Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- Resulta imprescindible la limpieza del campo de ruinas en que ha quedado gran parte del edificio constitucional
Ha pasado la hora de las declaraciones indignadas, de las proclamas rutinarias de confianza en la justicia, de prometer generalidades abstractas y proponer pequeños y tímidos parches incapaces de impedir el hundimiento. La degeneración en la que ha caído el sistema -pues es un sistema podrido el que implosiona, no sólo un partido o parte del Gobierno- exige un plan proactivo de refundación de la democracia. Un plan de medidas concretas.
No se asuste nadie: no se trata de reinventar la democracia liberal, porque sabemos muy bien en qué consiste: libertad política y económica con igualdad ante la ley, gobierno con instituciones representativas elegidas por los ciudadanos, separación y contrapesos de poderes, ejecutivo con poder limitado, justicia independiente, imperio de la Constitución y Estado de derecho. Justamente todo lo que ha ido fallando desde la infausta elección de Zapatero.
Recordemos, las veces que hagan falta, que la indispensable labor de la justicia en la penalización de los corruptos no puede sustituir a la falta de alternativas políticas ni colma los agujeros de la Constitución en el deficiente control del Gobierno. Como pasó en Italia con el derribo judicial de la tangentopoli, si la alternativa es el populismo a lo Berlusconi y el separatismo de los más ricos (la Liga Norte), la corrupción volverá a reproducirse.
Urge la limpieza del campo de ruinas en que ha quedado gran parte del edificio constitucional, afectando a la fiscalía, parte de la cúpula de Guardia Civil y Policía Nacional, el CGPJ, el Tribunal Constitucional y muchos otros organismos vitales del Estado. Y sin olvidarnos de que la podredumbre afecta también a grandes empresas, a los medios de comunicación públicos –¿sobrevivirá RTVE a su escandalosa degeneración sectaria?– y concertados, a la educación y la universidad.
Dejemos las mociones de censura
La oposición, y particularmente el Partido Popular, ha perdido demasiado tiempo enredado en la cuestión de si presentar o no una moción de censura, sabiendo de antemano la práctica imposibilidad de ganarla si no contaba con apoyo del separatismo falsamente moderado, es decir, de Junts y PNV. Supongo que es una consecuencia de los males genéticos del núcleo duro de la derecha española: la endogamia, cerrada a los cambios y aferrada al pasado, y la falta de nuevas ideas (que no compensa algún discurso brillante en las inútiles sesiones de control al Gobierno). Un absurdo metafísico, pues los separatistas no quieren superar la crisis de corrupción, sino profundizarla.
Ironías de la vida, debemos agradecer a los separatistas el pinchazo de la moción-burbuja: el PNV no puede abandonar a un Sánchez que les tiene atrapados, con Bildu, en el abrazo del oso (lo explicaba aquí), y Junts impone la humillante condición de que Feijóo peregrine a Waterloo, la nueva Canosa, al besamanos de Puigdemont. Sánchez sigue siendo su hombre porque nadie puede ser tan bien chantajeado, ni nadie puede demoler tan bien el Estado y la odiada nación española.
Respecto a una moción de censura enfocada como debate con Sánchez para obtener una victoria moral, no solo es superflua, sino seguramente contraproducente: daría aire al tipo y movería el foco de donde debe estar fijo: la insondable ciénaga socialista. Vox ya lo intentó con aquella pintoresca moción de censura de 2023 en que presentaron a Tamames como alternativa en una especie de Regreso al Futuro consistente en volver al pasado con las discutibles vacas sagradas de la Transición. No hizo la menor mella al sanchismo, pero dio a las tertulias ocasión para cambiar de tema.
Salir del marasmo de la corrupción
Lo que sí puede y debe hacer la oposición, bien mediante acuerdos expresos o por lo menos tácitos entre PP y Vox, es llevar el debate político al día después de Sánchez. Aquello que Lenin expresó con brillantez en su famoso ¿Qué hacer?, preparatorio del asalto bolchevique a las ruinas inminentes del zarismo. Nuestro Qué hacer debe perseguir una meta mucho más necesaria: ¿qué debemos hacer para salir del marasmo de corrupción sistémica, estancamiento económico y decadencia política llamado sanchismo? Y, también, qué podemos hacer para poner difícil cualquier revival del marasmo iniciado en 2004.
¿Por dónde comenzar? Se puede acordar una agenda básica que ni sea de partido ni se pierda en polémicas excluyentes que frustren la refundación. Debe ser inclusiva, es decir, algo que admita cualquier demócrata, y proponer al menos de tres objetivos que no deberían faltar:
1 – Reforma de la Constitución para mejorar la separación de poderes y reforzar la independencia de la justicia; racionalizar la distribución de competencias estatales, autonómica y municipales para evitar el despilfarro, el clientelismo y el caciquismo territorial. La reforma también debería declarar inconstitucionales aquellas fuerzas políticas cuya finalidad sea sustituir la nación española o la democracia liberal por nuevas naciones excluyentes o cualquier tipo de dictadura.
2 – Reforma de la Ley Electoral estableciendo un mínimo del 5% de los votos a nivel nacional para obtener representación en el Congreso (como solicitan sin éxito las instituciones europeas), e impedir que pequeños partidos separatistas desvirtúen la democracia mediante el chantaje permanente de votos a cambio de más privilegios y poder descontrolado.
3 – Limpieza general de las instituciones públicas revisando sus funciones y su número, estableciendo para los funcionarios y empleados obligaciones legales de servicio público, transparencia e independencia de los poderes ejecutivos y económicos, es decir, atacando el enchufismo, la endogamia y la incompetencia que han hundido a tantas -del SEPI a la CNMV- en la inutilidad o la corrupción.
Rajoy Segunda Temporada
Un programa así podría galvanizar la apatía de la opinión pública y romper la bipolarización populista, que alimenta la corrupción y el sectarismo político. Naturalmente, pero hacer algo así hay que creérselo y se necesitan liderazgos como los de la Transición de 1976-1978. Bien, puede considerarse un programa lleno de riesgos, pero nadie puede negar que tiene muchos menos que las alternativas a la refundación: la continuidad del sanchismo, sea en el Gobierno o en condiciones de volver como Sánchez heredó a Zapatero tras el paréntesis Rajoy; o un miedo paralizante a los cambios indispensables que nos devuelva a una Mayoría Rajoy Segunda Temporada. Podemos salir de esta y hasta convertir la implosión en una oportunidad de renacimiento, pero solo si creemos que es tan posible como necesaria y actuamos en consecuencia.