible el ademán

Se equivoca Emiliano García-Page. El origen del disparate no hay que buscarlo en julio de 2023 (Frankenstein 2) y en el pacto con los independentistas. Es anterior. La metamorfosis del PSOE en un escarabajo gigante se inicia, detrás de una cortina, el 24 de octubre de 2016, continúa en 2017 en un Peugeot que luego fue un Mercedes y cristaliza el 13 de enero de 2020 con aquel gobierno de coalición en el que irrumpe Podemos. Pedro Sánchez había dicho que con Pablo Iglesias en el Ejecutivo no podría dormir. Y durmió. A pierna suelta. En ese instante, el partido vio cómo le salían sorpresivamente un rugoso caparazón y numerosas patas, “penosamente delgadas en comparación con el grosor de su cuerpo”. Pero nadie dijo nada.

Cuando Sánchez nombró a Pablo Iglesias vicepresidente segundo del Gobierno solo había pasado un año y 42 días desde que el PSOE, con una ventaja de 7,1 puntos, volviera a ganar al PP las elecciones andaluzas, aunque una carambola le diera el gobierno a Juanma Moreno Bonilla. Apenas dos años después de que Iglesias jurara su cargo en Zarzuela, los socialistas ya pudieron comprobar los demoledores efectos de Frankenstein 1: el PP no es que diera la vuelta a la tortilla; es que en las autonómicas de junio de 2022 le sacó al PSOE 19 puntos (un salto del 26,1% en cuatro años), alcanzando la mayoría absoluta. Ni la buena gestión de Moreno ni la endeble candidatura de Juan Espadas parecen argumentos suficientes para explicar ese monumental vuelco. Pero nadie pidió explicaciones.

El PSOE sufrió el domingo su cuarta derrota consecutiva en unas elecciones. Sin duda la derrota más dura. Y la que en mayor medida cuestiona la estrategia de su secretario general. Porque los resultados del domingo, 1) Confirman que el modelo ministro-candidato es un fiasco; 2) Ponen en evidencia que la cercanía a Sánchez es más un lastre que un socorro; 3) Cuestionan la efectividad de la estrategia de alejarse del centro para ser el principal receptor del voto útil en la izquierda (véase el respaldo obtenido por Adelante Andalucía). El fracaso andaluz es el fracaso de Pedro Sánchez y de una política de confrontación que ni siquiera le permite poner en aprietos a Juanma Moreno ofreciéndole dos votos favorables o una abstención en segunda vuelta para sacar a Vox de la ecuación.  Sánchez ha dejado al PSOE sin márgenes de maniobra para hacer otra política que no sea la de la huida hacia adelante.

Ha tenido que ser Andalucía la causante de que por primera vez en estos años asomen indicios de rebelión. Tímidos aún En ayuntamientos, en algunos cuadros y sectores del partido que nunca han comulgado con el radicalismo de Sánchez. Y es que Andalucía no será la tumba del sanchismo, pero lo ha mandado a la UCI, provocando que hasta algunos destacados miembros del PSOE más sanchista (sanchistas pero no tontos) empiecen a ver con cierto anhelo el fin del sanchismo.

PP y el espíritu de Julio Iglesias

¿Y el Partido Popular? Lamiéndose las heridas. Se ha dicho que es la primera vez que los populares no meten la pata en la última semana de campaña, pero yo no estoy tan seguro. No la han cagado estrepitosamente, es verdad; y, sin embargo, esa melosidad tipo Julio Iglesias no ha funcionado del todo. Echar azúcar a un pastel de miel puede ocasionar serios problemas de salud. Y la imagen del Moreno cantautor de sonrisa Profidén no acabó de conciliar con la de alguien capaz de embridar en serio a la ultraderecha.

Moreno, efectivamente, se ha ganado el derecho a intentar formar un Ejecutivo en solitario, o a gobernar manteniendo amplios márgenes de autonomía, pero no lo tendrá fácil si insiste en la estrategia de coger el micrófono y arrancarse por fandangos. Algunos analistas apuntan a que el resultado del PP andaluz frena la carrera de Moreno y apuntala la de Isabel Díaz Ayuso. A mí no me parece tan evidente, aunque es cierto que la presidenta madrileña se ha demostrado como el mejor antídoto de Vox.

Lo relevante, a efectos de las lecturas nacionales que se puedan hacer, es cómo va a leer Alberto Núñez Feijóo lo ocurrido el domingo. ¿Decidirá sacar la estaca o bailarse unas muñeiras? ¿Un término medio? Lo que no se puede permitir el líder del PP es una sola frivolidad. Andalucía es una parte esencial de España, no a toda España le va tanto el cante jondo. Y lo que viene por delante es una pendiente cuya inclinación apenas empezamos a intuir. Yo en su lugar dejaría las baladas para mejor ocasión.

Vox, cabalgando contradicciones

Un escaño más. Y tan contentos. Bien está, pero la sensación es que andan cerca de su techo. Andalucía confirma que el de Santiago Abascal es, en el mejor de los casos, el partido subsidiario de la derecha. Muy atrás queda aquella ensoñación del sorpasso en 2019 al PP de Pablo Casado. Si en el que dicen es su mejor momento, y en un territorio aparentemente propicio para su prioridad nacional, se han quedado por debajo del 14%, quizá es que ya han alcanzado el tejado y no hay más escalera por la que ascender. También quizá es que uno de sus mensajes centrales, la expulsión de los inmigrantes irregulares, ha chocado con los intereses de esa Andalucía que los necesita (legales o ilegales) para mantener a flote su industria agrícola.

Habrá que analizar con más calma los datos electorales, pero da la impresión de que el plan del Gobierno de apoyar la promoción de Vox para rebajar las opciones del PP ya ha dado de sí todo lo que podía dar. La intención de voto del partido de extrema derecha se ha estabilizado lejos de los números de sus equivalentes europeos: del 38% del partido de Orbán o el 33,2% de la Agrupación Nacional francesa, al 28,8% del FPÖ austriaco, por citar tres ejemplos.

El resultado obtenido por Vox en Andalucía no justifica la euforia que mostraron la noche del domingo. Abascal puede complicarle la vida a Juanma Moreno; o se la puede facilitar. Lo que es evidente es que lo que ahora decida puede ser determinante para su futuro político.

La ‘Esquerra’ andaluza y la izquierda contaminada

Un magnífico analista de la realidad andaluza, Carlos Mármol, lo anticipó: Si los “troskistas verde carruaje” (Adelante Andalucía) superaban en número de diputados al “Argonauta Maíllo”, estaríamos ante un cambio de época en las izquierdas y una cierta catalanización del Sur. No es que los herederos de Kichi y Teresa Rodríguez hayan superado a la candidatura de IU-Sumar-Podemos; es que les han pasado por encima.

¿Quiere esto decir que hemos vuelto a los tiempos de la Marinaleda revolucionaria de Sánchez Gordillo? Se lo preguntaré a Carlos. Yo más bien creo que aquí también ha sido determinante el impacto de los casos de corrupción en una izquierda contaminada por el ejercicio del poder y a la que se considera en parte corresponsable, por omisión, de los desmanes cometidos por destacados dirigentes socialistas.

Lo dicho: Pedro Sánchez es ya el principal pasivo de la izquierda, empezando por su partido, aunque a él le dé igual. ¿Hay alguien ahí?