Javier Zarzalejos-El Correo

  • La ordenación de la política británica sobre el bipartidismo de conservadores y laboristas ha dejado de existir. La desestabilización del Brexit no tiene fácil remedio

Se acaba de cumplir el décimo aniversario del referéndum en el que los británicos decidieron abandonar la Unión Europea. El aniversario ha coincidido con el anuncio de dimisión del primer ministro laborista Keir Starmer, quien se une a sus cinco predecesores que en la última década han tenido que desalojar el número 10 de Downing Street por una combinación de errores propios y retirada de apoyo interno en sus respectivos partidos.

Este récord -con el sustituto de Starmer serán siete primeros ministros en diez años- pone de manifiesto la crisis estructural del sistema político británico y también contribuye a explicar el Brexit como una expresión del agotamiento del modelo bipartidista que ha producido una notable volatilidad. La ordenación de la política británica sobre el bipartidismo de conservadores y laboristas ha dejado de existir. Reino Unido, a pesar de sus resortes estabilizadores, se adentra en un terreno desconocido. El Partido de la Reforma liderado por Nigel Farage -abanderado del Brexit- se sitúa firmemente por delante de los conservadores en los sondeos y exhibe una transversalidad en la atracción de apoyos que se extiende a capas numerosas de votantes laboristas. Estos, por su parte, pierden apoyos en favor de los Verdes, lastrados por el decepcionante liderazgo de Starmer y la búsqueda, según expresión que ya ha quedado acuñada en la opinión británica, de «un votante que no existe».

La paradoja es que los mismos sondeos que muestran a Farage en cabeza de las preferencias de los británicos, sostienen a la vez que la mayoría de estos creen ahora que el Brexit fue un error y son partidarios de un acomodo más estrecho con la Unión Europea.

Los conservadores parecen no haber entendido que han sido las primeras víctimas de una decisión como el Brexit que solo ha beneficiado a los radicales de Farage. Es difícil de entender la manera en que los conservadores han alimentado este proceso de autofagia que puede acabar con la expresión política que ha dominado la política británica como ‘partido natural de gobierno’. Los laboristas pagan su error crónico que consiste en deslizarse por la pendiente de la radicalización cada vez que pierden el poder. Eso fue Jeremy Corbin, un izquierdista radical con indisimuladas actitudes antisemitas, y eso es lo que Keir Starmer no ha podido revertir ni en términos programáticos ni en una nueva orientación política para su partido.

El referéndum del Brexit se ganó con un discurso mentiroso, unas expectativas incumplidas y una masiva injerencia rusa. Nada de lo que prometían sus abanderados se ha cumplido. Resulta patético ver a un personaje de histrionismo desgastado como Boris Johnson seguir defendiendo una decisión que no ha hecho sino desestabilizar la política británica creando el marco de aislacionismo y eurofobia en el que ha crecido la derecha nacionalista de Farage. Cabe plantearse, sin embargo, si la Unión Europea ha sido demasiado complaciente al ‘resetear’ sus relaciones con Reino Unido. Se derrochó imaginación y generosidad para que Irlanda del Norte quedara de hecho dentro del mercado interior, sin fronteras físicas con la República de Irlanda que amenazaran la paz alcanzada. Y se ha sido demasiado complaciente -esta vez con la complicidad del Gobierno español- al aceptar un estatus para Gibraltar que perpetúa las ventajas de la colonia sin apenas contrapartidas, por mucho que se hable de que con este acuerdo habrá una zona compartida de bienestar con el entorno. Pocas dudas hay de la necesidad de asociar a Reino Unido en la respuesta a desafíos compartidos como la defensa y la seguridad pero, al mismo tiempo, no se puede estar fuera y pretender conseguir las ventajas de quienes están dentro.

El impacto desestabilizador del Brexit va a seguir notándose y no tiene fácil remedio. No es realista pensar que en el corto y el medio plazo un futuro gobierno replanteará la cuestión considerando la posibilidad de un nuevo referéndum. Ni siquiera hay que dar por descontado -más bien lo contrario- que la aproximación de Gran Bretaña a la Unión Europea continuará bajo un posible gobierno de los partidarios del Brexit con Farage a la cabeza.

Para que Reino Unido haya llegado hasta aquí han tenido que fallar muchas cosas, entre otras, la desorientación y pérdida del sentido histórico de sus élites y las carencias en el liderazgo de sus políticos. Y, sin embargo, los británicos siguen ofreciendo lecciones de democracia y rendición de cuentas: allí, acaba de dimitir un primer ministro que ha perdido las elecciones locales y se ha visto afectado por el escándalo de los vínculos con Epstein del embajador en Estados Unidos al que Starmer nombró.