Isaac Blasco-Vozpópuli

  • La personalidad de Zapatero se presta a múltiples especulaciones porque resulta imposible escudriñar qué pasa por su cabeza

Durante sus primeras legislaturas en el Congreso, José Luis Rodríguez Zapatero se mostró como uno de los diputados más grises de la bancada socialista. Mortificado desde su adolescencia provinciana por pertenecer a una canónica familia del franquismo, el que sería luego presidente del Gobierno se disgustaba en la intimidad ante los éxitos parlamentarios del PP; tanto somatizaba ese malestar político, que alguna vez hasta se vio obligado a meterse en la cama cuando regresaba a casa del Hemiciclo con un aire de derrota. Rumiaba el fracaso en silencio. Pero no hacía nada, salvo encomendarse al capitán Lozano, su abuelo idealizado.

El hoy expresidente del Gobierno, el primero de la democracia investigado por delitos de corrupción, fue cogiendo vuelo a medida que se dotaba de un cierto relieve institucional con iniciativas como la de suscribir el pacto contra el terrorismo. En cualquier caso, su destino parecía escrito como alguien al que las cosas le encontraban, más que buscarlas él. Llamarlo presidente por accidente supondría un oprobio para las víctimas de los atentados del 11-M. Definir su liderazgo socialista como consecuencia de un capricho del guerrismo es, sin embargo, una tautología.

Hoy, la que le ha alcanzado es la Justicia. Si difícilmente pudo pensar que algún día sería presidente de todos los españoles, más dudoso aún es que barruntara que, cerca de cumplir los 66 años, se iba a ver ante un magistrado de la Audiencia Nacional.

La personalidad de Zapatero se presta a múltiples especulaciones porque resulta imposible escudriñar qué pasa por su cabeza. Sobre esto, Jordi Sevilla declaró en una entrevista que ni Sonsoles, su mujer, era capaz de adivinarlo. Aquello supuso el final de la amistad del matrimonio con el exministro. Pero Sevilla tenía razón.

El comunicado que emitió ayer Zapatero tras declarar es un alegato naíf de inocencia, en ese estilo tan suyo que enlaza con aquella proverbial frase en la noche electoral del 14 de marzo de 2004 ante un país conmocionado por la tragedia: “Os aseguro que el poder no me va a cambiar”. En unas pocas líneas, el expresidente apeló a la fe para que se confíe en él. Como si siguiera pidiendo el voto a los españoles.

Es un misterio insondable determinar si el poder, y lo que vino después, verdaderamente lo cambiaron o, si por el contrario, la máscara de la apariencia ha sido tan eficaz como para emboscar la realidad de alguien que no es quien dijo ser. A estas alturas, es posible que ni él mismo lo tenga claro, tan dado como fue siempre al autoengaño.

En 1998, cuando ya era conocido más por su futuro que por su presente, fui testigo casual de una escena acontecida en un área de servicio de la A-6. Zapatero comía junto a su esposa y las dos hijas de ambos en una de las mesas del restaurante, el típico de carretera. Deduje que la familia se desplazaba de Madrid a León. Habían terminado. O casi: Sonsoles Espinosa trataba de que las niñas se tomaran el yogur, pero las dos crías, entonces de 5 y 3 años, revoloteaban por el local sin hacerle mucho caso. La madre se dio por vencida con una de ellas y dejó uno de los yogures a medio acabar en la mesa. Zapatero lo miró y preguntó a su mujer: «¿Se lo va a terminar la niña?«. Sonsoles le dijo con una mirada algo condescendiente que podía comérselo él. A ZP, con la cara de un niño más, el postre le duró tres segundos.

En su breve nota de ayer, el expresidente pide que le demos la confianza, expresa como lo más doloroso la decepción de la mucha gente que pueda creer lo que se dice de él e insiste en que siempre se condujo bajo el imperio de la decencia y la honradez. En fin, como imputado que es, tiene derecho a defender su imagen ante sus conciudadanos, incluso a mentirnos a la cara, pero no a conferir al tribunal que instruye la causa una “autorización universal” para que compruebe la inexistencia de sociedades, dinero, productos financieros o cualquier activo a su nombre fuera de España. Como si, de tenerlos, los fuera poner en el escaparate. Y como si un magistrado necesitara el permiso del investigado para hacer su trabajo.

La instrucción incipiente de la causa que atribuye cuatro delitos de corrupción al expresidente socialista no puede impedir confrontar esa vindicación de tal simpleza formal con el auto en el que Calama le dice que no se ha creído nada y que no lo mete en prisión porque se trata de un todo un expresidente del Gobierno. Eso sí, lo deja con pasaporte, al contrario que él, hace ahora 28 años, cuando dejó sin yogur a sus hijas.