Pablo Martínez Zarracina-El Correo

  • Los socios sostienen al Gobierno mientras le hacen la oposición

Ayer se debatió en el Congreso sobre corrupción y Gabriel Rufián se recostó en la tribuna como si fuese a pedir un vermú y unas rabas. «He aquí la pregunta», anunció. «Presidente, míreme a los ojos: ¿usted tiene pecado?, ¿ustedes han robado?». Lo que hizo Míriam Nogueras fue pedirle a Pedro Sánchez que dimita como Starmer. La portavoz de Sumar expuso una teoría fabulosa: el PSOE se ha convertido en un problema para el Gobierno de coalición, lo que imagino abre la posibilidad de que Yolanda Díaz -¿la recuerdan?- prescinda de sus servicios y gobierne en solitario. Ione Belarra decretó el fracaso gubernamental, pidió que se le diese la palabra a la gente y le preguntó al presidente qué habría hecho él si al ‘número dos’ de Rajoy le hubiesen condenado por corrupto. En Coalición Canaria exigieron elecciones para poner fin al «descrédito del sistema democrático». Y Maribel Vaquero le resumió a Sánchez la situación con esa serenidad jeltzale que tanto gusta en Madrid: «No ha recuperado la confianza de los grupos que le invistieron, la mayoría ahora es negativa y usted sólo repite ‘o yo o el mal’, pero lo que puede suceder es que, como Atila, por donde pase ya no crezca la hierba».

Tras escucharlo, Pedro Sánchez lo vio claro: es más necesario que nunca que siga al frente del Gobierno. El parlamentarismo español vive un momento incomparable y la legislatura ha creado una criatura fascinante: los socios. El sintagma agrupa a los partidos que en 2023 llevaron a Sánchez al Gobierno y que en 2026 se han convertido en sus rehenes. En algunos casos por interés y en otros por desesperación, frecuentemente por ambas cosas en distinta medida. La principal característica de los socios es que han generado una lógica autónoma. Son ya una entidad autosuficiente que le hace la oposición al Gobierno mucho mejor que la propia oposición mientras lo sostiene, al Gobierno, de un modo innovador: negándole su apoyo. El modo en que Pedro Sánchez gestiona el sinsentido es maravilloso. Ayer consiguió que en un debate sobre la corrupción de su Gobierno los socios se mostrasen indignados y procediesen a atacar a la oposición. Entre los socios hay uno fidelísimo que ni se indigna porque no finge. Solo disfruta. Mertxe Aizpurua incluso le pide a Pedro Sánchez que pase a la ofensiva mientras se da el gustazo de comprobar cómo el partido que más años ha gobernado la España democrática no osa rebatirle el corpus doctrinal de la izquierda abertzale sobre la inexistencia de democracia en España.

Berlusconi

Veranos de antaño

Los hijos de Berlusconi venden Villa Certosa y puede adivinarse desde aquí su melancolía. Debe de asemejarse a la que siente cualquiera al deshacerse de la casa de verano en la que tanto disfrutaron sus padres, recibiendo a los nietos, organizando interminables comidas familiares, cuidando tal vez un pequeño huerto. Cierto que Berlusconi disfrutó en Villa Certosa recibiendo más bien a jóvenes ligeras de ropa y a líderes mundiales que, según vimos en algunas fotos, también terminaban desnudos tras unas fiestas que han pasado a la historia. La finca, situada en Cerdeña, alcanza las 120 hectáreas y acoge un complejo residencial con 126 habitaciones. En vez de un pequeño huerto, lo que tenía allí Berlusconi era un pequeño volcán artificial que entraba en erupción en las noches especiales. Putin, George Bush, Aznar y Zapatero visitaron, entre otras muchas autoridades, la residencia de verano del político italiano. Sigue siendo inolvidable la cara de Cherie Blair, aquella mujer ciento por ciento de Lancashire, al ser recibida en Villa Certosa por un Berlusconi bronceado e ibicenco, que no solo vestía ropas insultantemente blancas y desabrochadas, sino que lucía un pañuelo igualmente blanco, de pirata, en la cabeza. Parece que los compradores de Villa Certosa son la familia real catarí a través de una de sus empresas de inversión inmobiliaria. Cabe un vago consuelo, una forma tal vez de justicia poética, en la noticia de que los nuevos dueños siguen al menos vistiendo de blanco y cubriéndose las cabezas con originalidad.