Juan Ramón Rallo-ABC
- La dictadura castrista acaba de anunciar el desmantelamiento del régimen que ella misma instauró en 1959
En medio de la peor crisis económica de toda su historia (un sistema energético que se desmorona entre apagones interminables, una agricultura incapaz de alimentar a la isla y una industria que, sencillamente, ha dejado de producir), la dictadura castrista acaba de anunciar el desmantelamiento del régimen que ella misma instauró en 1959. A través de un programa de 176 medidas, y acuciada además por el reciente endurecimiento del cerco estadounidense (bloqueo petrolero y nuevas sanciones financieras), La Habana ha resuelto transitar del socialismo al capitalismo.
Las reformas distan de ser cosméticas. Se autoriza la banca privada e incluso la circulación de criptoactivos: vamos, un Estado marxista-leninista (cuyo Banco Nacional llegó a presidir el Che Guevara) legalizando el Bitcoin. Las empresas estatales se irán transformando en sociedades anónimas en cuyo capital podrán entrar incluso los emigrados de Miami y, lo que importa más, se permitirá que quiebren (de tal manera que las compañías que no generen valor serán desmanteladas para que puedan aparecer otras que sí lo creen). Se permitirán las empresas privadas con más de cien trabajadores y que un mismo capitalista pueda ser accionista de más de una compañía. Se abandona la fijación centralizada de precios (el propio Díaz-Canel ha admitido que los topes de precios solo han provocado desabastecimiento, mercado negro e inflación) y, con ella, la escala salarial única: cada empresa retribuirá a sus trabajadores según el valor que aporten. Se reconocen derechos de propiedad inmobiliaria (99 años sobre el suelo que se desarrolle, medio siglo de usufructo sobre lo ya edificado), abiertos también al capital extranjero. Se autoriza al sector privado a comerciar directamente con el exterior sin la tutela obligatoria del Estado. Y, finalmente, se suprime la libreta de abastecimiento, vigente desde 1962, en favor de subsidios focalizados.
Reintroducida la propiedad privada sobre los medios de producción, por fiscalizada que esté, el socialismo marxista habrá quedado desarbolado de raíz en la Isla-cárcel. Y bien está que así sea, pues abandonar la propiedad estatal y la planificación central constituye condición necesaria de cualquier desarrollo.
Pero condición necesaria no equivale a condición suficiente. Aun aprobadas todas estas medidas, Cuba seguirá secuestrada por la misma oligarquía extractiva que la ha esquilmado durante décadas, dispuesta ahora a expoliar la riqueza que, con algo más de autonomía, se permitirá generar a los cubanos. Por desgracia, hay muchos países capitalistas en el planeta cuyas élites extractivas mantienen a sus sociedades en el subdesarrollo. De ahí que transitar al capitalismo no baste. Hace falta, además, aplicar el liberalismo; y para aplicar el liberalismo resulta imprescindible echar a patadas a los criminales que llevan más de medio siglo encarcelando y extorsionando a millones de cubanos.