Ignacio Camacho-ABC
- La misión moral del Papa exige implicarse en ciertos debates. La paz, la justicia o la dignidad humana no son ideas negociables
EL vuelo más alto de la lírica española lo alcanzó san Juan de la Cruz, el monje poeta que en pleno auge de la Inquisición usó la metáfora del éxtasis erótico para acercarse a la mística de la trascendencia. Otro fraile, el agustino Robert Prèvost, lo citó ayer en Madrid como símbolo –junto a santa Teresa– del esfuerzo espiritual por romper las fronteras de la fe y explorar los últimos rincones de la conciencia. La visita papal empezó fuerte, con el reconocimiento por parte de Felipe VI de los abusos sexuales en la Iglesia y la requisitoria del Pontífice contra la cultura de la polarización dominante en la sociedad y en la política modernas. Bellezas del protocolo y de la escenografía aparte, el arranque promete reflexiones de notable altura ética.
El Santo Padre está obligado a hablar a base de categorías universales, pero eso no significa que sus discursos estén cargados de abstracciones o vaguedades. Si la prédica de Jesús hubiera sido neutral habría llegado a viejo y muerto rodeado de sus familiares. El Papa es un líder religioso que se dirige desde la autoridad moral a un mundo en conflicto donde sus mensajes aspiran a iluminar cuestiones de gran alcance e implican tomas de posición sobre problemas terrenales. Esa misión es imposible de llevar a cabo con miedo a mojarse en ciertos debates; la paz, la justicia o la dignidad de la persona –’humana’ añade el lenguaje vaticano en un pleonasmo prescindible– no son conceptos negociables por delicadeza o afán de no molestar a nadie.
Luego cada cual escucha lo que desea escuchar, como en las alocuciones del Rey, y si hay reproches genéricos o explícitos los descarga sobre el adversario, un recurso clásico del comportamiento político. Siempre es el otro el que polariza, el que crispa, el que construye narrativas de enfrentamiento «que pueblan el mundo de fantasmas o enemigos». El infierno de la otredad sartreana está poblado de individuos acostumbrados a no darse por aludidos cuando alguien reclama respeto a los principios. No sólo dirigentes públicos; el gran peligro de la polarización consiste en que ha trascendido a una ciudadanía aferrada a sus prejuicios, encastillada en el simplismo de unos cuantos eslóganes banderizos.
Así escuchaba Pedro Sánchez –aunque no sólo él– a la espera de copar protagonismo en otros actos donde su ejercicio sectario no quede tan señalado. Los habrá; León XIV no ahorrará llamamientos a la acogida de los inmigrantes cuando viaje a los puertos canarios, y entonces recibirá desdenes y críticas desde otro bando. Es lo que tiene la defensa de los valores del humanismo cristiano y de unos ideales de convivencia y de encuentro incómodos para los profetas oportunistas del combate identitario. Pero el jefe de la Iglesia no viene a ganar votos sino a abrir espacios de esperanza en un país atribulado. Y algún carisma debe de traer consigo cuando no hay liderazgo civil o laico capaz de suscitar el entusiasmo multitudinario despertado por quien a fin de cuentas es sólo un cura vestido de blanco.