- El hambre acaba con el nacionalismo y la inmensa mayoría de los cubanos están deseando que Trump liquide la larguísima pesadilla comunista
Soy un convencido de que el cine actual es una porquería si se compara con el de los años 50, cuando los directores eran artistas profundos y al tiempo comerciales, cuando existían auténticas estrellas del celuloide y cuando algunos de los más exquisitos literatos –Faulkner y Scott Fitzgerald incluidos– trabajaban en los guiones y diálogos de las películas.
Hoy, cuando las plataformas de streaming producen pienso digital a granel para audiencias distraídas, asombra repasar la cosecha de 1959. En aquel año se estrenaron joyas como Ben-Hur, Con la muerte en los talones, Río Bravo, Testigo de cargo, Los 400 golpes, La bella durmiente…
Qué lejos nos queda 1959. Mucho ha llovido… En España triunfaban en los cines Las chicas de la Cruz Roja y dominaban las listas musicales Gloria Lasso, Sarita Montiel, Paul Anka o Marujita Díaz.
Aquel año, hoy ya un tanto remoto, 1959, fue también el del triunfo de la revolución en Cuba, una catástrofe comunista de larga duración, que ahí sigue. En su actual versión esclerótica, ha sumido a la isla en una pobreza tercermundista, con apuros para comer y servicio de corriente eléctrica operativo solo unas tres o cuatro horas al día (o ninguna). Una vez más, el experimento político del comunismo acaba en miseria para las personas y en anulación de su libertad. Nunca falla. Basta ver cómo viven los coreanos del Norte y los del Sur, o comparar cómo eran la RFA y la RDA.
Charlo en la redacción del periódico con un afable cura cubano cuarentón, que está de visita en Madrid. Vive en la ciudad de Camagüey, en el Oriente de la isla, cuyo centro histórico es Patrimonio de la Humanidad y cuya población soporta la inhumanidad de una implacable y absurda dictadura. Haciendo gala de un sentido del humor a prueba de calamidades, el sacerdote, formado en Roma, me relata su vida cotidiana y la de sus vecinos. Tienen que programar sus días bajo el imperativo de la pura supervivencia. Cuenta que muchos días él se levanta a las dos de la madrugada porque solo en ese momento dispone de un par de horas de luz para cargar el pequeño generador de su parroquia. Me habla de un carpintero amigo suyo, que aprovecha esos oasis a horas intempestivas para adelantar los trabajos que requieren electricidad antes de que llegue el apagón. Describe la acuciante escasez de la comida. Lamenta dolorido la muerte de un adolescente de su vecindad: un rasguño que se infectó, nada, una minucia… pero no había penicilina. Revela que de vuelta a Cuba se lleva dos maletas… «Cargadas de medicinas, porque allí ya no hay».
Aprovechando su testimonio de primera mano, le hago una pregunta: «¿Y cómo viven los cubanos las amenazas de Trump a Cuba? Tras 67 años recibiendo la propaganda nacionalista del régimen, si mañana desembarcasen los estadounidenses, ¿el pueblo los recibiría bien o mal?».
El cura se echa a reír ante la ingenuidad de mi pregunta: «¡Los abrazarían!, ¡los recibirían con los brazos abiertos! La gente no puede más y se pasa el día preguntándose qué hará El Rubito, deseando que por fin se lance».
«¿El Rubito? ¿Marco Rubio, que es hijo de cubanos y habla un español perfecto?», le pregunto. «No, no, a ese lo llamamos Rubio. El Rubito es el otro, Trump. Los cubanos buscan a todas horas cualquier noticia que hable de los movimientos de barcos de guerra de Estados Unidos. Si se acercan, alegría y expectación. Si se alejan, gran decepción y preocupación. La gente quiere que vengan, no se puede continuar así».
Cuento todo esto porque, si finalmente Trump da el paso y acaba con una dictadura extractiva, incompetente y cruel, que ha machacado a su propio pueblo, por aquí veremos a iluminados de la izquierda caviar criticando con indignación la «intolerable vulneración de la legalidad internacional».
Los tertulianos del régimen, el viudísimo del Instituto Cervantes, los restos de los naufragios de Podemos y Sumar y nuestro repipi ministro de Exteriores, personajes que no han tenido una sola palabra de denuncia contra las atrocidades del régimen comunista, saldrán a la palestra enojadísimos para denunciar el imperialismo colonialista de Trump y su alocado belicismo.
«Temor en Cuba a una intervención de Trump», destaca con rótulos el oficialismo informativo de TVE, muy molesto ante tanta maldad neocolonial. Que el pueblo de un país tan profundamente hermanado con España como Cuba se ahogue en la miseria más sórdida está bien, porque es en nombre de la correcta causa.
Cantamañanas que viven de la teta pública, sofistas populacheros tipo Ione, Yolanda, Pablo Manuel, Irene o Rufián, merecerían ser condenados a disfrutar unos meses a pie de calle del paraíso comunista que soportan los cubanos.